Jesús Morales junto a la estatua de César Jiménez en Melilla. -Cedida por el escritor-
Las artes marciales llegaron antes que la literatura. Mucho antes que las novelas, los personajes, las tramas de misterio o las investigaciones históricas; la disciplina marcó la trayectoria vital de Jesús Morales, escritor melillense afincado en Madrid que, tras toda una vida vinculada al entrenamiento y la enseñanza, ha encontrado en la escritura una nueva forma de expresar las inquietudes que le han acompañado durante décadas. Para él, ambas facetas no son tan distintas como pudiera parecer. Defiende que la filosofía de las artes marciales abre la mente, fomenta la observación y enseña a analizar cuanto sucede alrededor, una capacidad que, con el tiempo, terminó trasladando a la construcción de sus relatos.
Morales sostiene que el verdadero aprendizaje marcial no reside en la violencia, sino en el autocontrol, la serenidad y la capacidad de comprender a los demás. Esa forma de entender la vida, explica, ha influido también en su manera de escribir. La creatividad, asegura, nace de observar, de meditar y de extraer conclusiones de cada experiencia. Incluso su conocimiento del manejo de armas tradicionales, especialmente de la espada, le ha servido para dotar de verosimilitud a las escenas de combate presentes en algunas de sus novelas históricas.
Sin embargo, la escritura comenzó mucho antes de que él fuera consciente de ello. La semilla no surgió el día en que decidió publicar un libro, sino durante la infancia, cuando descubrió el placer de la lectura. Recuerda que desde muy pequeño leía con facilidad y que siempre sintió curiosidad por aquello que escapaba de lo cotidiano. Cualquier dato histórico, una anécdota, una noticia, una leyenda o una referencia arquitectónica despertaban su interés. Poco a poco comenzó a guardar apuntes, notas y recortes con la única intención de conservarlos. No existía entonces un proyecto literario definido; simplemente almacenaba información que algún día, pensaba, podría resultarle útil.
Aquellas carpetas fueron creciendo durante años, mientras su vida transcurría por otros caminos profesionales. Los documentos fueron ampliándose durante décadas hasta que llegó la jubilación. Fue entonces cuando Morales encontró el tiempo necesario para recuperar todo aquel material acumulado y plantearse un reto completamente nuevo: escribir.
Lejos de comenzar desde cero, el escritor explica que inició esa etapa con un inmenso archivo personal construido a lo largo de toda una vida. Por eso insiste en que, aunque la publicación de sus novelas se haya concentrado prácticamente en un mismo año, ninguna de ellas nació de manera improvisada. Todas forman parte de un proceso mucho más largo, elaborado lentamente mediante lecturas, investigaciones, experiencias personales y anotaciones conservadas durante años y años. Habla de ese trabajo previo como si se tratara de un gran mosaico en el que cada pieza encontraba finalmente su lugar para reconstruir los diferentes universos literarios que había ido imaginando con el paso del tiempo.
Su primera novela fue Hilos de Vida, una historia que sitúa buena parte de su acción en Melilla y que convierte el patrimonio de la ciudad en un elemento esencial de la narración. La trama comienza cuando varios jóvenes descubren una pequeña puerta en Melilla la Vieja y, tras adentrarse por un túnel, encuentran un escenario que desencadena una investigación sobre una supuesta secta y una sucesión de enigmas relacionados con distintos espacios emblemáticos de la ciudad.
El autor combina ficción y escenarios reales. Los archivos históricos, el puerto o el antiguo Teatro Monumental aparecen integrados en una narración donde la documentación sirve para reforzar la atmósfera sin convertirse en una lección de historia. Morales reconoce que le interesaba mostrar la riqueza patrimonial melillense a través del relato, incorporando pequeñas referencias sobre edificios, elementos arquitectónicos o símbolos que él mismo fue descubriendo y observando durante años.
Su mirada hacia Melilla está marcada por la admiración. Considera que la ciudad constituye un espacio privilegiado para cualquier creador por la convivencia entre historia, patrimonio, arquitectura y leyendas. Cree, además, que ese potencial debería proyectarse mucho más allá de sus fronteras y entiende que la literatura puede convertirse en otra herramienta para despertar el interés por conocerla.
Tras aquella primera publicación llegaron otras obras que, aunque pertenecen a estilos distintos, mantienen un mismo interés por el misterio, el enigma, la investigación y los acontecimientos que escapan a una explicación sencilla o que permanecen entre relatos inacabados. Lo que el destino ha unido jamás lo separa traslada la acción principalmente a Madrid y se desarrolla como un thriller en torno a la corrupción, los sicarios y las conspiraciones políticas. Morales aprovecha su conocimiento de la capital, ciudad en la que reside desde hace años, para construir escenarios reconocibles que más adelante amplía hacia un contexto internacional mediante un trabajo de documentación y recursos gráficos.
En La Casa de la Muerte se adentra en el terror sobrenatural. La novela narra la investigación emprendida por varios jóvenes tras la desaparición de un familiar en una vivienda donde comienzan a producirse fenómenos paranormales. A partir de ese episodio surge un grupo dedicado a ayudar a personas que aseguran convivir con presencias extrañas, una historia inspirada, según explica, en numerosos testimonios y casos divulgados durante años por investigadores en este tipo de fenómenos.
Otro de sus títulos es Templarios. Hijos del Alba Sagrada, una novela histórica donde mezcla personajes ficticios con figuras documentadas de la Orden del Temple. Antes de escribirla llevó a cabo un proceso de investigación para seleccionar nombres, acontecimientos y escenarios vinculados a la época medieval. La acción conduce a los protagonistas hasta Jerusalén en busca de reliquias que posteriormente trasladan a la Península Ibérica, todo ello acompañado por combates, viajes y dilemas sobre el verdadero sentido de la misión encomendada.
Actualmente trabaja en una nueva obra centrada en el fenómeno ovni, inspirada en varias experiencias personales que asegura haber vivido durante la década de los setenta. Una de ellas, afirma, ocurrió en la zona del Tesorillo de Melilla, mientras que otras tuvieron lugar durante desplazamientos hacia la península y posteriormente en Madrid. Morales explica que pretende abordar esos episodios desde una perspectiva narrativa, sin renunciar a las preguntas que todavía, según sostiene, permanecen sin respuesta.
Más allá de los argumentos concretos, todas sus novelas comparten un mismo método de trabajo. El escritor parte de la documentación acumulada durante años, revisa la información, la contrasta y continúa investigando antes de integrarla en una historia de ficción. Reconoce que escribir exige paciencia y que la inspiración no siempre aparece con la misma facilidad. Hay días, dice, en los que las ideas fluyen de forma natural y otros en los que resulta necesario detenerse hasta recuperar el ritmo del relato.
Morales se define como un autor que continúa aprendiendo. Asegura que todavía no se considera un escritor plenamente consolidado y acepta con naturalidad las críticas constructivas que puedan ayudarle a mejorar. Más que el reconocimiento, afirma que le mueve el deseo de seguir creando historias y compartir con los lectores ese conjunto de vivencias, lecturas y recuerdos que fue reuniendo pacientemente durante tantos años.
Su actividad no termina en la literatura. Mantiene además una estrecha vinculación con iniciativas solidarias y culturales, entre ellas la creación de la revista Espíritu Guerrero y de una gala de premios con el mismo nombre destinada a reconocer a personas que destacan por su aportación a la sociedad en ámbitos como la cultura, la investigación, la salud o las artes. Una iniciativa que, aunque actualmente permanece paralizada, refleja la misma filosofía que atraviesa toda su trayectoria: utilizar la experiencia acumulada para ponerla al servicio de los demás.
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