En la mañana de este domingo, el Cementerio de la Purísima Concepción dejó de ser solo un lugar de duelo para convertirse en un espacio de aprendizaje. Decenas de personas participaron en la ruta “Historias del cementerio”, una actividad guiada por la historiadora Isabel Migallón que propuso mirar la necrópolis como un gran archivo al aire libre donde se guarda buena parte de la memoria de Melilla.
En conversación con El Faro de Melilla, Migallón explicó el espíritu de esta iniciativa: “Historias del cementerio es una nueva propuesta en la que pretendemos, (aunque en esta ocasión la haga en solitario) dar a conocer la historia de Melilla a través de algunas de las personas enterradas en el cementerio de la Purísima Concepción”. No se trataba solo de una visita monumental, sino de un relato hilado a partir de vidas concretas, muchas veces marcadas por la tragedia, el sacrificio o el servicio a los demás.
La Melilla del siglo XIX y los orígenes de la necrópolis
El recorrido arrancó en la Melilla del siglo XIX, en los años en los que se sentaron las bases de la ciudad contemporánea y, con ella, de su cementerio. Para ello, la historiadora se detuvo en la figura de Francisco Escaño, “conserje del cementerio durante muchos años y muy ligado a los inicios de la necrópolis”. A partir de su historia, Migallón introdujo a los asistentes en la creación y organización del camposanto, y en cómo este espacio reflejaba el crecimiento de la ciudad.
Esta primera parada sirvió para situar a los participantes en el contexto histórico: una Melilla que iba consolidándose, ampliando su población y su trama urbana, y que necesitaba también nuevos lugares para despedir a sus muertos. El cementerio se convirtió, así, en un reflejo silencioso del progreso, los conflictos y las transformaciones sociales.
Tragedias familiares y figuras ligadas a la historia militar
Junto a la capilla, la ruta se adentró en algunas de las historias más emotivas. Una de las primeras tumbas que se visitaron fue la de Elvira Duarte Oteiza, esposa del general Manuel Fernández Silvestre, desaparecido tras el desastre de Annual en 1921. “Ella muere en 1907 y su historia nos da pie a contar la de su familia, marcada por la tragedia”, explicó Migallón. A través de este nicho, la historiadora enlazó la memoria local con uno de los episodios más dramáticos de la presencia española en el norte de África.
Muy cerca, otro nombre permitió tender un puente entre la Melilla de ayer y la de hoy: el de Antonio Herrera del Álamo, bisabuelo del periodista Carlos Herrera. Su figura sirvió para recordar cómo, tras las lápidas, se escondían biografías que conectaban la ciudad con personajes conocidos a nivel nacional.
Violencia de género, accidentes y duelos colectivos
La dimensión social del relato se hizo especialmente evidente en la parcela 5, junto al Panteón de Margallo. Allí, Migallón relató la historia de Serafina San Román, fallecida en 1903. “Una historia de violencia de género en los primeros años del siglo XX”, resumió la historiadora, que aprovechó el caso para visibilizar cómo la violencia machista, lejos de ser un problema reciente, había estado presente en la vida de las mujeres desde hace generaciones.
La ruta también rescató la breve vida de la joven Nuria Llamas, “cuya muerte le sobrevino por un accidente durante unos juegos infantiles”. Su historia permitió acercarse a las condiciones de la infancia y al impacto que estas tragedias tenían en las familias y en una comunidad mucho más pequeña y cohesionada que la actual.
Otro de los momentos de gran carga emotiva llegó ante la tumba de los fallecidos en el incendio de la ferretería Cabanillas, ocurrido en mayo de 1944. Migallón recordó “la gran conmoción que supuso para la población” este siniestro, que dejó una huella profunda en la ciudad y que todavía formaba parte de la memoria oral de muchas familias melillenses.
Enrique Nieto, Monte Arruit y las campañas militares
El recorrido por la memoria no olvidó a una de las figuras esenciales del patrimonio arquitectónico de Melilla: el arquitecto catalán Enrique Nieto. En la Galería B, los asistentes se detuvieron ante la tumba donde, como explicó la historiadora, “descubriremos algunos datos personales y familiares del gran arquitecto catalán Enrique Nieto. Una vida profesional llena de éxitos totalmente contrapuesta a la familiar, marcada por la muerte de su esposa y algunos de sus hijos”. Su biografía íntima contrastó con la monumentalidad de los edificios modernistas que legó a la ciudad.
El itinerario incorporó también un espacio para el recuerdo de los caídos en las campañas militares. “Ante la Losa de Monte Arruit rendiremos un pequeño homenaje a los fallecidos en las Campañas”, anunció Migallón. Este punto conectó el cementerio con los grandes episodios bélicos del Protectorado, recordando el coste humano de aquellos acontecimientos.
Historias del Tesorillo, heroínas anónimas y un legionario en Alhucemas
En la parcela 18, la ruta se detuvo en otro suceso trágico que sacudió a la ciudad: “sabremos qué ocurrió en 1924 en el barrio del Tesorillo a Antonia Galiano y qué circunstancias rodearon su óbito”. A partir de este caso, la historiadora reconstruyó la vida cotidiana en uno de los barrios populares de la época y las difíciles condiciones de muchos de sus vecinos.
La visita también recuperó la memoria de una joven melillense convertida en heroína: “También la historia de una joven heroína, Pepita Haro, quien sacrificó su vida por salvar la de su hermana Marina”. Este gesto de entrega fraternal, explicó Migallón, ejemplificó el coraje de tantas personas anónimas que no figuraban en los libros de historia pero sí en la memoria de la ciudad.
Una de las historias más llamativas apareció en la parcela 13, donde una tumba llevaba dos nombres: Federico Godino y Emilio Vilchez. La historiadora planteó la pregunta que muchos se hacían al leer la lápida: “¿Dos personas distintas? No, solo una con una historia, en cierto modo apasionante”. Se trataba de “un artillero que acabó ingresando en La Legión y que falleció durante los sucesos de 1925 en Alhucemas”, uniendo así la trayectoria personal de este soldado con otro de los momentos clave de la historia militar española en el norte de África.
Médicos, misioneros y religiosas al servicio de la ciudad
La ruta reservó un espacio para quienes dedicaron su vida al servicio de los demás. Entre ellos, el Padre Bienvenido Pampliega, “un misionero burgalés, cuya tumba es muy visitada por los melillenses”. Su figura, muy arraigada en la devoción popular, permitió recordar el papel de la Iglesia en la asistencia espiritual y social durante buena parte del siglo XX.
Otro nombre destacado fue el del doctor José García Viñas, “un hombre amante de su profesión quien estuvo muchos años al frente de la Casa de Socorro”. Migallón describió su tumba y la de su esposa como “dos grandes bloques de piedra” que “no pasan desapercibidas al visitante”. A su alrededor, la historiadora relató el papel de este médico en la atención sanitaria de la ciudad y el reconocimiento que le profesó la ciudadanía.
El broche de la ruta llegó ante la tumba de las Hermanas Terciarias Franciscanas, congregación que, “desde comienzos del siglo XX, desarrollan su labor docente y de caridad en Melilla”. Entre todas ellas, destacó “principalmente, la figura de Sor Alegría de Jesús”, símbolo del trabajo silencioso de tantas religiosas que sostuvieron escuelas, comedores y obras de caridad en los barrios más humildes.
Un cementerio como libro abierto de la historia de Melilla
Al término del recorrido, la sensación compartida entre los asistentes fue la de haber descubierto otra forma de mirar la ciudad. “Historias, muchas de ellas desconocidas, que forman parte del día a día de nuestra Melilla”, resumió Migallón. La historiadora insistió en que la Purísima Concepción no era solo un lugar de despedida, sino un auténtico libro abierto donde se cruzaban tragedias, heroísmo, fe, progreso y vida cotidiana.
Con propuestas como 'Historias del cementerio' y alrededor de noventa minutos, Melilla sumó una nueva herramienta para acercar su pasado a vecinos y visitantes, recordando que su historia no se escribía solo en los grandes acontecimientos, sino también en las vidas, a veces humildes y silenciosas, de quienes hoy descansan bajo sus lápidas.








