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Inicio Cultura y Tradiciones

Un paseo por la Feria de Melilla: De las garrapiñadas al Bingo

Conocemos a feriantes como Pedro Alguacil, que con 81 años lleva medio siglo cantando números

Por Carmen González
03/09/2025 22:47 CEST
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El aire de la feria de Melilla hoy no huele a pescaito frito sino a azúcar tostada, a almendra recién garrapiñada, a ilusión. Apenas cruzamos la entrada, el bullicio nos ha arrastrado por un laberinto de luces y música, donde cada paso descubre un pedazo de tradición que lleva décadas repitiéndose.

El primer alto es inevitable. Los puestos de dulces. Detrás de un mostrador reluciente, un hombre de 61 años habla con orgullo de su oficio. “Yo llevo aquí toda mi vida. Desde que nací, prácticamente”, dice mientras señala las montañas de almendrados y garrapiñadas recién hechas que brillan bajo la luz artificial. “Todo es fabricación propia, un 90% de lo que ves lo hacemos nosotros”.

Entre los surtidos que enumera —almendras rellenas, manzanas de caramelo, piruletas, chufas, cocos, altramuces— se cuela el recuerdo de miles de ferias pasadas. Cada dulce parece un puente con la infancia. Los clientes lo saben. Familias enteras se acercan para llevarse una bolsa que después compartirán en cualquier caseta o mientras que esperan a subirse en alguna atracción.

Unos metros más allá, otro puesto más joven pero igual de concurrido, endulza el ambiente con nubes rosadas que giran en palos de madera. “El algodón dulce de fresa es lo que más les gusta a los melillenses y cuesta 3,50”, explica una vendedora que lleva en la feria desde 2010. Los niños miran fascinados cómo el azúcar se convierte en un esponjoso milagro, mientras los padres se rinden ante los chupetes de caramelo de toda la vida. “Aquí compra todo el mundo. El que no se lleva un refresco, se lleva un algodón; y el que no, pues una piruleta”, resume entre risas.

Pero la feria no solo alimenta el paladar. También alimenta la ilusión del azar. Y entonces, entre los focos de colores, aparece Pedro Alguacil, que lleva más de medio siglo entregado al bingo. A sus casi 81 años, cuenta que cambió la agricultura por las ferias y desde entonces ha recorrido España entera con sus rifas, ruletas y tómbolas. “Siempre me gustó un negocio limpio, en el que no se pueda hacer trampa”, asegura, mientras acaricia con la mirada la mesa repleta de premios: planchas, batidoras, televisores, peluches.

En su bingo, las reglas son sencillas y los precios llevan más de veinte años sin moverse. Un cartón por un euro, cinco cartones por tres euros. “Me queda un margen que me vale y no tengo por qué subirlo. Aquí la gente juega para divertirse y para llevarse algo útil”, comenta con serenidad. Y es cierto. Una madre celebra un bingo y elige una batidora, una niña salta de alegría con un oso de peluche entre los brazos. Cada premio es distinto porque cada jugador busca algo diferente.

Pedro recuerda cómo, en otros tiempos, la frontera atraía a multitudes desde Marruecos. Hoy, en cambio, la feria se sostiene solo con los melillenses, pero él no pierde el ánimo. “Se nota, porque ahora ganamos la mitad. La feria ha cambiado, pero mientras siga habiendo gente que quiera pasarlo bien, aquí estaré”, dice con una sonrisa.

La noche avanza, los focos brillan más intensos y la música se mezcla con las voces de vendedores y el canto de las bolas del bingo. La feria de Melilla continuará hasta el domingo entre garrapiñadas y algodones, entre ruletas y premios manteniendo viva una tradición que huele a azúcar y suena a ilusión.

Etiquetas: Noticias de Melilla

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