Cuando leí la publicación del libro De Melilla al Sáhara español, las memorias del capitán José María del Campo García-Blanco, mi interés se centró en conseguirlo. Me costó buscar y averiguar donde y cómo conseguirlo, hasta que mi nieto Rafa, Doctor en Ingeniería Informática, me lo consiguió a través de Internet.
En mis manos dicho libro tanto me gustó que creo que lo he leído mas de veinte veces. Y ello ha sido porque lo que le tocó vivir al mando de la 3ª Compañía del Batallón Cabrerizas es idéntico a lo que yo tuve que soportar en mi etapa de Guardia Civil de Tráfico (motorista) con el que fue capitán del Sector de Tráfico en Santa Cruz de Tenerife.
Este tipo de personajes no entienden que la fuerza tiene que entrar por la razón, y no la razón por la fuerza, por eso anteponen siempre el “yo soy”, y sí, tú eres, pero hay que tener en cuenta que el subordinado es una persona humana y no un objeto.
A través de la lectura del libro se ve al capitán Del Campo, como un buen militar, cumplidor de sus deberes, pero lo más grande es la humanidad con la que trataba a sus soldados, y que hacía que ellos le vieran como a un padre. Según narra en el libro, cierto día llegó destinado al batallón un comandante 2º jefe, ya que el jefe era un teniente coronel. Desde su llegada hubo diferencia de carácter con dicho capitán, llevándole la contraria aunque no tuviera razón.
Cierto día se anunció la visita a dicho batallón del comandante general de Melilla, Ramon Gotarredona Prats, hombre exigente con las tropas. En dicha visita al batallón, en la tabla de instrucción, felicitó a la 3ª Compañía, y a su capitán por la marcialidad, disciplina y buen porte de dicha compañía. Esto parece ser que al comandante no le gustó y desde dicho día todo eran pegas hacia ellos, hasta el extremo que el capitán del Campo le dijo: “mi comandante, lo que usted tenga conmigo no lo descargue con mi compañía, me lo dice a mí”. Pero aún así, siguió con sus obsesiones hacia este buen oficial, el cual quería a sus soldados como ellos a su capitán. Esto es las miserias humanas que en este mundo pasan.
En el año 1966 llegó destinado al X Sector de Tráfico de Canarias un capitán-jefe que como dice el capitán Del Campo, es mejor ignorar su nombre.
Desde el primer día desconozco el por qué, pero era un persecución constante hacia mí, que venía buscando la manera de encontrarme un fallo, cosa que no ocurrió nunca, ya que yo me limitaba a cumplir con mi deber, hasta el extremo de que en un servicio tenía que precintar varios vehículos por orden de la Jefatura de Tráfico, y precinté un camión. Sobre las 4 de la tarde llegó una pareja a mi domicilio, subió un cabo y me preguntó sí yo había precintado un camión. Le dije que sí, y que fue porque el capitán me puso una nota, y que fuesen a comprobar si lo hizo.
Otro de los momentos que recuerdos se dio en un servicio en la Autopista del Norte en Tenerife, donde un turismo arrolló a un peatón y lo mató. Cuando llegué me puse a regular el tráfico, hasta que minutos después, el jefe provincial de Tráfico que iba para su domicilio paró en la zona y fui hacia él, saludándole militarmente como a cualquier ciudadano. Le expliqué que se trataba de un atropello mortal, y en ese instante llegó el capitán, al cual saludé, le di las novedades y acto seguido se marchó.
Al día siguiente este capitán anunció ‘revista’ a todo el personal del sector, a la cual comienza diciendo: “¿qué opinan ustedes de un compañero que saluda y le explica a un ciudadano lo ocurrido? Esto para humillarme ante todos los presentes, que sabían que era yo, pero lo que no sabía o no quería saber era que dicho paisano era también coronel de Infantería, diplomado de Estado Mayor”.
Lo último fue cuando dos meses antes de avisar baja a petición propia en un servicio, vino el teniente, me pidió la papeleta, la firmó y me dijo: “el capitán me había ordenado que te metiese un arresto, pero le he contestado que la pusiese él mismo, que para mí el guardia Herrero es el mejor del subsector”. A pesar de todo esto, no le guardo rencor. Cierto día que estaba trabajando en Iberia, un compañero me dijo que un comandante de la Guardia Civil había ingresado en el hospital con un tiro en el brazo. Horas después me personé en ese hospital a ofrecerle mi apoyo y lo que le hiciese falta. Esto es porque yo no le guardo ningún rencor, ya que comparto las palabras que así dijo esta santa: “el sentimiento más ruin: el rencor”, Madre Santa Teresa de Calcuta.
Todos saben el brillante historial de este batallón en 1700, y a lo largo de toda su larga trayectoria. Tuvo varios cambios, interviniendo en varias campañas, donde tuvo un ejemplar comportamiento que le valió conseguir varias recompensas.
En diciembre de 1957 es trasladado a Villa Cisneros, y una vez aposentada, la 3ª Compañía del dicho batallón, fue destacada en varias posiciones. Es en este momento cuando surgió la enemistad de dicho comandante con el capitán Del Campo. El capitán le pidió que le dejase el jeep para visitar los pelotones de su compañía, a lo que este le dijo que no, por lo que el capitán Del Campo se lo pidió al comandante militar, a lo cual este le respondió que se lo pidiese a su comandante. Nuevamente, cuando el capitán Del Campo volvió por segunda vez a pedírselo al comandante, este le dijo que no se lo dejaba porque no le daba la gana. Esto es las miserias humanas que en este mundo pasan.
El batallón tuvo en acciones de guerra cinco muertos y 21 heridos, y su destino final fue tras evacuar el Sáhara la disolución en Santa Cruz de La Palma al mando del que fue general, el entonces teniente coronel, Juan Antonio Gómez-Zamalloa Menéndez.
El lema de dicho batallón es mas que elocuente: “si es posible ya está hecho, y si no es posible se hará”.
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