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Puigdemont habla de diálogo, pero él y sus apoyos son los primeros que no lo quieren
Ayer, 27 de octubre de 2017, pasó a la Historia como el día en el que los políticos independentistas catalanes protagonizaron una auténtica tomadura de pelo, una burla tanto a los catalanes como a los ciudadanos del resto de España. El esperpento había comenzado el pasado día 1, con la convocatoria de un referéndum ilegal sin base jurídica alguna, y ayer dio una vuelta de tuerca más (el ‘espectáculo’ aún no ha terminado) con otra votación que resultó una broma pesada.
Puigdemont ha estado continuamente mareando la perdiz con tal de ganar tiempo para evitar que el peso de la ley caiga sobre él y su Govern. Anteayer, en un principio, había aceptado la propuesta del Ejecutivo central de convocar elecciones en Cataluña para evitar así la declaración unilateral de independencia y la consiguiente respuesta del artículo 155 de la Constitución Española, que autoriza al Gobierno de la nación a intervenir una comunidad autónoma cuando atente gravemente contra el interés general de España. Finalmente, se echó atrás y siguió dando rienda suelta a su delirio independentista.
De esta forma, propuso a la cámara catalana la votación de una declaración de independencia, apoyada únicamente en los diputados de Junts pel Sí y la CUP, quienes, en el colmo del disparate, se han autonombrado representantes de todo el pueblo catalán.
La votación es nula de pleno derecho, puesto que el Parlament no dispone de la capacidad para iniciativas de esa índole. Asimismo, no estaban en la cámara buena parte de los diputados, puesto que los parlamentarios de C’s, PSC y PP se ausentaron del hemiciclo para no participar en esa farsa.
Puigdemont hablaba de diálogo, pero él y sus apoyos son los primeros que no quieren dialogar. La aplicación del 155 es la salida que ellos mismos han querido. Ahora, que el Gobierno central lo aplique con inteligencia y acierto para evitar que quienes han provocado este despropósito vendan su imagen de victimismo.