Opinión

Teatro blasfemo

Nos encontramos en medio de la celebración de la Navidad, un tiempo que los cristianos y en concreto la Iglesia Católica dedica a la conmemoración del nacimiento de Jesús

Nos encontramos en medio de la celebración de la Navidad, un tiempo que los cristianos y en concreto la Iglesia Católica dedica a la conmemoración del nacimiento de Jesús, del Enmanuel, el Dios con nosotros, el Hijo de Dios.

Cada vez más se va generalizando la trivialización de este tiempo convirtiéndolo en una serie de fiestas y reuniones desprovistas de todo el sentido propio de la Navidad, hasta parece que chirría desear Feliz Navidad, sustituyéndolo por un Felices Fiestas, vacío en su contenido.

En todas las ciudades, y la nuestra no iba a ser menos, los responsables de festejos se esmeran en proporcionar a los ciudadanos la mejor decoración iluminando sus calles, organizando actividades, sobre todo para los más pequeños, con música, teatro, talleres… que sin duda son bien recibidas por todos, siendo una buena forma de invertir el dinero de todos los contribuyentes.

Pero a veces no se acierta, y otras, como es el caso que nos ocupa, crean tensión, malestar e indignación en una parte del colectivo ciudadano, concretamente en la comunidad cristiana de Melilla.

Me refiero precisamente a la representación teatral del grupo Mirrolde Teatro “Canciones de Belén”, programado por la Consejería de Educación, Cultura, Festejos e Igualdad de la Ciudad Autónoma de Melilla, con el visto de bueno de su consejera la Sra. Dª Elena Fernández Treviño.

En esa representación se muestra una tergiversada visión de la Anunciación a la Virgen María y al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Tras recibir el anuncio del arcángel Gabriel de que va a ser madre por obra del Espíritu Santo, se pone en boca de la Virgen María expresiones como: “¿Y no tenía el Espíritu Santo otra cosa mejor que hacer?” Todo ello en medio de una actitud pasota de una Virgen María impropio del relato evangélico, en el que la Virgen acepta con un “Hágase en mí, según tu palabra” (Lc 1, 38) los planes de salvación de Dios.

Pero ahí no termina la ignominia, ya metidos en el canto, se escucha:

“Vaya marrón que te ha dejado el gachó”, que canta el romano, a lo que la Virgen responde: “¿Qué haces tú aquí en plena anunciación? (…) y alejándose de él continúa, “No puede ser, con lo tranquila que estaba en Nazaret, ahora resulta que un bebé esperaré, no puede ser, no, no, no, no, no…”

Esto es indignante, totalmente reprobable y claramente blasfemo, que ofende gravemente a toda una comunidad que tiene a gala el respeto a todos, creyentes o no creyentes.

No se puede manosear de esa manera a uno de los pilares del cristianismo y menos con el consentimiento de las autoridades. Y bien digo “manosear”, (en la representación el arcángel toquetea a la Virgen), porque no necesariamente el manoseo tiene que ser con las manos, también es con la palabra, babosa y rastrera de un texto que no tiene nada que ver con los Evangelios. Es un manoseo que prostituye y escandaliza: "Pero al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar" (Mt, 18,6 ss).

El asunto radica en que a los cristianos se nos puede insultar, pegar y hasta matar porque el mensaje de Jesús va en contra del egoísmo del mundo, es el mensaje del amor incluso a los enemigos, y “Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra.” (Lc 6, 29)

Pero ya hemos puesto muchas veces la otra mejilla y es el momento de decir ¡Basta! en una ciudad que tiene a gala la interculturalidad y el respeto por las religiones.

Sra. Consejera de Educación, Cultura, Festejos e Igualdad, no estamos dispuestos a que siga tratando a los cristianos de la manera que lo hace desde la responsabilidad de su cargo, por lo tanto, tenga pundonor y respétese a sí misma recociendo sus errores con la Navidad, suspenda la representación, dimita y márchese con dignidad. No puede seguir siendo consejera de una educación que no ha demostrado, faltando al respeto a la mitad de la población melillense; de una mal llamada cultura porque ofende, de unos festejos que ha prostituido la Navidad y de una igualdad que brilla por su ausencia.

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