Somos nuestro peor enemigo

Continúan los cierres intermitentes de la frontera, que lastran la actividad comercial en la ciudad. Después nadie sabe por qué estamos hundidos en la miseria

PASAN los años, los gobiernos, los políticos. Todo, menos los cierres arbitrarios del principal puesto fronterizo de la ciudad.

Ayer sábado por la mañana el paso de peatones de la frontera de Beni Enzar cerró brevemente en dirección Marruecos-España, en torno a las 10:00 horas. Lo que debería ser una medida excepcional, aquí lo usamos como método anticonceptivo habitual.

Abrimos y cerramos la frontera cuando nos da la gana y luego nos preguntamos por qué no vienen las familias marroquíes a comprar en nuestras tiendas o a comer en nuestros bares y restaurantes los fines de semana.

Sencillamente porque somos impredecibles y la gente que tiene dinero para gastar y comprar en nuestros comercios no quiere hacer colas. Mucho menos junto a los vendedores ambulantes de los cubos de pescado, que siguen haciendo fuerza para entrar.

Luego no entendemos por qué las tiendas bajan la persiana en el centro de Melilla y le echamos la culpa a la proliferación de grandes superficies, a las obras de la Ciudad Autónoma, a los altos precios, al paro y a todo lo que se menea. No nos engañemos, el tiro de gracia se lo damos cuando los asfixiamos cerrando la frontera.

Para subsistir, nuestros comerciantes necesitan a los clientes de Marruecos. Especialmente a los que tienen de toda la vida. Pero si los espantamos revisándoles la bolsa a la salida o cerrando la reja a discreción cuando pretenden entrar, nos quedamos sin hacer caja.

Por eso se van a Málaga. Les sale más económico pagarse un billete de avión, que comerse el atasco que tenemos habitualmente en los puestos fronterizos de Melilla. Somos nuestro peor enemigo.

Y ahora saldrá alguien y dirá que ha sido algo puntual. Siempre es algo puntual. Como si los que vivimos entre la valla y el mar, en estos doce kilómetros cuadrados fuéramos tontos.

Toda esta arbitrariedad repercute en los propios melillenses que nos encontramos que los sábados apenas hay comercios abiertos en el centro. Para qué van a abrir, ¿para perder dinero con la luz encendida y la música puesta?

En lugar de inventar fórmulas mágicas para atraer turistas, deberíamos sentarnos todos a buscar soluciones a la frontera.

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad deberían tener la orden de cerrar en caso de excepción, aclarándoles que no puede haber una excepción por día.

Luego nos hinchamos a criticar los cierres arbitrarios de Marruecos. Pero es que somos iguales a ellos, con la diferencia de que nosotros somos europeos y ellos no. Eso nos convierte automáticamente en lo peor de lo peor.

No me gustaría estar en la piel de ningún comerciante de Melilla. Lo tienen cada vez más difícil.

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