Recobra una cierta palidez, la luz es menos intensa, más tenue y plácida, menos incisiva, se aleja del agobio. El ánimo restaura una suerte de sosiego emocional que, junto a una dulce melancolía, se concita con el recomienzo de no pocas cosas, sobre todo, en aquellos ámbitos de familia en los que la infancia pisa fuerte. Septiembre.
Cambia el aire, ya con ciertas vetas de otoño, que poco a poco va venciendo el sopor del estío, las urgencias de la canícula, las rutinas y costumbres del verano por el dominio y la fuerza de la sobriedad. Los días se inician en esa liturgia lenta pero firme en su cortedad y simpleza. Ha vuelto septiembre, regresan las vísperas de la estación otoñal, la claudicación de la época estival y sus excesos. Las playas, paradigma de la simbología vacacional, al ir perdiendo concurrencia, dejarán atisbar mejor la orilla, el remanso y melodía del mar.
Los armarios mutarán, pero la soberbia y la maldad con tan solo alguna fina prenda para acompañar el atardecer, mantendrán la sinceridad de su crudeza. Crudeza que seguirá recordando una época en la el sufrimiento y la muerte de la infancia en algunos lugares, tienen que ver con que el poder, la egolatría y el dinero o la indiferencia pesan más que la humanidad y la compasión.
La luz septembrina, también, recordará como hay afrentas que no quedaron sepultadas para siempre, como el fascismo y la radicalidad que, en tiempos de una modernidad galopante, ha encontrado, por negocio y egoísmo, la manera, en parte, de volver a proclamar y ejercer su infausto ideario y la crueldad en su intento de imposición.
Aún con los rescoldos de una parte nada desdeñable de España incendiada, viene, así mismo, la rememoración, de quienes, algunos, elevadas autoridades vestidas de patrioterismo (incluidas pulseritas que deben ser ignífugas) en plena pelea en el reparto de culpas y responsabilidades y tras haber sacado del fondo de armario los recursos que “Coronel Tapioca” o la indumentaria de barbacoa dominical tienen para las ocasiones, se confrontaron a tantos y tantos recursos humanos de los servicios públicos de emergencias y particulares. Estos con la ropa ennegrecida, piel y cuerpo ajados, exhaustos, se dejaron lo mejor de sí para recordarnos que, de todo este gran calamidad se vuelve a sacar una conclusión: la solidaridad, empatía y esfuerzo siguen con buena salud en el país.
Los primeros, en su afán de continuar con el enfrentamiento partidista, recordaron que en septiembre realmente no comienza el ciclo político, no, continúa en ese afán de bronca a las que ni siquiera unas circunstancias pavorosas y de pérdida terrible hacen renunciar. No falta, tampoco, bien entrenados que están, los que pretenden decretar la convivencia cuando, en su manera de actuar, la tolerancia, alimento de ella, es huera. De momento, soportarse, ya es un logro.
Y así llega septiembre, los preludios del otoño, ajustando horarios, regulando sueño, reiniciando rutinas, desgranando retos, buscando esperanzas y, al fin y al cabo, observando y sintiendo la vida que, hacia las postrimerías de un año en su último cuatrimestre, reseña lo desigual que es la realidad para todos cuando se le quiere manipular y que hace que se vuelva terca. Demasiado ruido, poca verdad.
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