El evangelio de este domingo es continuidad del anterior y en conexión con el mismo. A la confesión de Pedro de que Jesús es el Mesías, le sigue el primer anunció de su pasión y resurrección.
Este evangelio nos confronta con el tipo de mesías que esperaba Pedro, los discípulos y también nosotros.
Pedro recibirá el mayor reproche de Jesús. De ser piedra donde construir la Iglesia, a ser piedra de tropiezo para Jesús.
“Si alguno quiere venir en pos de mi, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.
Esta es la exhortación, la invitación que Jesús nos hace hoy. Propone un camino que él ha recorrido y que pasa por la cruz. Es el camino del Siervo de Dios que da la vida. No es el camino del triunfo basado en la concepción de un mesías liberador que expulsa a los opresores usando la violencia y la lucha de poder. Esa es la forma de pensar de los hombres, de Pedro. Así pensamos muchas veces cada uno de nosotros. Confundimos el seguimiento de Cristo con el triunfo, ya sea a nivel personal expresado en la autorrealización o en el éxito, o a nivel religioso expresado en la imposición o superioridad moral. Incluso puede ser el éxito pastoral, o incluso lo que el Papa Francisco llamaba muchas veces “carrerismo”.
No hay seguimiento de Jesucristo sin cruz, es decir, sin un amor que conduce a la entrega por los demás, especialmente por los más débiles, los más vulnerables, los que no cuentan para nadie. En ellos expresamos el amor de Dios por todos los hombres y mujeres.
La gran tentación de todos los que seguimos a Jesús es eliminar la cruz. Es lo que planteó Pedro, desviar a Jesús del camino que lleva a dar la vida.
Cinematrograficamente se ha reflejado en la película clásica La última tentación de Cristo (1988) de Martin Scorsese. La última tentación consiste en la oportunidad de renunciar a su sacrificio en la cruz para vivir como un hombre común, casarse, tener hijos y envejecer. Película basada en la novela homónima de Nikos Kazantzakis de 1955.
Seguimos a un Jesús que muere en la cruz, ajusticiado por los ancianos, sacerdotes y escribas y por los poderes políticos de su tiempo, como consecuencia de una vida entregada a hacer la voluntad de Dios: el reino del Padre, la fraternidad universal, “Fratelli Tutti” .
Jesús nos exhorta a seguir sus pasos. El seguimiento es la metáfora que expresa el dinamismo de los discípulos de Jesús. Se trata de vivir con la misma pasión que llevó a Jesús a asumir el estilo del siervo de Dios que entrega su vida, que padece por hacer la voluntad de Dios.
Frente a la tentación que todos tenemos de vivir una “religión aburguesada” (Johan Baptis Mezt), sin el escándalo de la cruz, o dulcificando y eliminando el sentido de una vida entregada, Jesús nos invita a perder la vida para ganarla.
Esa negación de uno mismo no significa una ascesis de carácter exclusivamente individual de renuncia para mortificarse, sino un estar disponible para los demás por encima de los intereses individuales. Una disposición de servicio y entrega que configure nuestra vida a favor de los demás, de los hermanos.
Es una invitación radical y conlleva un seguimiento radical. Por eso ese seguimiento no puede surgir de una obligación. Sólo la seducción por la persona de Jesús y su misión puede suscitar el deseo de emprender ese camino que lleva a negarse a uno mismo. En una sociedad del “Alter Ego” y de la autorrealización, la invitación a negarse a sí mismo para asumir las cruces que conlleva hacer presente la justicia de Dios requiere, como en Pedro, un cambio de mentalidad, una conversión radical.
Necesitaremos tiempo para cambiar y descubrir la voluntad de Dios, no la nuestra. Pedro y los demás discípulos necesitaron recorrer con Jesús el camino para llegar a cambiar. Nosotros necesitamos aprender a discernir para no amoldarnos a la forma de pensar del mundo y realizar lo que Dios quiere.
Si queremos acoger la invitación de Jesús para seguirle por el camino de la cruz necesitamos vivir seducidos por su Palabra y por su persona. Consentir que él encienda en nosotros el fuego ardiente que nos conduzca a no desear otra cosa que recorrer su mismo camino.
“Si alguno quiere…” La invitación de Jesús siempre será desde nuestra libertad. Esa libertad no elimina la cruz, sino que nos invita a asumir las cruces de cada día que conlleva vivir amando, entregando la vida. En la experiencia de entrega diaria aprenderemos que quien pierde la vida la gana.








