Sarapín, el niño que soñaba con ser mago y acabó conquistando a Melilla con su risa

Detrás del payaso que ha hecho reír a generaciones de melillenses está Jesús Castejón, un artista que convirtió la magia, el humor y la pedagogía en una vocación. Esta es su historia: la de un niño, una cometa… y un sueño que nunca dejó de crecer

Había una vez un niño tímido de siete años que siempre había querido ir al circo, pero nunca pudo. Cada vez que una carpa se instalaba en la ciudad, se acercaba junto a su hermano hasta la Explanada de San Lorenzo, donde se levantaba el mundo mágico de los animales, los malabaristas y los payasos. Intentaban colarse por cualquier hueco para ver aunque fuera un ensayo, una acrobacia, una sonrisa. Hasta que los echaban, claro. Pero aquello bastaba para encender una ilusión. Ese niño tenía un deseo: hacer reír.

Un día, paseando por la playa con una cometa blanca que tenía dibujada una sonrisa, el niño se quedó dormido en la arena. Al despertar, la cometa había caído sobre su cara y la tinta de la sonrisa le manchaba el rostro. La gente que pasaba comenzó a reírse al verlo. Pero al niño no le molestó. Al contrario: era lo que él deseaba. Provocar alegría. Al subir a casa, se miró al espejo. Frotó y frotó, pero la tinta no desaparecía. Aquello lo cambió todo.

Pronto comenzó a cambiar físicamente también: se hizo muy alto porque comía muchos espaguetis, su nariz se volvió roja tras un golpe accidental, su pelo se volvió verde por comer demasiada lechuga y verdura, y sus zapatos eran enormes porque un cocodrilo le había mordido un pie. Así, por deseo, por casualidad o por accidente, aquel niño se transformó en un payaso que soñaba con ser mago. Aún no podía, porque su madre le había dicho que cuando cumpliera ocho años le dejaría hacerlo. Así que seguía ensayando, equivocándose, intentándolo una y otra vez. Ese niño es Sarapín. Y detrás de él está Jesús Castejón, el intérprete, el clown, el mago.

La historia de Sarapín está bordada con la autobiografía de Jesús Castejón, las historias del circo junto a su hermano tejen la narrativa del personaje. Castejón era niño melillense que, con solo ocho años, quedó fascinado con la magia gracias a los trucos que su padre hacía en casa: una moneda que desaparecía en su antebrazo bastó para encender la chispa. Cada Navidad, los Reyes le traían libros y juegos de magia. Aunque en Melilla no existía una escuela formal, él fue aprendiendo por su cuenta, entre ensayo y error, desarrollando una vocación sólida, autodidacta y muy personal.

Años después, investigando la historia local, descubrió que Melilla había sido una ciudad con una importante tradición mágica. En los años 60, 70 y 80, hubo congresos, una tienda especializada, una asociación y magos que llegaban desde distintos puntos del país. Se reunió con veteranos como Pepe España y con el mismísimo Juan Tamariz, quien le confirmó que había asistido a encuentros mágicos en la ciudad. Con todo ese material, Jesús ha construido un archivo que sueña convertir algún día en la base para un festival de magia que devuelva a Melilla su lugar como referente del ilusionismo.

El teatro llegó un poco más tarde, cuando tenía 15 años y cursaba estudios en el instituto Miguel Fernández. Fue un amigo quien lo animó a sumarse al grupo de teatro como actividad escolar. Su primera directora fue Arantxa Mansilla, quien más tarde fundaría la compañía Fénix. Posteriormente, en la compañía Concord, conoció a actores locales como Paco Casañas o Santiago Anglada, y entendió que el escenario era un aula inmensa. No estudió interpretación de forma académica, pero aprendió a base de subirse a las tablas, equivocarse, escuchar y repetir.

El personaje de Sarapín nació de forma espontánea, durante una actuación en un colegio. Jesús fue invitado a entregar unos diplomas y decidió hacerlo con algo de magia y humor. Lo acompañaba su amigo de toda la vida, Carlos Garcés, con quien formaría el inolvidable dúo Sarapín y Sarapón. Carlos fue durante 13 años su compañero de escenario, encarnando al augusto —el payaso divertido, inocente, desordenado—, mientras Jesús interpretaba al clown blanco —el más serio, estructurado, responsable—. Juntos ofrecieron funciones en teatros, colegios, plazas y fiestas, ganándose el cariño de generaciones de melillenses.

Cuando Carlos dejó los escenarios, Jesús continuó con el personaje en solitario, aunque Sarapón sigue presente en cada función, como parte inseparable del ritmo, del tono, de la esencia del espectáculo. A pesar del paso del tiempo, Jesús sigue preguntándole su opinión cada vez que Carlos asiste a un encuentro, compartiendo con él el pulso de cada número, cada matiz, cada reacción del público. Esa complicidad no se ha perdido. El vínculo artístico entre ambos permanece, y Sarapón continúa formando parte, no su personaje sino el amigo, más allá del escenario.

Durante casi una década, Jesús Castejón trabajó con Pablo, hermano de su antiguo compañero, como técnico de sonido. Pero cuando Pablo fue contratado por el Kursaal, Jesús volvió a reinventarse: hoy, Sarapín es un auténtico hombre orquesta. Controla luces, sonido y efectos desde el propio escenario, mediante botones ocultos en sus bolsillos. “Tuve que volver a estudiar todos mis números para ver en qué momento podía accionar cada cosa sin romper el ritmo ni el personaje”, cuenta.

La meticulosidad es una de sus señas de identidad. Castejón ensaya horas frente al espejo, repitiendo gestos, probando muecas, ajustando expresiones. Sarapín no se mueve como él: tiene su propio lenguaje corporal, camina encorvado, baja las manos, tuerce los labios. Cada expresión está pensada para generar simpatía, para no asustar, para acercarse. Incluso las sonrisas que pone para las fotos con niños están ensayadas: tiene tres o cuatro caras que repite porque sabe que transmiten ternura y cercanía.

La magia que incluye en su espectáculo tampoco es casual. Hay números que ha tardado hasta siete años en perfeccionar. “A veces lo dejo reposar como una masa de pan. Cuando me bloqueo, paro. Y al tiempo, cuando vuelvo, encuentro la solución”, explica. Esa paciencia y ese compromiso con la calidad lo han llevado a alcanzar reconocimientos importantes, como el Certamen de Magia para la Infancia, que ganó en 2023.

Aunque Sarapín nació para el público infantil, su espectáculo está diseñado como un verdadero show familiar. Jesús ha logrado encontrar un equilibrio mágico: los niños entienden los gestos, las expresiones, las caídas, los tropiezos cómicos; mientras que los adultos entienden las palabras, los dobles sentidos, los guiños sutiles que salpican el guion. Los pequeños se ríen con la forma, los mayores con el fondo. Ambos lo disfrutan a su manera. “En todas las funciones hay adultos presentes. ¿Por qué no hacer que también se rían?”, dice. Por eso, muchas veces saca a escena tanto a niños como a padres, para que todos participen, jueguen, disfruten. Un verdadero espectáculo intergeneracional.

Su versatilidad lo ha llevado también a aceptar retos fuera de su zona de confort. Uno de ellos fue su participación en Dibulandia, bajo la dirección de María Mendoza, donde por primera vez Sarapín se lanzó a cantar en escena. Fue una experiencia nueva, arriesgada, pero que abrazó con entusiasmo. También ha formado parte de otros proyectos escénicos fuera de la ciudad que lo acoge y lo reconoce y este 16 de diciembre actuará en el Teatro Echegaray de Málaga, en una gala dirigida por Luis Olmero, llevando su magia y humor más allá de Melilla.

En estas fechas navideñas, Jesús Castejón invita a sonreír, a conservar la ilusión, a tener esperanza. Y como cada año, desea a todos una Feliz Navidad, con alegría, con magia y, sobre todo, con sueños por cumplir, esperando encontrarse con las familias melillenses en estas fechas señaladas bajo la programación de Navidad.

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