Sara y Hayat vuelven a encontrarse con su propio rostro en ‘MUJERes’

Regresan a la Uned para revivir el primer encuentro con sus retratos y volver a mirarse entre símbolos, memoria y rostros de mujeres de distintos continentes

Sara y Hayat vuelven a la sala de exposiciones de la UnedMelilla con la memoria todavía prendida en la piel. Ya estuvieron allí el pasado 6 de marzo, en la inauguración de MUJERes, la muestra fotográfica de Mohamed Hammu. Ya vivieron entonces la sorpresa de entrar sin sospechar que sus propios rostros las esperaban al otro lado, colgados en la pared, mirándolas de frente. Pero regresar unas semanas después tiene otro pulso. Más lento. Más consciente. Ya no está el golpe limpio del descubrimiento, sino la posibilidad de volver sobre él, de caminar entre las imágenes y recuperar aquella emoción primera.

Entre paredes blancas, los focos iluminan rostros. También iluminan silencios, gestos, telas, joyas, ojos que sostienen la mirada y otros que parecen dispersarse hacia un punto fuera del cuadro. Sara y Hayat avanzan despacio por la sala, deteniéndose aquí y allá, como si cada fotografía les devolviera algo. No recorren solo una exposición; recorren también el recuerdo de aquella tarde en la que se encontraron por primera vez dentro de ella, frente a su propio reflejo.

Todo había empezado mucho antes, hace tres años, durante la celebración del Yennayer. Fue entonces cuando ambas fueron fotografiadas mientras participaban en los talleres de henna junto a sus compañeras de Proyecto Alfa. Aquel momento quedó suspendido en una imagen que el tiempo había dejado atrás y que, sin embargo, regresó de forma inesperada en la inauguración. Ellas no sabían que formaban parte de la muestra. Acudieron a la cita sin imaginar que su retrato iba a recibirlas desde la pared. Por eso el impacto fue doble: la sorpresa de verse y la emoción de reconocerse en una versión de mismas que pertenecía a otro momento.

Ese instante sigue vivo mientras caminan por la sala. Lo recuerdan al detenerse frente a sus fotografías, al reparar en la expresión, en la postura, en la sonrisa. Mirarse allí es algo más que verse. Es reconocerse desde fuera. Es comprobar cómo una imagen puede devolver no solo un rostro, sino una parte de la propia identidad. “Te ves a ti misma”, resumen durante el recorrido, y en esa frase cabe casi todo: la mirada, la sonrisa, la extrañeza y también la certeza de que esa mujer retratada sigue siendo una misma, aunque el tiempo haya pasado.

En ese regreso hay también orgullo. Orgullo de contemplarse entre todos esos rostros de mujeres procedentes de distintos continentes, de formar parte de una exposición en la que cada imagen parece guardar una historia propia. Sara y Hayat lo sienten mientras avanzan entre mujeres africanas, americanas, asiáticas y europeas, unidas no por la semejanza, sino por la fuerza con la que ocupan el espacio. Cada una aparece desde su diferencia, desde su gesto, desde su forma de sostener la luz. Y, sin embargo, entre todas se compone un relato común sobre la feminidad, la presencia y la memoria.

Hayat observando su rostro durante el recorrido por la muestra tras haber sido inaugurada el pasado 6 de marzo. -AGC-

Sus propios retratos les devuelven además el significado de los elementos culturales que las acompañan. Al mirarse, recuerdan el peso de las joyas, el sentido de los colores, la huella de los tatuajes, la forma en que la vestimenta habla de procedencias, tradiciones, estados civiles o pertenencias. No son detalles decorativos. Son signos que narran. Durante el paseo, ambas evocan cómo muchas de esas piezas remiten a una identidad concreta, a una región, a una tribu, a una manera de presentarse en el mundo. También recuerdan que no se trata de tradiciones apagadas, sino de costumbres que siguen vivas y que, en muchos casos, han regresado con fuerza a las celebraciones, las bodas y los rituales cotidianos.

Por eso sus fotografías no son solo retratos. Son también memoria cultural y representación femenina. En ellas se cruzan el rostro y lo que rodea al rostro; la persona y los símbolos que la acompañan. Al verse, Sara y Hayat recuperan todo eso de golpe. La henna, los adornos, la luz sobre la piel, el contraste con el fondo. El reflejo de una misma y, al mismo tiempo, de una historia que no pertenece solo a una persona, sino a una tradición compartida y ligada a otras que nos son ajenas.

Mientras el recorrido continúa, la exposición se abre todavía más. Entre las imágenes aparece un elemento singular en el que reparar: la luna. No está en todas, pero cuando surge, especialmente en algunas de las fotografías vinculadas a África, cambia la lectura del retrato. La acompaña una luz cálida, como si ese astro no estuviera ahí para adornar la escena, sino para decir algo más. Hammu la introduce como un símbolo ligado a los ciclos, a la renovación, a la fertilidad y a la vida de las mujeres. Y la sitúa en África porque asocia ese continente con el origen de la humanidad. La luna, entonces, deja de ser un detalle visual para convertirse en una segunda voz dentro de la imagen.

Ese diálogo entre fotografía y símbolo se prolonga en los textos que acompañan la muestra. Entre pared y pared, las palabras abrazan la experiencia de la visita, pero también la del propio Hammu; lo que sintió al observar a esas mujeres fotografiadas durante sus viajes, la necesidad de dar forma verbal a la emoción, de traducir en lenguaje lo que la mirada había captado primero en silencio. Los textos no explican del todo las imágenes; las acompañan. Aportan respiración. Funcionan como una manera de acercarse a aquello que el fotógrafo encontró en cada rostro y que hoy se recoge en la exposición como una extensión natural de la imagen.

Así, la sala se convierte en una ruta sostenida por miradas frontales y dispersas, por luces que recortan los rostros sobre el fondo, por palabras que prolongan las emociones. Cada mujer es una historia. Y entre todas esas historias están también las de Sara y Hayat. No como una nota al margen, sino como parte de ese mapa amplio de presencias femeninas que la muestra reúne.

Su regreso a MUJERes no repite la inauguración: la completa. Aquel 6 de marzo fue el día de la sorpresa. Este nuevo paseo es el de la comprensión serena, el de la mirada que vuelve y encuentra más capas, más matices. Salen de la sala con la sensación de que verse allí, entre todas aquellas mujeres, no solo les devolvió una imagen. Les devolvió también una pertenencia: la de saberse dentro de una historia hecha de fuerza, de luz y de memoria.

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