Rocío Madrid junto a sus fotografías en la muestra colectiva en Málaga. -Cedida por Madrid-
Rocío Madrid llega a Málaga con una cámara, varias historias y una manera de mirar que difícilmente puede separarse de la ciudad desde la que crea. Este fin de semana, la artista melillense multidisciplinar participa en la XIII edición de Moments Festival Málaga, Festival Internacional de Culturas & Artes Contemporáneas, un encuentro que reúne fotografía, música, diseño, literatura, pensamiento y otras expresiones vinculadas a las escenas contemporáneas. Su presencia se extiende a tres momentos diferentes del programa: la exposición, la conversación y la enseñanza. Fotografía, flamenco, escritura y retrato se entrelazan así en una agenda que para Madrid supone también la oportunidad de llevar fuera de Melilla una forma de entender la imagen construida desde la cercanía y la observación.
El viaje comenzó este jueves en la Peña Juan Breva, donde se inauguró la muestra colectiva "Donde habite el olvido". En ese espacio ligado a la tradición flamenca malagueña, Madrid presenta cuatro fotografías nacidas de su experiencia en la Peña Flamenca de Melilla. No pretende reconstruir el flamenco desde su iconografía más reconocible ni recurrir a la imagen solemne que tantas veces lo acompaña. Su interés se concentra en lo que sucede cuando desaparece el escenario y queda la vida cotidiana de quienes se reúnen, practican y mantienen viva esa expresión artística.
La fotógrafa se ha acercado a la peña desde dentro, fijándose en las personas que forman parte de ella y en los vínculos que se generan alrededor de la práctica flamenca. Entre sus imágenes aparece Yael, encargada de la percusión, y también Chicha, profesor de la Escuela de Flamenco de Melilla. Son dos presencias que permiten desplazar la atención desde el espectáculo hacia quienes hacen posible que el flamenco continúe siendo una experiencia compartida. Madrid explica que su propósito ha sido apartarse de "ese rollo tan 'legendario'" y del cliché para mostrar "cómo el flamenco es la cotidianidad de la peña flamenca de aquí de Melilla".
En el retrato de Yael hay, además, un detalle que adquiere una importancia especial: el tatuaje amazige que lleva en la piel. Madrid encuentra en ese signo una conexión entre la identidad de la joven, el carácter mestizo del flamenco y la propia composición social de Melilla. El tatuaje forma parte de la persona que está delante de la cámara y permite a la fotógrafa establecer un paralelismo entre diferentes formas de pertenencia. La imagen de Yael, vinculada al flamenco y marcada también por esa identidad amazige, concentra buena parte de la diversidad y la forma de retratar que Madrid quiere hacer visible.
Esa lectura atraviesa las cuatro fotografías y conecta con la ciudad de origen de la artista. Madrid aprecia en la Peña Flamenca un espacio en el que personas diferentes se encuentran alrededor de una misma práctica y considera que ahí reside parte de su valor. El flamenco, señala, puede convertirse en una herramienta de encuentro, capaz de unir y de "derribar también barreras sociales". En esa comunidad encuentra una representación de una Melilla diversa que se expresa a través de los cuerpos, las historias y las relaciones de quienes participan en ella.
La fotografía de Yael adquiere así una dimensión que va más allá del retrato individual. El tatuaje amazige, la percusión y el flamenco confluyen en una imagen que permite a Madrid hablar de una identidad formada por diferentes herencias y experiencias. "Quería también establecer ese paralelismo entre ese mestizaje del flamenco y el mestizaje que tenemos en nuestra ciudad, que es tan bonito. Porque le da esa belleza a lo nuestro", explica. Su cámara se detiene en ese cruce de identidades, donde las pertenencias dejan de funcionar como compartimentos separados.
La exposición es colectiva y reúne el trabajo de otros artistas vinculados a Andalucía y Madrid, pero la creadora melillense ha mantenido en sus cuatro piezas el enfoque que define su trabajo. Su aportación introduce una perspectiva próxima y cotidiana que convierte la peña en algo más que un lugar asociado a una tradición artística: es también el retrato de las personas que la habitan y de los lazos que se construyen alrededor de la música.
Después de la exposición llegará la palabra. El sábado 7 de noviembre, en MEET Málaga Espacio Expositivo Tabacalera, Madrid compartirá una charla con la fotógrafa madrileña Clara Asanza dentro del programa Photo Weekend de Moments. El encuentro partirá de una cuestión fundamental en su manera de trabajar: la persuasión como herramienta para construir un retrato. No se trata únicamente de manejar una cámara, sino de conseguir que la persona que se coloca delante del objetivo confíe en quien la fotografía.
Madrid sitúa el comienzo de ese proceso antes de hacer la fotografía. El contacto previo, la conversación y la proximidad forman parte de un método en el que la confianza resulta esencial. Para ella, enfrentarse a una cámara puede generar distancia o incomodidad, por lo que considera necesario crear previamente un espacio en el que el sujeto pueda sentirse seguro. Su manera de retratar nace de esa relación y de una comunicación que permite que la persona deje de sentirse simplemente observada.
La conversación con Asanza añadirá otra capa a ese planteamiento. Ambas trabajan desde lenguajes diferentes: mientras la fotógrafa madrileña explora las posibilidades de la inteligencia artificial, Madrid mantiene una relación con la fotografía analógica. El contraste servirá para preguntarse qué permanece cuando cambian las herramientas. La artista considera que, por encima del procedimiento, lo decisivo continúa siendo la capacidad de transmitir. "Da igual la técnica, que lo importante es conseguir transmitir con la imagen", apunta.
Esa reflexión desembocará el domingo 8 de noviembre en un ejercicio práctico. En MEET, Madrid impartirá el taller "Retrato: ficción y mirada desde los márgenes", una propuesta que parte de la fotografía para adentrarse también en la escritura y la imaginación. Las plazas, limitadas a diez participantes, se agotaron antes de la celebración de la actividad. El taller propone mirar al otro desde una perspectiva distinta y construir, a partir de la intuición, una identidad posible que después deberá transformarse en una imagen.
La dinámica se organizará por parejas. Cada participante observará a su compañero y elaborará sobre él una biografía inventada, un retrato literario construido a partir de aquello que perciba. No tendrá que descubrir quién es realmente la persona que está enfrente, sino imaginar quién podría ser. La fotografía comenzará así antes de que aparezca la cámara: primero estarán la observación, las palabras y la fantasía; después llegará la imagen.
"Cada uno se va a inventar un poco cuál es la historia de cada sujeto", explica la artista. A partir de esa historia, los participantes construirán el retrato utilizando los recursos fotográficos que Madrid pondrá a su alcance. La luz, las sombras y el encuadre dejarán de ser únicamente cuestiones técnicas para convertirse en elementos narrativos. Cada decisión deberá contribuir a trasladar a la imagen aquello que las palabras han imaginado.
El ejercicio continuará con una puesta en común en la que se confrontarán la imagen creada, el relato inventado y la realidad de la persona retratada. Ese último paso introduce una tensión esencial en la propuesta: la distancia entre lo que creemos ver y lo que realmente existe. Madrid utiliza el retrato para explorar ese territorio ambiguo en el que identidad y percepción se encuentran y en el que la cámara se convierte también en una herramienta para preguntarse cuánto hay de nosotros mismos en la manera de mirar a los demás.
Durante el taller, la artista compartirá sus referentes y parte del recorrido que ha construido a través de la fotografía. Mostrará ejemplos de autores que han influido en su manera de entender el retrato y explicará cómo diferentes creadores han utilizado la imagen para construir relatos alrededor de una persona. Su trayectoria se mueve entre la fotografía, la escritura, el dibujo, el fanzine y la autoedición, disciplinas que en su obra funcionan como lenguajes conectados.
Esa mezcla define una práctica artística que parte de Melilla y encuentra en los márgenes un lugar desde el que observar lo cotidiano. Madrid utiliza la cámara, pero también escribe y dibuja para desarrollar una mirada alejada de las representaciones convencionales. La fotografía aparece entonces como una forma de acercarse a las personas y, al mismo tiempo, como una herramienta para cuestionar aquello que parece evidente.
Su participación en Moments tiene para ella una dimensión profesional y personal que no oculta. Madrid reconoce que dedicarse a la creación supone convivir con la precariedad y con las dificultades propias del trabajo autónomo, pero esa parte menos amable convive con la satisfacción de poder trabajar en aquello que le apasiona. "Poder compartir lo que me apasiona ya es algo que es súper importante en la vida de cualquiera", señala. La contradicción está presente: es un camino exigente, pero también una forma de vida que encuentra sentido en la posibilidad de crear y compartir.
Málaga representa, además, una prueba para una idea que Madrid quiere llevar de vuelta a Melilla. Su intención es comprobar cómo funciona el taller y estudiar después la posibilidad de trasladarlo a la ciudad. La propuesta no está pensada exclusivamente para fotógrafos. Su campo de acción es más amplio porque utiliza simultáneamente las herramientas del lenguaje visual y literario. "No es solamente para fotógrafos. Es para cualquiera que quiera experimentar con las herramientas del lenguaje, tanto visual como literario", explica.
Entre la Peña Juan Breva y MEET Tabacalera, entre el flamenco cotidiano de una peña melillense y el retrato imaginado de un desconocido, Rocío Madrid lleva a Málaga una misma manera de entender la creación. Su trabajo parte de mirar de cerca, establecer vínculos y prestar atención a aquello que habitualmente queda fuera del centro. El tatuaje amazige de Yael, la confianza necesaria antes de disparar una cámara, una biografía inventada o el contraste entre fotografía analógica e inteligencia artificial forman parte de un mismo recorrido: buscar en la imagen algo que no se limite a mostrar, sino que permita comprender, imaginar y contar.
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