En Melilla con una población que supera los 85.000 habitantes, se echan de menos oficios que, si bien es cierto que están en declive en toda España, tienen sus clientes fijos y ninguno cierra por inanición sino por falta de relevo generacional.
Es el caso de los zapateros y carpinteros que están en fase de extinción en la ciudad; pero también los sastres, las tintorerías, las bordadoras, las mercerías, y hasta las casas de comida para llevar, que las vemos en la península por todas partes y crecen si tienen buena cocina y precios asequibles. Sin embargo, aquí no acaban de cuajar.
Hemos visto cómo bares tradicionales se han pasado a los pedidos y desde fuera da la impresión de que no paran y de que les va bien. Pero siempre asociados al pollo asado y sin mucha más variedad. Y el concepto de comidas para llevar, arraiga en los barrios si es diversa, porque elegir entre pasta, pollo, croquetas y filete día tras día, aburre.
Yo, durante años, fui cliente fija de las comidas para llevar. En mi barrio de Murcia había al menos dos grandes establecimientos, pero fui fiel a uno pequeñico que tenía cerca del trabajo porque hacía una olla gitana, unos huevos rellenos y un arroz con verduras, de diez. Llevaban más de 40 años abiertos. Me fui y siguen abiertos. Sobrevivieron a la crisis del ladrillo y a la covid. A lo bueno, nadie le hace sombra.
En la península, en las vacaciones de verano, me despertaba con la musiquilla del afilador de cuchillos y tijeras o la megafonía anunciando por la playa que “ha llegado el tapicero” o que ha muerto un vecino de toda la vida y cuándo y dónde estaban previstos velatorio, entierro y misa. Eso aquí no existe. Son costumbres que están desapareciendo.
Lo normal todavía en Andalucía y la zona del Levante español es que se celebre un mercadillo cada día en un barrio distinto de la ciudad y que lo fuerte sea la venta de frutas, verduras y productos de la tierra, llegados directamente desde el campo, con precios sin mediadores, que representan un ahorro considerable en la cesta de la compra.
Todo eso está más que muerto en Melilla. Son nichos de empleo que no se explotan y yo creo que si hay clientes para bares, seguramente los habrá para negocios pensados para la clase media, pero no sólo. Las tintorerías no están sólo para dejar impoluta la ropa después de las grandes ocasiones. Ahora que ha vuelto la moda de las cazadoras de ante, que las miras y se ensucian de un pestañazo, no hay dónde limpiarlas de una semana para otra en Melilla. Las tintorerías van a hasta arriba. Hay mercado, pero no hay emprendedores y tienes que tragar cuando te dicen: “Ve a Marruecos, que allí sí te la limpian. Ellos todavía hacen esas cosas a la antigua usanza”.
Sinceramente, no se me ocurre un buen motivo por el que esas cosas no se puedan hacer en Melilla. De la misma manera que no entendí que cuando cerró la frontera desaparecieran los vendedores ambulantes de almendras. Nos acostumbramos a que lo hicieran otros y se perdieron durante un tiempo de Melilla.
En la ciudad hay sueldos altos que pueden permitirse las comidas para llevar. Los hay que comen en la oficina o prefieren ir al gimnasio a la hora de comer y luego pueden cogerse algo para llevar. Ahí tenemos una Estación Marítima desaprovechada que podría acoger muchos de estos negocios que he mencionado.
Lo ideal, cómo no, sería que nuestra Estación Marítima se pareciera a Atocha o a María Zambrano, con variedad de tiendas, no sólo de souvenirs y móviles, sino también de moda y complementos, pero, sobre todo, de restauración. Con las vistas tan espectaculares que tiene el edificio, no entiendo por qué no hay demanda para montar bares con solera. No digo que los que están no la tengan, estoy hablando de bares que no estén pensado, exclusivamente, para el que viaja o para el que trabaja en el Puerto. Hablo de lo chic, lo molón y lo novedoso.
Hablo de ese aire fresco que trajo Kiko Hernández a Melilla con El Cielo; hablo de montar en Melilla lo que está triunfando en Madrid. Aquí hay gente que puede permitírselo y hay ganas, pero nos faltaría perder el miedo a los impuestos, la burocracia y los malos ojos. Nos falta decisión para dar ese paso al vacío.
Es cierto que costó mucho que el centro comercial echara a andar, pero hoy es un punto de encuentro. Si quieres ver o que te vean, ése es un buen lugar. Podemos decir que es un proyecto exitoso. Hubo un momento en el que parecía que no era para Melilla y doy por hecho que hubo emprendedores que sufrieron mucho en esos primeros meses. Los inicios son casi siempre malos, especialmente cuando proyectas un negocio pensando en un nicho de mercado que desaparece de golpe y porrazo con el cierre de la frontera. Pero quienes creyeron en la idea, no se equivocaron. Funciona en todas partes. ¿Por qué no iba a funcionar aquí?
¿Por qué no intentarlo también con la Estación Marítima? Ahora que lo está dando todo con el aire acondicionado a tope y que acaban de arreglar la escalera mecánica que estuvo rota gran parte del verano, sería ideal que marcas que no están representadas en Melilla apostarán por abrir una franquicia en ese punto de la ciudad. No veo por qué no puede ir bien en un centro de paso que no tiene que ser visitado en exclusiva por los que se van a gastar el dinero fuera. Está cerca, se puede ir andando y es un lujazo sentarse a tomar un buen Moscow Mule, un Margarita de maracuyá o un té con vistas al mar. Sería un lugar perfecto para ir de vermú, disfrutar de sidras, buenos vinos y buenos quesos o para la cocina vasca que se echa de menos por aquí. ¿Dónde hay que firmar? ¿A quién hay que convencer?
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