La política coercitiva en el Protectorado Español de Marruecos, fundamentalmente en la Zona Norte, se desplegó mediante métodos implacables englobando desde la discriminación hasta el cese de cargos, detenciones domiciliarias, intimidaciones, imposiciones, arrestos, alistamientos forzosos e incluso ejecuciones. Este ejercicio limitado meramente a la fuerza y empleado para atropellar la voluntad o conducta, tenía como objetivo conservar el control hispano y contener cualquier conato de resistencia u objeción hacia la autoridad colonial. Pero ineludiblemente también repercutió en la vida cotidiana de la urbe bereber. Hasta el punto, de inocularse un resentimiento que con el acontecer de los trechos, contribuyó al movimiento nacionalista o de resistencia y a la lucha por la Independencia de Marruecos.
Si bien, los forzamientos cruzados contra una supuesta intriga masónica que ponía en riesgo los contrafuertes de la España franquista (1939-1975), sería una de las tesis manejadas por el Gobierno para escudar los excesos perpetrados por el aparato represor de la dictadura fascistizada. Dicho esto, la vinculación de un grupo compacto de marroquíes con el espectro masón, muchos integrantes del movimiento nacionalista, no resulta una obviedad sostener la trama real que existió entre el nacionalismo árabe y algunos trazados ideológicos republicanos. Amén, que el hervor político de los sublevados se estrechó por su conexión con los republicanos y núcleos masónicos, al igual que de modo directo o indirecto, se les impuso enrolarse en las filas del Ejército Nacional y castigado a persistir sumido en el sometimiento de un régimen preso de sus deslices, cuya extinción jamás merodeó en las ínfulas del Caudillo.
Y es que si años atrás España habría de escoger con finura compromisos congruentes con tribus o notables y que regularmente quedaban definidos en pensiones, aventurarse por uno u otros, conjeturaba cosechar la indisposición potencial de los descartados y/o desfavorecidos en esas resoluciones.
Puntualizo el distintivo anterior, porque durante la década de los años veinte, la masonería comienza a tomar cuerpo en el Protectorado. Las asambleas principiantes secundadas por una observancia nacional recientemente dispuesta y bautizada como Gran Logia Española, se establece en dos de las ciudades de la región más apartadas del torbellino belicoso rifeño. Es decir, en aquellos territorios donde las entidades coloniales y los residentes españoles seguían en crecimiento y en pleno lustre socio-económico. Me refiero a las plazas de Alcazarquivir y Larache.
Ni que decir tiene que la masonería ceñida a los pasos y alegatos de sus componentes e incrustada en el foco de la colonia, estaba llamada a integrarse como uno de otros tantos mecanismos del engranaje social. Aparte de estar de acuerdo o al menos encajar, con otros colectivos, organismos y círculos y donde irremisiblemente concurrieron un sinfín de proyecciones, controversias, intereses solapados y compadrajes de cualquier índole en la hechura del Sistema Colonial que viabilizaría la puesta en escena del Protectorado y de grupos infalibles de peso.
Sin embargo, no ha de soslayarse de este marco las artimañas de corrupción entre otros procederes de confabulación, estando al orden del día en las poblaciones norteafricanas y que como apuntan algunos estudiosos, forman parte de una vieja tradición y el negocio que la plasmación del Protectorado se convirtió para muchos. En otras palabras: cualesquiera que fueran los lazos asociativos e interpersonales reproducidos, destaparon algún cariz mordiente que sin que pueda denominarse corrupción, se contemplaron como estilos socialmente admitidos para fraguar beneficios compartidos, por muy disonantes que éstos correspondieran entre las partes implicadas.
Con lo cual, la masonería como una de las piezas más del puzle en la idiosincrasia del entorno jerifiano, no quedaba desembarazada de las fórmulas más o menos clandestinas, aquellas que formaban parte de la conjunción clientelar y de intercambios en una sociedad en formación y que aparecía contraída desde la ocupación española.
“La masonería como una de las piezas más del puzle en la idiosincrasia del entorno jerifiano, no quedaba desembarazada de las fórmulas más o menos clandestinas”
Es por ello imperativo determinar cómo se dispone o impulsa esta malla de apoyo alternativo, que a su vez, es inconfundible de la masonería. Un trenzado alumbrado en medio de un enclave en plena ebullición, con multiplicidad de grupos, creencias e atracciones y que por instantes sondeaban mayor influencia, explotando a más no poder el agujero dejado por el desequilibrio que reportaría las pugnas y colisiones persistentes en las irrupciones lideradas por Abd el-Krim (1883-1963). Y cómo no, con la relevancia de un combatiente mayúsculo en cuanto a sus artificios belicosos de la cabeza a los pies que ocasionó no pocos reveses: el rifeño, siempre presto a sacudirse el yugo colonial. Guerras, que entrevieron una militarización puntiaguda en aquellas inhóspitas tierras africanas y en la que España se vio empantanada en un entresijo que no hacía más que dilapidar miles de hombres y recursos del Estado.
Con estos mimbres, la sucesiva congregación de militares contrarios al Gobierno en el territorio norteño auguraba la detonación de la contienda. De hecho, sería en esta posición neurálgica donde los miembros africanistas se alzaron en pie de guerra contra la República, porque en las plazas de soberanía, pero sobre todo, en el Protectorado, habían logrado acaparar los puntos claves para consolidar la consecución del levantamiento. Toda vez, que la supervisión de los Servicios de Información junto al Sistema de Intervenciones, los llevó a encaramarse desde el inicio en lo más alto. La particularidad de que una representación notoria de militares hubieran ingresado en la Península o en Marruecos en la Orden, resultaba inaudito para los conspiradores africanistas. Estos últimos, sabedores de la reputación en las esferas políticas y sociales de la nación, intuían que en el caso específico de los militares, la Hermandad podría minar el mando y la obediencia debida a sus jefes.
Es más, la comparecencia de un número apreciable de individuos de inclinaciones ideológicas más próximas a la izquierda, ayuda a averiguar la identidad de la Masonería, institución de naturaleza apolítica como reseña su Reglamento y que según el Diccionario de la Lengua Española la define al pie de la letra como “asociación universalmente extendida, originariamente secreta, cuyos miembros forman una hermandad iniciática y jerarquizada, organizada en logias, de ideología racionalista y carácter filantrópico”.
Tampoco ha de obviarse que este choque de trenes contraía acepciones personales como ocurrió con Francisco Franco Bahamondes (1892-1975). Sea como fuere, acto seguido a su nombramiento como Jefe del Estado Mayor Central del Ejército (19/V/1935), ya había destituido a seis Generales masones, todos, Altos Jefes militares y sin escaparse de esta quema, estaría el Director de la Escuela Superior de Guerra. Este capítulo desenmascara su encrucijada exclusiva contra la Orden y el rastro prolongado de la campaña emprendida en Marruecos. A la par, numerosos civiles opuestos al Gobierno de la República Española y al sistema implantado, coincidían en el menester de finiquitar la Masonería. Entre ellos, se acentúa la figura de Luciano López Ferrer (1869-1945), en calidad de Alto Comisario de España en Marruecos (10-VI-1931/23-I-1933).
Este indicativo descifra que mientras en la Península se aclamaba la culminación de la República y su consiguiente dirección de mayoría masona, en la capital del Protectorado se difundía los descontentos por la máxima autoridad y del que se reclamaba su cese, al ser tachado de anárquico y anti masón. Pero este contexto se encaminó en una incongruencia todavía mayor. Me explico: el gabinete que aglutinaba la cifra más amplia de masones de la República, pospuso durante más de un año la despedida del Alto Comisario y entre las remodelaciones antimilitaristas del Presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña Díaz-Gallo (1880-1940) y posteriormente, Presidente de la Segunda República, crecían los privilegios del Alto Comisario en menoscabo del Jefe Superior de las Fuerzas Militares.
De este modo, López Ferrer consiguió ejecutar sin inconvenientes su autoridad y proyectar una purga de acoso y derribo, quitando de un plumazo a los masones que desempeñaban importantes deberes militares y civiles en la demarcación. Por citar un ejemplo que justifique esta operación depurativa, Miguel Cabanellas Ferrer (1872-1938), General en Jefe de las Fuerzas Militares.
Pronto, la Gran Logia de Marruecos derivaba al Gran Consejo Federal Simbólico las condenas ante un acorralamiento metódico dedicado a desbaratar la Orden del Protectorado. Estos incidentes de exclusión, acusación y retraimiento se calcarían en su acción en otros sujetos y con desenlaces similares, hasta la ruptura radical de los núcleos masones en la región alauí.
En tanto, los adeptos masones intentaron amortiguar el desbordamiento de desobediencia de los militares que dirigían la Administración Colonial, de cara a las pautas acordadas por el Gobierno Republicano de la metrópoli y de advertir a los ejecutores de su alcance.
A decir verdad, acosados y desahuciados en la Península ante la apatía de una República con la que se consideraban retratados, pero igualmente frustrados, muchos no les quedó otra que renunciar a la Hermandad. De ahí, que las huidas se intensificaran, principalmente entre los milicianos, conocedores de la amenaza cernida y los derroteros coyunturales del Protectorado que iría tomando.
Ahora bien, el protagonismo de una cantidad nutrida de musulmanes a las logias masónicas del Norte de Marruecos y el complemento de que una parte diferenciada de éstos estuvieran encuadrados al movimiento nacionalista, inicialmente podría ser una paradoja engañosa. Recuérdese al respecto, que el nacionalismo marroquí de raíz islámica reformista, apoyaba sus bases en el modernismo de las corporaciones y estructuras autóctonas, perpetuando su rasgo islámico y cuyos automatismos propios debían adecuarse a los tiempos imperantes.
Evidentemente nada tenía que ver con la noción de nacionalismo plasmado por el patrón fascista alemán e italiano, que ambicionaba la supremacía de una raza o pensamiento sobre el resto, ensamblándose como modus operandi político en la dictadura. Y no quedando aquí la cuestión, como pueblo sometido por la colonización se exhibían disconformes a la superioridad de un pueblo sobre otro, en razón de su nivel de progreso o prosperidad.
Llegados a este punto de la disertación, una dictadura de filo fascista como la que se pretendía introducir, alineaba directamente una praxis anti masónica. A ello hay que añadir, que el régimen republicano se apuntalaba en principios idealistas de democracia e igualdad, en los que se promovía la formación ciudadana y su acercamiento a la educación. Claro, que el último de los elementos apuntados armonizaba para el nacionalismo marroquí la fuerza motriz que habría de propulsar la modernización de la nación.
Digo esto, porque el acomodo y los criterios políticos que deslindaba la República, que no sus subsiguientes procedimientos ni su cometido colonial, se hallaban en correlación con el guion nacionalista. Por lo que sus integrantes reflejaban más paralelismo con las finalidades republicanas, que con el bando sublevado y la amalgama de colectivos falangistas y tradicionalistas. Asimismo, una parte de los valores respaldados y preservados por la Hermandad eran comunes al Islam y a su espíritu de unidad, apoyo y asistencia mutua comunitaria en torno a la Umma o Ummah, término utilizado en el Corán y en la Constitución de Medina para designar a la comunidad musulmana.
A este tenor, la doctrina de principios básicos y valores universales en torno al ‘Bien y la Justicia’, terciaban la declaración de derechos fundamentales salvaguardada por la Liga Española para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. De cualquier manera, la reciprocidad de musulmanes, masones y valedores de los derechos humanos resultaban incuestionables en Marruecos.
A ello hay que incluir la pertinencia que les ofrecía la Masonería para establecer comunicación con personas de relieve del universo político y social de España, a las que ahora les expondrían los requerimientos oportunos ante la tesitura de no recibir contestación alguna por medio de los cauces oficiales.
Visto de otro modo: desde una vertiente pragmática la incorporación en las logias se veía como una especie de rendija para conseguir el éxito de las pretensiones reformitas del nacionalismo.
Y como no podía ser de otra manera, las reglas de juego del Alto Comisario perjudicaron a los marroquíes. Producto de la campaña de cacería y expulsión de los puestos relevantes de los organismos coloniales y locales se ampliaron a otros medios, porque lejos de favorecer al movimiento, la asignación a la Masonería emplazó al nacionalismo en el centro de atención de aquellos que desarrollaban el castigo represivo contra las tareas de las logias y sus incondicionales, ya fueran éstos españoles o marroquíes y entre ellos, aquellos con perfiles provenientes de altos cargos, negociantes e inclusive de clase obrera.
Del mismo modo, en la metrópoli la proximidad con la Hermandad no trascendió en la sucesión de los Gobiernos republicanos, quienes terminaron cultivando una política colonial continuista con relación al régimen autoritario de Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930), ostentando los cargos de Presidente del Directorio Militar, Alto Comisario de España en Marruecos, Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Estado, hasta desatar un naufragio en los sectores marroquíes.
Haciendo un pequeño inciso en lo desgranado, interesa subrayar que la Liga Española para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano quedó configurada el 23/XI/1913, con unos Estatutos que estaban precedidos por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa (26/VIII/1789).
Y en cuanto al guarismo de republicanos participantes no coligados con la Masonería, pero sí con una parte manifiesta de los valores democráticos auspiciados, puede entenderse como revelador, lo que esclarecería la identificación que se forjó de la Liga con la República y la Orden de no pocos oponentes al Gobierno.
Paulatinamente la aportación de los nacionalistas marroquíes en la Masonería, más el trato de la élite con marcados representantes republicanos, sus demandas de mejoramiento de las condiciones en el Protectorado y la valía que podrían proporcionar sobre el resto de la urbe, condujo a los militares golpistas a estrechar el cerco sobre el grupo referido.
Yendo a hechos concretos y sin extralimitarme en la extensión de las pormenorizaciones que a continuación rotularé, a pocos días de producirse el alzamiento contra el Gobierno Constitucional de la Segunda República (17-23/VII/1936), se desarrollaron unas maniobras en el Llano Amarillo de Ketama (5-12/VII/1936) en lo que se plasmó como un experimento manipulado de lo que estaría por llegar con el Ejército de África en plena ebullición bélica, cuando ni tan siquiera había estallado la guerra.
En base a lo anterior se determinaron varias instrucciones en las que se recogían normas pendientes de implementarse, entre las que incido en otorgar la gestión del Orden Público y de la Seguridad a entes afines de la Falange Española, ya que los interventores se cuadrarían con la Mejaznía, que comparte con el de Vigilancia y Seguridad y más adelante lo efectuará con el de la Policía Armada y de Tráfico los Servicios de Seguridad de la Zona del Protectorado; al igual que contactar con el Jalifa y sus visires para tenerle al tanto del golpe; notificar a las autoridades marroquíes el levantamiento y efectuar una política de atracción, atajar a los nacionalistas y sus partidarios; cerrar los recintos de encuentros públicos e impedir todo tipo de concentraciones abiertas y privadas y apartar a cualesquiera de las partes izquierdistas. Llámense anarquistas, masones, sindicalistas, comunistas, etc.
Como retrato gráfico de lo sintetizado, en Tetuán, capital del Protectorado y Sede de la Administración Colonial, pronto se ocuparon los edificios de calado. A pesar de ello, la coincidencia de que la región se encontrara supeditada al régimen de protección, entrañaba el acatamiento del Gobierno marroquí a los mandos coloniales que llevaban las riendas del territorio, independientemente de si éstos incumbían al Gobierno promulgado legítimamente o a los incitadores. A ello ha de agregarse la captura de los antiguos cabecillas de la resistencia armada que lucharon durante las Campañas de Marruecos (1909-1927) contra los ahora insurgentes.
Sin demorarse en el tiempo, se habilitó la disposición de una delegación depuradora de la Administración de la Zona del Protectorado. Algo así como se calificaría metafóricamente una Inquisición, formalizando los juicios a cal y canto herméticamente y con veredictos que acababan siendo irrevocables. Además, en repetidas oportunidades se sentenciaba a los funcionarios sin ser oídos y en otras tantas acudían en solitario sin opción alguna de ser acompañados por un abogado. Y en la cábala de que se personase en el proceso un asesor emplazado por la comisión y osara asumir la defensa, la simple citación ya denotaba por adelantado que el involucrado quedaba fulminado, bien para dirigirse sin más a prisión o ser informado de abandonar su labor.
Al arreciar fuertemente la cruzada contra los dispositivos masones e izquierdistas, el único resquicio de sortear los prendimientos e interrogatorios radicó en rastrear el amparo de la Falange, lo que deduce su llamativa evolución cuantitativa y el desvanecimiento de cualquier indicio masónico.
Mientras tanto, la repulsa con la que se toparon los nacionales en la Península, los indujo a abordar una estrategia de captación de tropas marroquíes y de cuya incrustación estribaría la secuencia del conflicto. Este apremio irremediable de incorporar individuos acarreó a la urbe indígena a padecer métodos represivos mediante una sarta de técnicas desmedidas.
“Los forzamientos cruzados contra una supuesta intriga masónica que ponía en riesgo los contrafuertes de la España franquista, sería una de las tesis manejadas por el Gobierno para escudar los excesos perpetrados por el aparato represor”
Finalmente, durante el período narrado el estímulo de la elite marroquí, la República, no tardaría demasiado en hacer ver su propósito de desplegar una política colonial continuista y contrapuesta a las convicciones que sostenían. A la andanada violenta se yuxtapuso la fuerza de gravedad imprimida por los militares golpistas, quiénes compusieron con finura una política irascible hacia el conjunto árabe.
En este aspecto podría decirse que el trato dado a los pesos pesados nacionalistas fue más contemporizador en cuanto a las maneras aplicadas de reprimirlos e intentar doblegarlos, pero no es menos innegable que estas prácticas replicaban el mismo móvil que aquellas en las que el arrebato físico y psicológico se manifestaban con más virulencia.
En definitiva, desde un enfoque generalizado las referencias de represión en sus diversas aristas, han de traducirse allende a una arremetida directa sobre un gremio o asociación especifico como la Masonería. Sin duda, van más allá, al instigar una maquinaria enteramente arbitraria a través de caudales virulentos y pulverizar todo cuanto se distinguiese desacorde o sencillamente desfavorable.
En consecuencia, si con el paso del tiempo el galimatías del Rif pasó a convertirse en un degolladero infranqueable, algo así como un tributo de sangre que los más infortunados y a quiénes nada se les había extraviado en aquel inhóspito suelo y bajo el ardiente sol africano, tenían que solventar en nombre del honor y el cartel reputacional de España, pronto se desempaquetaría la caja de Pandora y afloraría la reclamación de responsabilidades desde abajo hacia arriba, sucumbiera quien cayese, en una senda política no ya en serias dificultades o ruina, sino en estado de descomposición. Una España en la que a dilemas recurrentes y tradicionales, como el analfabetismo o las ingentes divergencias sociales, vinieron a acompañarle la embestida directa a los derechos humanos y su achique político y social en estructuras y organizaciones democráticas que bruscamente se aniquilaron.
A la postre, el nexo entre las exigencias nacionalistas marroquíes, la Declaración Fundacional de la Liga Española para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (23/XI/1913), el articulado de las diversas órdenes masónicas y el postulado político de la Segunda República cuyos delegados se nombraron en las urnas, comportaban estos valores compartidos contra los que se violentó.
Esta causa era vista con incontrastable desconfianza por parte de los militares más cautelosos, quiénes con una visual simplificadora y por momentos intemperante de la influencia de estas asociaciones en la versión política y militar, dirimieron a la masonería como la autora de cebar en la sociedad española anomalías, o si acaso, lacras, entre algunas, el comunismo o el judaísmo.
Por ende, si el triunfo de las armas hispanas empeñaron la soberanía e integridad de Marruecos, el septentrión marroquí se tornaba en el primer escenario donde se sucedieron metodologías severas que predominarían en la España franquista.
No obstante, es preciso dejar constancia un matiz que no es menos trascendente de lo aquí expuesto: si las fuerzas tumultuosas azuzadas por Franco usaron con dureza instrumentos de opresión, en algunos relatos de ilustres autores se ha mencionado que la mayoría de los masones fueron sacrificados, confirmación que habría que rebatir, pues tras una fase preliminar de ejecuciones difusas, se transitó a un castigo con algo más de validez oficial y la coacción de libertad de movimiento, valga la redundancia, restringiendo su libertad deambulatoria. Y si cabe, mucho más, en una clara prueba de agravio colonial infligido por el imperialismo europeo rubricado por la expansión geográfica, con potencias como Francia y Gran Bretaña atenazando vastas tierras. Lo cierto es, que tras independizarse y adquirir su potestad, algunos de estos procedimientos se asimilaron por las élites gobernantes, dando paso en no pocas circunstancias a una receta que en los tiempos que corren detenta el poder y opera de manera autoritaria, vertical y no existe una mínima abertura para el debate y el disenso político.
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