¿Qué satisfacción puede haber en destrozar el mobiliario urbano? ¿Cómo es posible que unos desconocidos arranquen y se lleven el portón de un parque como el de Las Palmeras sin que nadie oyera ni viera nada? ¿De qué manera se puede explicar que esas instalaciones estén sufriendo ataques vandálicos desde el 19 de junio pasado sin que los vecinos hayan reaccionado ante semejante ejemplo de salvajismo?
Esas son las primeras preguntas que cualquier persona se hace cuando se conoce por la Consejería de Medio Ambiente que el parque de la barriada sufre ataques continuos desde junio pasado, sin que nadie hubiera denunciado nada. Pero, ¿dónde vivimos? ¿Qué ciudad es ésta? Si se sabe que los atentados al patrimonio público son continuados, ¿por qué no se estableció una vigilancia más estrecha en la zona?
El caso de los vecinos también es para nota. No es creíble que quienes habitan en esa urbanización no hayan dicho ni mú porque a buen seguro han visto y callan. Y eso que son los más perjudicados de todos porque, dadas las circunstancias, es evidente que sus hijos no tendrán un buen sitio donde jugar, disfrutar del aire libre y utilizar los elementos infantiles que se habían instalado para su disfrute hace ya tres años.
No es concebible que cosas como esas sigan ocurriendo en la Melilla del siglo XXI. Es que no solo arrancaron el portón, sino que lo tiraron después al cauce del río de Oro, lo cual da cuenta de que se trata de hacer daño porque sí, posiblemente porque se divierten, porque es tanta la falta de educación en valores cívicos de esos individuos que se creen algo frente a otros simplemente porque son más salvajes que quienes les miran o animan al vandalismo.
Melilla está llegando a unos límites ya insoportables. O se ponen medidas contundentes que reconduzcan la situación o la ciudad está abocada al fracaso como sociedad porque cuestiones como las denunciadas por Medio Ambiente no pueden ser en modo alguno consentidas por las autoridades. Algo así merece un castigo que dé una buena lección a quienes la emprenden contra lo que es de todos solo por gusto, porque sí. Y si se tratara de menores, que los padres respondan de semejante bestialidad para que entiendan de una vez que es imprescindible que eduquen y controlen a sus hijos.
Lo que no puede ser es que nadie haya visto nada, que quienes residen justo al lado, miren para otro sitio como si la cosa no fuera con ellos. Hay que empezar a reaccionar y hacerlo con determinación porque el salvajismo no puede ser tolerado en esta ciudad.
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