Poco parece importar el hecho que, aun desde la diferencia, los puntos comunes sean los que hacen avanzar hacia una tendencia razonablemente positiva.
Para tener esperanza hay creer en ella y para pensar que la diversidad salva de esa uniformidad que tanto daño perjuicio ha ocasionado y ocasiona a lo largo de la historia, hay que apostar por ella, por esa diversidad real. No aquella, y tan frecuente, que vive en compartimentos estancos, dentro de espacios de una misma ideología, tendencia o fe.
La consolidación del némesis, la lograda aspiración a él, el enfrentamiento entre dos bandos sin espacio a que respire lo común; el establecimiento del enemigo acérrimo, total, transita con “solvencia” por la mayoría de los escenarios donde hay litigio o contienda declarada.
Es el triunfo constante, o su intento, de la ideología sobre el interés general y es notorio en la política de cercanías. Pero es una ideología cambiante a tenor de los vientos que circulen y, sobre todo, a expensas de los intereses del liderazgo y sus acólitos. Del poder que deambula en el absolutismo y la negación constante hacia el frente contrario establecido. La “propiedad” de la razón sin ceder espacios y el ejercicio de ella sin fisuras por donde la crítica o la aportación ajenas puedan sanear o aportar algo positivo.
Se reprocha engañosamente que el rival o discordante, realmente enemigo, no sea un profesor de ética y moral sin, valga el ejemplo, mirarse a ese espejo que delata la corrupción en el ámbito público y que es una hidra con distintos brazos, no sólo el de malversar en beneficio propio. En el fondo se alimenta la hoguera infinita con agravios. Cuando blanco es negro y viceversa.
Se procura que ese némesis siga firme y pulsante. El “conmigo o contra mi” que prevalezca y que deje constancia que lo que se posee o se aspira poseer es “personal e intransferible”, sin interferencias o alternativas. Y si las hay, lapidarlas.
La sociedad vive en conflicto: guerras, resurgir radical o ambas circunstancias mezcladas, lejanas o cercanas, da igual, la inmediatez de la información las traen a la “sala de estar” de cualquiera. Entre esos dos frentes, nítidamente declarados, está la mayoría silente que si puede elegir, por encima de la grandilocuencia en los pronunciamientos optará siempre por la mejora de la vida. Más que nunca, la conversación social sobre la política.
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