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Narciso Michavila y "la venganza de la realidad" a través del análisis sociológico y la historia

El doctor en Sociología y presidente de GAD3, ofrecerá el 25 de septiembre, a las 20:30 horas, en el Real Club Marítimo de Melilla, la conferencia "La venganza de la realidad. Lecciones sociológicas"

Por Alejandra Gutiérrez
18/09/2026 10:01 CEST
El Club Marítimo invita a reflexionar sobre la realidad de la mano del sociólogo Narciso Michavila

Narciso Michavila, sociólogo, fundador y presidente de la consultora de investigación y comunicación GAD3. -Cedida por el RCMM-

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Hay una idea que atraviesa buena parte del análisis de Narciso Michavila y que sirve también para entender el sentido de su expresión "la venganza de la realidad": las sociedades pueden ignorarse, simplificarse o interpretarse mal durante un tiempo, pero aquello que no se conoce termina apareciendo de una u otra forma. La sociología, en ese planteamiento, no es un ejercicio de opinión ni una colección de impresiones sobre lo que ocurre a nuestro alrededor. Es, en sus palabras, una ciencia que permite "conocer científicamente la sociedad con herramientas científicas". Y resulta fundamental precisamente porque el ser humano es un ser social. El problema aparece cuando quienes toman decisiones prescinden de ese conocimiento y sustituyen el análisis de la realidad por intuiciones, prejuicios, relatos políticos o explicaciones elaboradas lejos de aquello que pretenden describir. Michavila resume esa tensión recurriendo a una frase de Ortega: "toda realidad ignorada prepara su venganza".

La historia cumple una función semejante. Frente a la sensación de que cada crisis es inédita, cada conflicto excepcional y cada problema propio de una época irrepetible, Michavila introduce una dosis de perspectiva histórica que pretende rebajar la confianza excesiva en la novedad del presente. "Prácticamente todos los errores que estamos cometiendo los hombres y las mujeres, el ser humano del momento presente, ya se han cometido anteriormente", sostiene. Estudiar historia serviría, precisamente, para "abandonar nuestra prepotencia" y descubrir que buena parte de los errores contemporáneos tienen precedentes. La sociología permite observar la sociedad con herramientas sistemáticas; la historia recuerda que las sociedades ya han atravesado antes situaciones que hoy pueden parecer completamente nuevas.

Esa combinación resulta especialmente importante porque la sociedad contemporánea es, al mismo tiempo, más compleja, más cambiante y más fragmentada. Michavila compara el mundo actual con el de generaciones anteriores para explicar hasta qué punto han aumentado las posibilidades y, con ellas, también las exigencias. Sus antepasados vivían en entornos mucho más cerrados, se relacionaban con círculos más reducidos y homogéneos, desempeñaban pocos roles a lo largo de su vida y, habitualmente, trabajaban siempre en lo mismo. Hoy, en cambio, una persona puede pertenecer simultáneamente a ámbitos culturales diferentes, viajar, hablar varios idiomas, acceder a una cantidad extraordinaria de información y asumir funciones muy distintas. Pone como ejemplo a una mujer joven que puede ser profesional, pertenecer a una asociación, practicar deporte, cuidar de sus padres, tener hijos y ejercer además como presidenta de la asociación de padres. La vida contemporánea multiplica las opciones, pero también los compromisos.

Ahí sitúa Michavila una de las tensiones características de la sociedad actual. Recupera el concepto del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, "la sociedad del cansancio", para describir un mundo en el que la presión ya no procede solamente de las condiciones materiales inmediatas, sino también de una exigencia mental permanente. En su formulación, las enfermedades de la sociedad actual ya no son fundamentalmente los virus, que considera más contenidos, sino "enfermedades mentales, de exigencia mental permanente". Es una forma de señalar que el progreso material y tecnológico no elimina automáticamente el malestar humano. Una sociedad puede ampliar de manera extraordinaria sus oportunidades y, simultáneamente, experimentar soledad, agotamiento o dificultades vinculadas a la presión constante.

Para Michavila, sin embargo, esa complejidad no significa que la sociedad sea necesariamente más difícil de conocer. Su conclusión es casi paradójica: "¿Es una sociedad muy compleja? Sí. ¿Es una sociedad muy cambiante? Sí. ¿Es una sociedad muy fragmentada? Sí. Entonces, ¿es más difícil conocerla? No". La razón está en las herramientas disponibles. Las encuestas, los grupos de discusión, las entrevistas en profundidad y las distintas técnicas cuantitativas y cualitativas de investigación social tienen, recuerda, apenas alrededor de un siglo de desarrollo. En la historia humana, "eso no es nada". Y la revolución digital ha multiplicado todavía más la capacidad de observar comportamientos, contrastar hipótesis y reunir información.

La transformación puede apreciarse incluso en el trabajo cotidiano de la investigación. Michavila explica que en GAD3 se estaban cerrando proyectos con doce grupos de discusión en distintas ciudades españolas y que las transcripciones podían estar disponibles prácticamente al terminar las sesiones, mientras las herramientas de inteligencia artificial permitían adelantar una parte importante del análisis. Lo que antes exigía desplazamientos, transcripciones y traducciones se puede hacer ahora con una rapidez muy distinta. Del mismo modo, una encuesta sobre el uso del dinero en efectivo en nueve países europeos podía plantearse y ejecutarse con unos costes y unos tiempos que anteriormente habrían hecho mucho más difícil abordar un proyecto de esa dimensión.

La cantidad de información disponible tampoco tiene precedentes. Hay rastros de comportamiento en las compras, en las audiencias televisivas, en las búsquedas de internet, en registros médicos anonimizados, en las solicitudes de matrícula universitaria o incluso en el momento en que una persona decide comprar algo. Para el analista, ese volumen de información abre posibilidades enormes, pero introduce una exigencia igualmente importante: saber interpretar lo que se mide. "El dato termina vengándose del ignorante", resume. La tecnología puede proporcionar cantidades gigantescas de información, pero un dato sin método, contexto o conocimiento puede conducir a conclusiones equivocadas con una apariencia de precisión mucho mayor que la de una simple intuición.

La historia que se repite en los conflictos

Es en los conflictos internacionales donde Michavila encuentra algunos de sus ejemplos más contundentes sobre la distancia entre información disponible y decisiones adoptadas. Su argumento no consiste en que falten datos, sino en que quienes deciden pueden despreciar los conocimientos que tienen delante. Como ejemplo menciona la actuación de Donald Trump en el conflicto con Irán y el estrecho de Ormuz, que interpreta como la repetición de errores cometidos anteriormente por Estados Unidos cuando intentó provocar artificialmente cambios de régimen autoritario en Oriente. Su tesis es que los precedentes históricos estaban ahí, pero que conocerlos no garantiza que quienes toman las decisiones los tengan en cuenta.

El otro ejemplo que utiliza es la invasión rusa de Ucrania en 2022. Michavila alude a la planificación del Estado Mayor ruso y a la imagen de unas tropas que habrían sido enviadas con raciones para cinco días y con uniformes de campaña previstos para desfilar después de esa primera fase. La escena le sirve para ilustrar un tipo de error que aparece cuando la planificación se construye sobre una expectativa equivocada acerca de cómo se comportará la realidad.

Vietnam ocupa un lugar todavía más importante en su razonamiento. Michavila recuerda la trayectoria de Robert McNamara y de los especialistas en estadística que habían contribuido a modernizar la logística militar estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Aquellos expertos fueron después incorporados a grandes empresas y algunos participaron en la estrategia estadounidense en Vietnam. Años más tarde, McNamara revisó en sus memorias los errores cometidos y formuló una serie de enseñanzas. Para Michavila, algunas de ellas siguen teniendo vigencia: despreciar la cultura local, actuar desde la prepotencia o pensar que todo puede solucionarse mediante dinero y tecnología. "Eso era en los años 60, eso es ahora y eso será dentro de dos siglos", plantea.

La lección se extiende también a Irak y a la confianza excesiva en la tecnología. En la conversación, Michavila relaciona aquellos errores con una tendencia recurrente a creer que una superioridad tecnológica permite resolver problemas que son, en último término, humanos y sociales. La digitalización no elimina la necesidad de comprender los territorios, las culturas o las personas. Tampoco convierte un problema político en un problema puramente técnico. La tecnología puede aumentar la capacidad de actuar, pero no sustituye el conocimiento de aquello sobre lo que se actúa.

Por eso, la perspectiva histórica adquiere una utilidad práctica. No sirve únicamente para reconstruir el pasado, sino para detectar patrones. El presente puede presentar armas nuevas, redes nuevas, sistemas de información nuevos y sociedades mucho más móviles, pero determinadas dificultades —la arrogancia, el desconocimiento de la cultura local, la confianza excesiva en la tecnología o la incapacidad para escuchar a quienes conocen el terreno— reaparecen con otros nombres. La historia, en esa lectura, funciona como una forma de limitar la ilusión de que cada generación ha descubierto por primera vez los problemas del mundo.

De la imprenta a la era digital

La inteligencia artificial aparece en este recorrido como la gran transformación tecnológica del presente. Michavila la sitúa, por su capacidad de impacto, inmediatamente después de la imprenta. Su argumento histórico es que la imprenta no fue simplemente una nueva herramienta para producir libros: contribuyó a transformar la estructura intelectual y social de Europa al favorecer la alfabetización, la circulación del conocimiento científico y el desarrollo tecnológico. En su interpretación, aquella era escrita habría llegado a su final y estaríamos entrando plenamente en una "época digital".

La comparación con la imprenta le sirve también para plantear cómo reaccionar ante una innovación que altera las estructuras existentes. Michavila recuerda el caso del Imperio Otomano y la prohibición de las imprentas para advertir de que intentar detener una tecnología por decreto no significa necesariamente impedir su desarrollo. Desde su perspectiva, la inteligencia artificial seguirá avanzando y el debate no debería reducirse a prohibir centros de datos o sistemas de IA. Si quienes quieren utilizar la tecnología con criterios de control y responsabilidad renuncian a aprender a manejarla, sostiene, acabarán afrontando sus consecuencias sin disponer de las mismas herramientas.

Eso no significa, en su planteamiento, aceptar cualquier uso de la inteligencia artificial. Al contrario: introduce expresamente la necesidad de "contención". La compara con la energía nuclear o con la biotecnología, campos en los que la posibilidad técnica no equivale automáticamente a conveniencia. "Tenemos que legislar, tenemos que contener", afirma, junto con una tercera condición: "nos tenemos que formar en ella". El reto no sería únicamente desarrollar la tecnología, sino construir las reglas, los conocimientos y las capacidades sociales necesarias para convivir con ella.

En ese punto aparece una cuestión que considera decisiva: la diferencia entre acumular datos y comprenderlos. Michavila cuenta que trabaja con jóvenes capaces de programar con enorme rapidez y de construir desarrollos que manejan cantidades ingentes de información. Pero plantea una pregunta elemental: "¿esto de dónde viene?". Para él, el método científico exige poder recorrer el camino completo que conduce hasta una cifra o una conclusión. El problema no es la velocidad de cálculo, sino la posibilidad de saber por qué se ha llegado a un resultado y qué significa realmente.

La metáfora que utiliza es deliberadamente contundente. Una herramienta digital puede analizar comportamientos en redes sociales, decisiones de compra o intención de voto, pero trasladar sin más esa lógica a un ámbito como el lanzamiento de un cohete o la construcción de un puente sería otra cosa. "Lo estrellamos seguro", plantea. La diferencia está en que determinadas decisiones requieren no solo correlaciones y capacidad de procesamiento, sino conocimiento profundo de los fenómenos sobre los que se está actuando.

De ahí que, cuanto más poderosa sea la tecnología, más importante resulte para él el conocimiento humanístico. El dato no habla por sí mismo. Necesita una pregunta, un método y una interpretación. La inteligencia artificial puede ampliar de forma extraordinaria la capacidad para encontrar patrones, pero no elimina la necesidad de saber qué pregunta hacer, qué variables son relevantes, qué relación puede establecerse entre ellas y qué significado social tiene el resultado. La digitalización no reduce la importancia de las humanidades; en su lectura, la aumenta.

La propia sociedad digital ofrece ejemplos cotidianos de esa velocidad. Michavila menciona fenómenos de consumo impulsados por las redes: un influencer puede recomendar un producto y desencadenar en poco tiempo una demanda masiva. Alude a episodios relacionados con Mercadona y a la popularización repentina de determinados productos, como la burrata, para explicar cómo una tendencia puede extenderse a gran velocidad mientras las empresas necesitan decidir si están ante una moda pasajera o ante un cambio de comportamiento estable. El proveedor, en su ejemplo, puede optar por esperar un mes antes de aumentar la producción porque no puede transformar toda su estructura industrial cada vez que una tendencia aparece en internet.

La misma lógica se aplica a la movilidad y a los fenómenos migratorios. Los teléfonos móviles y las redes sociales permiten que una información circule con una velocidad desconocida en épocas anteriores y hacen visible un fenómeno que, sin esas herramientas, podría haberse desarrollado de otra manera. Michavila menciona la entrada masiva de personas en Ceuta como un ejemplo de acontecimiento cuya dimensión y difusión no pueden entenderse al margen de los dispositivos móviles y las redes.

La era digital tampoco es una era etérea. Detrás de la nube hay infraestructuras, energía, agua, centros de datos y materiales. La digitalización puede parecer inmaterial porque buena parte de sus procesos ocurren en pantallas, pero depende de una infraestructura física. Esta consideración enlaza con una de las ideas centrales del análisis de Michavila: la realidad material continúa existiendo aunque los discursos y las representaciones sociales parezcan alejarse de ella. La tecnología transforma el mundo, pero no elimina sus condiciones físicas.

Una sociedad transformada por la tecnología

La interpretación de Michavila sobre el cambio social parte de una idea que se distancia de las explicaciones exclusivamente ideológicas del progreso. A su juicio, la humanidad vive actualmente su mejor momento si se observan variables medibles como la educación, la mortalidad, la violencia, la libertad, las oportunidades o el acceso a la información. Eso no significa que las personas sean necesariamente más felices. La mejora material convive con soledad, depresiones o agotamiento laboral.

La distinción es importante porque permite separar dos preguntas diferentes: cómo vive una sociedad y cómo se siente una persona dentro de ella. Michavila sostiene que, si se comparan las condiciones objetivas de vida a lo largo del tiempo, el avance es extraordinario. Nunca había existido una población tan amplia con acceso a la alfabetización y capacidad para decidir sobre su propia vida. Y atribuye buena parte de esa transformación a la tecnología. Su formulación es deliberadamente provocadora: "quien más ha ayudado a mejorar nuestra vida no ha sido ninguna ideología. Ninguna. Han sido las ingenieras y los ingenieros".

La revolución tecnológica, sin embargo, también ha alterado la consideración social del trabajo. En la sociedad postindustrial y digital, observa, determinados trabajos manuales esenciales han perdido reconocimiento. Un camionero, un trabajador de una fábrica o una persona que repara un ascensor pueden necesitar años de experiencia y desarrollar tareas imprescindibles para el funcionamiento cotidiano, mientras determinados trabajos de oficina asociados a títulos universitarios reciben mayor reconocimiento social y económico. Michavila contrapone el prestigio concedido a la formación universitaria con el valor práctico de unos conocimientos técnicos que pueden haber pasado de generación en generación.

La paradoja se hace todavía más evidente cuando describe a una generación universitaria que puede terminar realizando, desde un despacho, cálculos relacionados con camiones, ascensores o procesos que sus padres o abuelos ejecutaban directamente. La sociedad, sostiene, ha cambiado la jerarquía simbólica entre trabajos, aunque siga necesitando de manera imperiosa muchos de aquellos oficios. La inteligencia artificial añade una nueva capa a esa transformación porque puede automatizar una parte de tareas que hasta hace poco justificaban precisamente determinados perfiles profesionales.

Ese desplazamiento tiene también una dimensión política. Michavila observa una distancia creciente entre determinadas élites políticas y los espacios sociales de los que tradicionalmente procedían algunas de sus representaciones. Señala, como ejemplo, la pérdida de presencia de sindicalistas y trabajadores de fábrica en determinados partidos occidentales de izquierda y el peso creciente de funcionarios, profesores o profesionales que comenzaron muy jóvenes su carrera política. En su interpretación, el problema aparece cuando la vida política se desarrolla dentro de círculos cada vez más cerrados y los representantes terminan dependiendo más de asesores próximos ideológicamente que de expertos en los problemas concretos que deben gestionar.

La cuestión no sería, por tanto, únicamente quién gobierna, sino quién ayuda a gobernar y desde qué conocimiento. Un asesor puede pertenecer al mismo espacio político que el dirigente y compartir sus marcos de interpretación, pero eso no garantiza que conozca mejor una cuestión determinada. Michavila lleva el argumento a terrenos tan diferentes como las armas nucleares, el estrecho de Ormuz o los movimientos migratorios en Ceuta y Melilla. En todos ellos, la especialización exige conocimientos que no necesariamente coinciden con la afinidad política.

Opinión pública, medios y burbujas

Esa distancia entre realidad, percepción y relato es también el terreno donde se mueve la opinión pública. Michavila insiste en que los medios de comunicación y la comunicación política tienen capacidad para influir sobre la agenda, pero no pueden transformar los valores de una sociedad de un día para otro. La diferencia entre ambas cosas resulta fundamental: una campaña puede conseguir que un asunto ocupe el centro de la conversación sin que ello implique que haya cambiado de manera profunda la estructura de valores de quienes escuchan esa conversación.

El ejemplo que utiliza es la bandera española. Durante determinados acontecimientos deportivos, observa, la bandera puede aparecer de forma masiva y ser utilizada por personas situadas en posiciones políticas muy diferentes. El significado cambia porque el contexto cambia: aquello que puede asociarse a una determinada identidad política en un momento se convierte en un símbolo compartido cuando adquiere un significado deportivo. Para Michavila, el valor no ha nacido de repente; estaba latente y un acontecimiento concreto ha permitido que se exprese.

Los medios sí tienen, en cambio, una gran capacidad para establecer de qué se habla. Michavila recurre al concepto de "agenda setting": los actores políticos pueden intentar que determinados temas ocupen el espacio central de la conversación porque saben que las prioridades con las que los ciudadanos evalúan la realidad también dependen de los asuntos que tienen delante. En su explicación de la evolución electoral de Vox, por ejemplo, relaciona su comportamiento en las encuestas con el protagonismo coyuntural de la inmigración y la seguridad, particularmente en relación con Ceuta.

Los valores, sin embargo, tienen una mayor estabilidad. Para Michavila, para que un valor cambie hace falta un acontecimiento de gran potencia. La invasión de Ucrania constituye para él un ejemplo especialmente claro. Menciona el caso de Suecia, donde una tradición de neutralidad profundamente asentada habría convivido durante décadas con una opinión pública contraria a la entrada en la OTAN, hasta que la invasión rusa de Ucrania alteró de manera rápida ese escenario. En España observa un fenómeno paralelo en la relación de los jóvenes con el Ejército. El especialista señala que no hay valores potentes que se estén modificando en nuestro país de forma contundente, salvo, señala, el relacionado con el feminismo entre los varones que además están desarrollándose en una contracultura de acción-reacción.

Utiliza también el debate sobre la energía nuclear para explicar cómo un acontecimiento puede modificar temporalmente las opiniones públicas. Fukushima habría tenido, sostiene, un efecto importante sobre la percepción de la energía nuclear, mientras que el debate político posterior habría contribuido a acelerar determinadas decisiones. El mecanismo que describe es siempre parecido: los acontecimientos extraordinarios pueden alterar las prioridades y modificar valores o posiciones que permanecían en segundo plano.

En paralelo, las redes sociales han introducido una nueva forma de fragmentación. Michavila distingue entre la polarización de las élites y la experiencia cotidiana del ciudadano medio. Sostiene que la élite política está "polarizada artificialmente", mientras que las redes generan en la población, y especialmente entre los jóvenes, "burbujas" de afinidad. Las personas pueden relacionarse cada vez más con quienes comparten determinadas preferencias, intereses o identidades. Esa tendencia puede reducir el contacto cotidiano con quienes piensan de manera diferente, aunque no implique necesariamente que la sociedad esté permanentemente enfrentada.

Para ilustrar esa diferencia entre polarización política y comportamiento social, recurre a las situaciones de crisis. Un apagón o una catástrofe como una DANA pueden provocar que personas con posiciones políticas muy distintas colaboren inmediatamente. También menciona un estudio realizado en Colombia con más de 30.000 personas vinculadas a mesas electorales para analizar el proceso democrático. La imagen que emerge de su explicación es la de una sociedad que, pese a las discusiones políticas y las burbujas digitales, conserva mecanismos de cooperación cuando las circunstancias lo exigen.

La referencia a Nueva York durante los apagones de los años setenta le sirve para introducir una comparación: la conducta colectiva en una situación de crisis depende también del grado de pacificación y confianza existente en una sociedad. El comportamiento que se produce durante una emergencia no puede deducirse únicamente de las posiciones políticas que aparecen en las redes o de la intensidad de los enfrentamientos mediáticos.

La vivienda y la distancia con la realidad material

Entre todos los problemas que identifica para España, Michavila sitúa el acceso a la vivienda en un lugar especialmente destacado. Su argumento vuelve a la relación entre condiciones materiales y decisiones políticas. Considera que el problema de la vivienda no debería abordarse únicamente desde esquemas teóricos o desde categorías abstractas, porque la disponibilidad de suelo y la construcción forman parte de una ecuación material que termina afectando directamente a los precios.

Su razonamiento parte de una comparación: si una sociedad tuviera una carencia grave de agua, la necesidad obligaría a buscar nuevas fuentes y aumentar la disponibilidad. En el caso de la vivienda, sostiene que la situación es diferente según el territorio —menciona expresamente las limitaciones de lugares como Melilla, Ceuta, Barcelona o los archipiélagos—, pero considera que en buena parte de la península existe suelo edificable suficiente. Como referencia, menciona los casos de Canadá y Australia, que, sostiene, habrían vuelto a impulsar la construcción y conseguido reducir los precios.

Aquí aparece de nuevo su concepto de "venganza de la realidad". Critica los discursos que, a su juicio, pueden terminar desconectándose de las condiciones materiales. Utiliza una comparación: si se concluye que no hay que construir porque existe la posibilidad de que alguien se beneficie económicamente de la construcción a través de la especulación, sería como "cerrar la panadería porque hay gente que se está forrando". Su argumento es que la existencia de un beneficio privado no elimina necesariamente la necesidad de producir un bien que la sociedad demanda.

La vivienda se convierte así en un ejemplo de una cuestión mucho más amplia: la distancia entre los problemas que las personas experimentan directamente y los marcos desde los que se intenta explicarlos. Cuando esa distancia crece demasiado, el discurso puede perder capacidad para describir lo que está ocurriendo. Y cuando la experiencia cotidiana contradice de manera persistente una explicación, la realidad acaba imponiéndose.

Medir la sociedad

La demoscopia ocupa un lugar central en ese esfuerzo por conocer la realidad. Para Michavila, las encuestas no son la realidad misma, sino instrumentos de medición. Su utilidad depende de cómo se diseñan el cuestionario, la muestra y el procedimiento. La cuestión metodológica resulta especialmente relevante porque introducir determinadas preguntas puede modificar incluso la disposición de las personas a responder. En su crítica al CIS, sostiene que incorporar sistemáticamente preguntas de voto en estudios que anteriormente estaban dedicados a otras materias puede introducir un sesgo desde el propio momento de la entrevista.

Su argumento se basa en que si una persona recibe una llamada para responder sobre servicios públicos o cuestiones fiscales y descubre que también va a ser preguntada por su voto, algunas personas pueden negarse a participar. El problema no estaría entonces solamente en las respuestas obtenidas, sino en quién deja de formar parte de la muestra. Para Michavila, la metodología comienza antes de formular la primera pregunta y afecta a toda la cadena de investigación.

Su crítica al CIS es especialmente dura y forma parte de su interpretación personal sobre la evolución de la institución. Recuerda una etapa en la que el organismo desarrollaba numerosos estudios y barómetros sobre defensa, inmigración, violencia de género o vivienda, además de sus investigaciones electorales. Según explica, aquella actividad convertía al CIS en una referencia compartida por investigadores de diferentes sensibilidades, "una casa para todos". Contrapone ese modelo al funcionamiento que atribuye a la etapa de José Félix Tezanos, al que cuestiona por su relación política y por la forma en que, a su juicio, se habría orientado el organismo.

El asunto de fondo vuelve a ser la independencia del instrumento de medición. Michavila sostiene que un investigador necesita diversidad interna precisamente para poder conocer una sociedad plural. En su empresa, explica, procura contar con personas de sensibilidades diferentes porque una plantilla compuesta por personas que piensan igual —utiliza el ejemplo de que todos fueran taurinos, antitaurinos, veganos o carnívoros— tendría dificultades para interpretar una sociedad que contiene todas esas posiciones.

Su argumento sobre el CIS se extiende a la pérdida de series históricas. Si una pregunta se formula durante décadas de una manera estable, los investigadores pueden observar cómo cambia una determinada preocupación social. Si esa continuidad desaparece, también se dificulta la comparación. Michavila pone como ejemplo la corrupción y sostiene que él mismo había publicado análisis sobre cómo esa cuestión había tenido consecuencias para el Partido Popular en años anteriores. Desde su perspectiva, si se deja de medir una variable de forma continuada, se pierde una parte de la capacidad para entender su evolución.

Aquí adquiere todo su sentido la expresión que da título a su reflexión. La "venganza de la realidad" no consiste únicamente en que un hecho termine desmintiendo un discurso. También puede manifestarse a través de los datos. Si se manipula una encuesta pensando que con ello se modifica la realidad, sostiene Michavila, el error consiste en confundir la representación con aquello que representa. "Al final siempre la realidad se termina vengando del manipulador", afirma.

El mapa político ante las próximas elecciones

La misma precaución metodológica atraviesa su lectura del escenario electoral. Michavila diferencia entre lo que muestran los datos disponibles en un momento determinado y lo que finalmente ocurre en unas elecciones. Las encuestas son fotografías tomadas en un contexto concreto; los acontecimientos posteriores pueden cambiar las prioridades, movilizar a determinados grupos o modificar la participación.

Para las elecciones municipales y autonómicas, Michavila plantea un escenario que describe como "bastante continuista". A su juicio, la intensidad del debate político no se traduciría necesariamente en una transformación completa de los bloques. No esperaba entonces el hundimiento total de un partido ni la irrupción súbita de una nueva fuerza comparable a Podemos, Ciudadanos o Vox en sus respectivos momentos de aparición. También contemplaba una participación elevada y describía su lectura del momento como un desplazamiento "un poquito más de derecha", pero inmediatamente añadía: "Pero no una revolución".

En las elecciones generales introducía una variable adicional: el momento de la convocatoria. Michavila no daba por segura una celebración en marzo y consideraba que el calendario electoral podía modificar las circunstancias políticas. También descartaba la concentración de las distintas elecciones en un "superdomingo". Su razonamiento partía de que unas elecciones municipales y autonómicas previas podían funcionar como una especie de tanteo político antes de las generales.

El análisis internacional aparece en ese tramo de la conversación como un elemento adicional, aunque Michavila considera que en España las cuestiones internacionales suelen tener menos peso electoral que en otras democracias. En Estados Unidos, en cambio, relaciona el escenario de las elecciones de medio mandato con la evolución de la inflación y el precio de la gasolina después de la intervención estadounidense en Irán. En Sudamérica observa un desplazamiento político desde una etapa de predominio de la izquierda hacia otra con mayor presencia de opciones de derecha y relaciona su interpretación con la preocupación por la inseguridad.

Más allá de las siglas y de los calendarios, su tesis sobre el comportamiento electoral vuelve a apoyarse en la estabilidad de los valores y en la capacidad de los acontecimientos para alterar las prioridades. Una sociedad no cambia de opinión en bloque cada vez que aparece una noticia. Puede cambiar qué problema considera más urgente, qué preocupación coloca en primer plano o qué experiencia interpreta como decisiva. Los medios pueden contribuir a fijar esa agenda; un acontecimiento extraordinario puede desplazarla; y las redes pueden fragmentar la conversación. Pero los valores profundos necesitan más tiempo y experiencias de mayor intensidad para transformarse.

La cuestión central, por tanto, no es si la sociedad ha dejado de ser comprensible, sino si quienes intentan dirigirla, representarla o interpretarla están utilizando adecuadamente las herramientas disponibles.  La "venganza de la realidad" aparece entonces como una advertencia sobre los límites de cualquier relato cuando se separa demasiado de las condiciones que pretende describir.

Tags: Narciso Michavila Núñez

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