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Naima Mohamed atesora en un libro las enseñanzas de los refranes imazighen

La autora reúne en 'Dichos y refranes Imazighen' 256 expresiones heredadas de la memoria familiar y popular para preservar una sabiduría oral que durante generaciones enseñó, corrigió y acompañó la vida cotidiana

por Alejandra Gutiérrez
12/06/2026 11:10 CEST
Naima Mohamed atesora en un libro las enseñanzas de los refranes imazighen

Salma Halifa y Naima Mohamed junto a su libro 'Dichos y refranes imazighen'. -Cedida por la escritora-


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Naima Mohamed ha querido detener en el papel una parte de la memoria oral amazighe que durante generaciones se transmitió en las casas, en las conversaciones familiares y en la vida cotidiana. Su libro, Dichos y refranes Imazighen, presentado la pasada semana en la Feria del Libro de Melilla junto a otros autores melillenses, reúne 256 refranes en amazighe y los acompaña de su traducción literal al castellano, una explicación de su significado y una correspondencia con el refranero español cuando existe una idea similar.

La obra nace de una preocupación muy concreta: que esas expresiones, que durante años sirvieron para educar, advertir, corregir o aconsejar, acaben desapareciendo con las generaciones que las mantuvieron vivas. No se trata únicamente de una recopilación lingüística, sino de una forma de preservar una sabiduría popular, la historia social adscrita a un refranero, que durante mucho tiempo no necesitó libros para circular, porque vivía en la voz de los mayores y en la escucha de quienes crecían a su alrededor que reconocían los mensajes e incorporaban a su forma de comunicarse.

Ese riesgo de pérdida se acentúa en una sociedad cada vez más marcada por la inmediatez. La autora observa cómo la modernidad ha modificado los tiempos de la conversación, la forma de aprender valores y hasta la manera de relacionarse con la memoria. Antes, los refranes obligaban a detenerse, a pensar lo que querían decir, a descifrar una enseñanza escondida. Ahora, en cambio, el teléfono móvil, las pantallas y la rapidez con la que se consume la información han reducido muchos de esos espacios de escucha pausada en los que la palabra tenía un lugar central.

Mohamed se acerca a este trabajo desde una relación íntima con la lengua y con la memoria familiar. Los idiomas y la investigación lingüística han sido siempre una pasión para ella. El amazighe forma parte de su historia personal, aunque su llegada a la lengua estuvo marcada por su propia biografía. En su infancia, aunque sus padres hablaban amazighe, su primera lengua aprendida fue el árabe, pero más adelante comenzó a hablar amazighe con facilidad, impulsada también por el deseo de comunicarse al mismo nivel que sus primas, que lo hablaban perfectamente. Aquel aprendizaje, nacido de la necesidad y de la convivencia, terminó convirtiéndose en un vínculo profundo con la lengua.

Los refranes, sin embargo, estuvieron presentes desde mucho antes como una música cotidiana. En su casa, en su entorno familiar, se hablaba con refranes. Los usaban sus abuelos, sus tíos, sus padres y, de manera muy especial, su madre. No aparecían como adornos del lenguaje ni como frases antiguas reservadas para ocasiones concretas. Formaban parte de una manera de educar en el día a día. Servían para regañar, para enseñar, para avisar de un peligro, para transmitir prudencia o para explicar una conducta. En ese uso diario estaba también la fuerza de la tradición oral: los refranes se escuchaban, se repetían y se comprendían dentro de un contexto compartido.

La autora sostiene que esa forma de transmisión se ha debilitado con el paso del tiempo. Para ella, una lengua no muere solo porque se deje de hablar, sino porque se deja de oír. Esa idea atraviesa todo el proyecto. Mohamed comenzó a sentir hace unos cinco años que era necesario recopilar aquellos refranes que habían acompañado su vida. La decisión de sentarse a escribir llegó hace dos años, cuando esa inquietud empezó a tomar forma concreta. La pérdida de personas mayores, la edad avanzada de otras, las enfermedades y la conciencia de que muchas expresiones podían desaparecer sin haber quedado registradas la empujaron a iniciar un trabajo que mezcla investigación, memoria y responsabilidad cultural.

En ese contraste entre el pasado y el presente aparece también una reflexión sobre los cambios sociales. La vida actual, más acelerada y dependiente de lo inmediato, deja menos espacio para la conversación larga, para la repetición oral y para esa forma de aprendizaje que no llegaba escrita en una pantalla, sino envuelta en una frase breve pronunciada por una madre, un abuelo o una vecina. Los refranes exigían atención y memoria. Había que escucharlos, entenderlos y, muchas veces, volver sobre ellos para comprender plenamente su sentido. Esa gimnasia de la interpretación, que formaba parte de la educación cotidiana, se ha ido debilitando a medida que todo parece estar disponible de manera rápida y directa.

El proceso de creación fue paciente y doméstico. La autora llegó a tener bolígrafos y folios repartidos por distintos rincones de la casa: en el salón, en la cocina, en el dormitorio o en el pasillo. Cada vez que un refrán aparecía en su memoria, lo anotaba de inmediato para que no se perdiera. Esa imagen resume bien el carácter del libro, pues no nace de una recopilación fría, sino de una escucha acumulada durante años y de una memoria que se activa en cualquier momento del día. Algunos refranes proceden de su propio recuerdo; otros llegaron a través de su madre, que fue una fuente fundamental; y otros fueron aportados por amigas que conservaban dichos de distintas zonas.

La figura de su madre ocupa un lugar especialmente significativo en esta obra. Fue una fuente esencial tanto en la memoria personal de la autora como en la recopilación directa de muchos dichos. Al percibir que esa fuente viva podía apagarse, Mohamed sintió con más urgencia la necesidad de escribir. El libro conserva expresiones, pero también conserva memoria colectiva, historia y voces: las de las personas mayores que las dijeron, las repitieron y las usaron como parte de una pedagogía cotidiana.

Esa dimensión colectiva es una de las claves de Dichos y refranes Imazighen. Mohamed no presenta los refranes como piezas aisladas, sino como fragmentos de una vida social. En ellos aparecen referencias al mundo rural, a la agricultura, al pastoreo, a la ganadería, a la artesanía o a la organización tradicional de las comunidades. Muchos de esos elementos pertenecen a formas de vida que ya no son las habituales, que lo fueron siglos atrás, pero siguen funcionando como símbolos. La autora subraya que no hay que leerlos solo de manera literal, porque detrás de cada imagen hay una enseñanza aplicable a otros ámbitos.

Uno de los ejemplos que recoge es el refrán “Aṯ bab n taffa ṭsən, iɣardayən tmənɣan”. Su traducción literal es: “Los dueños del granero duermen, los ratones se disputan”. La imagen contrapone el silencio de quienes realmente tienen legitimidad sobre una situación con el ruido de quienes no la tienen. Los dueños del granero, que serían los verdaderos afectados, permanecen tranquilos, mientras los ratones se pelean por algo que no les pertenece. Mohamed lo relaciona con un refrán en castellano: “Mientras el interesado calla, los sapos cantan”. El ejemplo muestra cómo una escena rural puede trasladarse a contextos actuales y describir actitudes humanas reconocibles.

Para la autora, cada refrán encierra una historia particular. Algunos transmiten valores como la paciencia, la solidaridad o el esfuerzo. Otros advierten contra errores o comportamientos imprudentes. Muchos se apoyan en experiencias observadas y repetidas a lo largo del tiempo. De ahí que Mohamed los entienda como una forma de sabiduría empírica, construida por generaciones que aprendían de lo vivido y lo convertían en lenguaje. Esa capacidad de sintetizar una enseñanza en pocas palabras es, precisamente, lo que convierte al refranero en una herramienta educativa poderosa.

La modernidad no elimina necesariamente el valor de esos refranes, pero sí cambia las condiciones en las que pueden seguir vivos. Si antes se transmitían alrededor de la familia, en el trabajo del campo, en la convivencia diaria o en las conversaciones entre generaciones, ahora necesitan encontrar nuevas vías para no quedar relegados al recuerdo o al olvido. En ese sentido, el libro actúa como un puente que recoge el legado oral y lo traslada al soporte escrito para que pueda ser leída, consultada y compartida por quienes ya no han crecido escuchándola.

La publicación también establece un diálogo con el refranero español. La autora, al traducir y explicar cada dicho, buscó en muchos casos una equivalencia en castellano que compartiera connotaciones similares. Ese ejercicio permite comprobar que las culturas populares, aunque pertenezcan a lenguas y geografías distintas, suelen compartir preocupaciones comunes. La necesidad de hacer el bien, de no dejarse engañar, de actuar con prudencia, de respetar a los demás o de aprender de la experiencia aparece en tradiciones diferentes. Los refranes, en ese sentido, conectan mundos que a veces se perciben como separados.

La obra tiene además una clara vocación lingüística. Mohamed defiende la importancia de nombrar correctamente la lengua que se habla en Melilla y su entorno. Reivindica el amazighe y se detiene en la variante rifeña, señalando que existen muchas variantes en el norte de África y que no todas deben confundirse entre sí. Para ella, esa precisión no es un detalle menor, sino una forma de respeto hacia la lengua y hacia la cultura que la sostiene.

La autora insiste en que el amazighe no debe considerarse una lengua menor ni asociarse a una idea de pobreza o falta de medios. Al contrario, lo define como una riqueza y un tesoro vivo que debe mantenerse. En su reflexión aparece una preocupación por las nuevas generaciones, especialmente por aquellos niños que ya no crecen escuchando amazighe en casa de manera habitual. Mohamed considera fundamental que la lengua se oiga desde la infancia, porque el oído se forma pronto y porque esa escucha facilita después el aprendizaje y la pronunciación.

En ese punto, Dichos y refranes Imazighen va más allá de la recopilación de un patrimonio oral. También plantea una llamada a la curiosidad. La autora quiere que la gente se interese por la lengua, que pregunte, que investigue y que entienda el valor de una cultura que ha resistido a lo largo del tiempo. Según su mirada, el amazighe y la cultura amazighe han sobrevivido pese a influencias externas, invasiones, colonizaciones y transformaciones históricas durante siglos. Esa permanencia se explica, en parte, por la fuerza de un pueblo que mantuvo su lengua y sus costumbres.

La presentación del libro en la Feria del Libro de Melilla permitió situar esta obra dentro del panorama cultural local y compartirla con los lectores de la ciudad. No es casual que un trabajo centrado en la memoria oral encuentre espacio en una cita dedicada al libro. La publicación convierte en texto escrito lo que durante mucho tiempo circuló de boca en boca. Esa transformación no elimina su origen oral, sino que lo protege y lo hace accesible a nuevas generaciones, tratando de trasladar los valores y la sabiduría popular que de los refranes se desprenden.

El tono del proyecto es cercano porque parte de la vida. Mohamed no habla de los refranes como piezas congeladas, sino como expresiones que han formado parte de la crianza, de la convivencia y de la manera de mirar el mundo. En ellos ve un mapa social de otra época y, al mismo tiempo, una herramienta que todavía puede dialogar con el presente. Por eso su libro no se limita a mirar atrás. También propone recuperar una forma de atención que hoy parece más difícil: escuchar, pensar el significado de las palabras y reconocer la experiencia acumulada en ellas.

Con Dichos y refranes Imazighen, Naima Mohamed rescata una biblioteca dispersa en la memoria de muchas personas. La autora reúne lo que estaba en riesgo de fragmentarse y lo organiza para que pueda seguir circulando. Su trabajo recuerda que una lengua vive cuando se habla, pero también cuando se escucha; que una cultura permanece cuando sus enseñanzas encuentran nuevas formas de transmisión; y que, incluso en una época dominada por la rapidez, un refrán breve todavía puede obligarnos a detenernos y pensar. Porque como sostiene Mohamed, cuando el canal se agrieta, el mensaje desaparece; por ello la pervivencia de los refraneros populares adquieren una dimensión especial, como fuente de la memoria colectiva, como uso de la lengua, como imaginario simbólico con el que preservar enseñanzas.

Tags: Dichos y refranes ImazighenNaima Mohamed

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