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ML-1: El día que Melilla encendió su primer motor

El primer vehículo que se matriculó en la ciudad fue un Jeffery con carrocería tipo torpedo, faros de latón reluciente y ocurrió el 7 de abril de 1917

por MAJ
28/10/2025 10:06 CET
Sociedad melillense

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En Melilla, la modernidad empezó a rugir un 7 de abril de 1917. Aquella jornada, un vehículo de marca Jeffery, con carrocería tipo torpedo y faros de latón reluciente, se convirtió en el primer automóvil matriculado en la ciudad. Llevaba grabada en negro sobre blanco una combinación que haría historia: ML-1. Su propietario, Juan Muñoz Orozco, fue el pionero que, sin saberlo, inauguró un nuevo tiempo: el de los motores, el ruido, la velocidad y el asombro colectivo.

Hasta entonces, Melilla vivía aún al ritmo de los carros, las mulas y los tranvías de tracción animal. El automóvil era un lujo lejano, una curiosidad que apenas se veía en los puertos peninsulares o en las fotografías de las revistas ilustradas. Pero el progreso —esa palabra tan repetida en los editoriales de la época— llegó también al norte de África. En 1917, el Gobierno instituyó las primeras pruebas de conducción y revisiones técnicas previas a la matriculación. La ciudad obtuvo su propio distintivo: las siglas ML, abreviatura de Melilla, que aparecerían en todas las placas hasta finales del siglo XX.

Aquel Jeffery torpedo del señor Muñoz Orozco no solo fue el primero: fue el símbolo tangible de una Melilla que se abría al mundo moderno, todavía envuelta en el ambiente colonial, con las avenidas recién trazadas y el puerto ampliándose para el comercio con la Península y Marruecos. Su paso por las calles de arena levantaba una nube de polvo y una cohorte de curiosos. Los niños corrían detrás del coche, los soldados giraban la cabeza al oír el claxon, y los cronistas locales anotaban el acontecimiento con un entusiasmo casi poético: “La máquina que anda sola”, tituló uno de ellos.

Durante los años veinte y treinta, la ciudad comenzó a poblarse de vehículos de importación, sobre todo Ford T, Buick, Studebaker y algunos Chevrolet traídos desde Málaga o Almería. En las fotografías de la época se distinguen estacionados junto a los cafés del centro o en la explanada del puerto, compartiendo espacio con carros de mulas y bicicletas. A medida que crecía el parque móvil, las matrículas ML iban ascendiendo: en vísperas de la Guerra Civil ya se había alcanzado el número ML-200.

La posguerra trajo escasez, combustible racionado y muy pocos coches nuevos. Pero en los años cincuenta y sesenta, con la recuperación económica, llegaron los Seat 600, los Renault Dauphine y los Citroën 2CV, que democratizaron el volante. Las carreteras se asfaltaron, los talleres mecánicos se multiplicaron y el coche dejó de ser un lujo para convertirse en parte del paisaje urbano. El símbolo ML, sin embargo, seguía evocando orgullo local: cada vehículo era un pequeño embajador de la ciudad más allá del Estrecho.

En 1981, el sistema provincial de matriculación se sustituyó por el formato unificado nacional (M-XXXX-ML) y, poco después, por el actual sistema alfanumérico. Las viejas placas ML-1, ML-2 y ML-3 quedaron entonces relegadas a los archivos históricos y a las vitrinas de algunos coleccionistas melillenses. La ML-1, según consta en varios registros, aún se conserva en manos privadas, oxidada pero legible, con los remaches originales y el testimonio de aquel amanecer mecánico.

Más que un simple registro administrativo, la historia de la primera matrícula melillense resume la transición de una ciudad fronteriza que aprendía a mirar hacia el futuro. El rugido de aquel Jeffery torpedo no fue solo el sonido de un motor: fue la música inaugural del siglo XX en Melilla. Un siglo después, ese número —ML-1— sigue siendo una metáfora precisa del momento en que la ciudad dejó atrás el polvo de los caminos y se subió, por primera vez, a la modernidad.

 

Tags: Noticias de Melilla

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