Vuelve el ciclo de Danzoria, esta vez recuperando la historia y el mestizaje del flamenco. -Cedida por Miguel Escutia-
El teatro, entendido como un espacio de encuentro entre lo que fuimos, lo que somos y lo que aún podemos llegar a ser, vuelve a reclamar su lugar en el calendario cultural con la llegada del Día Mundial del Teatro, que se celebra cada 27 de marzo. Más allá de la efeméride, la fecha se convierte en una invitación a detenerse y mirar hacia unas artes escénicas que, pese a su capacidad transformadora, siguen necesitando impulso, visibilidad y apoyo constante. Una realidad que se acentúa, especialmente, en disciplinas como la danza, cuya presencia en la programación cultural continúa siendo limitada.
Desde Melilla, el director de Mirrolde Teatro, Miguel Escutia, observa esta jornada con una mezcla de celebración y reivindicación. El teatro, explica, vive un momento de cierta recuperación, impulsado por el redescubrimiento del valor de lo directo frente a la pantalla. Sin embargo, ese avance convive con dificultades persistentes, como la escasa programación de determinadas disciplinas o la necesidad de seguir atrayendo público a las salas. En ese contexto, días como este adquieren un sentido más profundo: el de recordar que el arte escénico no solo debe celebrarse, sino también sostenerse.
Para Escutia, el teatro trasciende cualquier definición convencional. No se trata únicamente de un oficio o una disciplina artística, sino de una necesidad íntima, casi fisiológica. “Para mí el teatro es fundamental para vivir… lo necesito para poder respirar”, señala, describiendo una relación que va más allá del escenario y que conecta con la capacidad del arte para activar zonas profundas del individuo. Una experiencia compartida, asegura, por muchos de los que forman parte del tejido escénico local, donde el teatro actúa como motor colectivo y espacio de creación compartida.
En esa concepción del arte como experiencia, como eje cultural y no solo de entretenimiento, Escutia subraya que la danza continúa enfrentándose a mayores dificultades que el propio teatro, especialmente en lo relativo a su presencia en la programación cultural y su proyección dentro de los circuitos escénicos. Una situación que contrasta con el desarrollo más extendido del teatro y que evidencia la necesidad de seguir impulsando esta disciplina. En este contexto surge ‘Danzoria’, un ciclo que ha ido creciendo edición tras edición hasta consolidarse como una de las propuestas más singulares del panorama cultural melillense. Desde su nacimiento en 2022, el proyecto ha apostado por un lenguaje híbrido en el que la danza, la música y el teatro dialogan de forma constante, situando a la danza como núcleo vertebrador de la propuesta y motor de cada montaje, dotándola de un lugar central dentro de la creación escénica.
A lo largo de sus distintas ediciones, ‘Danzoria’ ha transitado por territorios diversos: desde un recorrido por la historia de la danza hasta los bailes populares de España, pasando por la relación entre pintura y movimiento o el vínculo entre literatura y coreografía. Ese camino compartido no solo ha ampliado los horizontes temáticos del ciclo, sino que también ha permitido a las tres entidades implicadas - Ballet Colores, Mirrolde Teatro y Zíngaros del Rif- consolidar herramientas de trabajo cada vez más desarrolladas, elevando progresivamente el nivel de exigencia entre las partes y reforzando la cohesión de sus propuestas escénicas.
Tras ese recorrido, el proyecto alcanza su quinta edición situando el foco en el flamenco. La propuesta, denominada este año 'Flamenco pa ti' e impulsada por Merche Hurtado —responsable de la dirección coreográfica—, continúa desarrollando esa dimensión pedagógica que ha caracterizado al ciclo desde sus inicios, pero lo hace adentrándose en un territorio especialmente ambicioso. Este "triángulo creativo" vuelve a confluir en una apuesta común por alejarse de lo conocido y explorar nuevas formas escénicas, donde el proceso creativo se abre a nuevas posibilidades.
El flamenco, eje de esta edición, se presenta como un territorio de exploración tanto artística como histórica. El espectáculo propone un recorrido por su genealogía mestiza, desvelando un entramado de influencias que van mucho más allá de una única raíz. A la tradición gitana se suman los campesinos andaluces, las huellas árabes y sefardíes, las aportaciones africanas o incluso las conexiones con otras danzas indias. Un proceso de mezcla continua que también incorpora la fusión con el jazz, ampliando aún más su horizonte expresivo. Un lenguaje en constante transformación que, como señala la propuesta, habla también del mestizaje social y cultural de siglos de historia. Esa mirada encuentra un reflejo directo en Melilla, una ciudad atravesada igualmente por el mestizaje cultural.
Sobre el escenario, esa complejidad se traduce en una propuesta que exige precisión y escucha constante. La danza —y el flamenco en esta ocasión— se revela como una disciplina de enorme exigencia técnica, en la que el cuerpo debe dialogar de forma permanente con la música en directo. El ritmo, lejos de ser estático, se transforma en función de la interpretación musical, obligando a bailarinas y músicos a coordinarse en tiempo real.
A esta exigencia se suma una producción que amplía sus recursos y complejidad. El espectáculo incorpora audios trabajados en estudio, ambientaciones sonoras, proyecciones visuales y la presencia de un “duende” que actúa como figura simbólica y vehículo narrativo desde lo corporal, sin necesidad de palabra. La estructura se aproxima así a una narrativa sensorial, cercana a una “película sonora”, en la que las distintas capas escénicas se entrelazan para construir una experiencia envolvente.
El montaje cuenta con la dirección general de Miguel Escutia, el texto de Sonia Rubiano, la dirección y adaptación musical de Mario Fernández y la dirección coreográfica de Merche Hurtado. Sobre el escenario, la propuesta reúne a alrededor de 25 bailarinas, músicos en directo y un elenco ampliado con artistas invitados como la cantaora Estefanía Saavedra, Yiya Carmona, Teresa Huici y Antonio, conocido como ‘el Niño Amaya’, cuya participación refuerza la dimensión musical y escénica del montaje.
‘Flamenco pa ti’ se representará los días 1 y 2 de mayo en el Teatro Kursaal, a las 20:30 horas. Una cita que no solo consolida la trayectoria del ciclo, sino que refleja también una forma de entender la creación escénica desde la inquietud y la necesidad de seguir explorando. Para Escutia, ese impulso es irrenunciable: salir de lo conocido, enfrentarse a la dificultad y asumir el riesgo forman parte de un proceso que mantiene viva la esencia del teatro. Porque, en última instancia, las artes escénicas no se limitan a representar, sino que interpelan, cuestionan y transforman. Y es precisamente en ese movimiento constante, en esa búsqueda de nuevas formas de expresión, donde encuentran su verdadera razón de ser.
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