Lo he intentado, pero en Melilla no he conseguido reponer el gas del aire acondicionado del coche. En un país donde en febrero de este año, la media de edad de los turismos ascendía a 14,5 años, el problema no es banal. Si a eso sumamos que este verano ha sido el sexto más caluroso y seco de la ciudad desde 1961, la cosa empieza a ponerse aún más fea.
Se equivoca quien crea que esto es algo que sólo le pasa a una clase media española, que desoye, por capricho, a la Dirección General de Tráfico cuando alerta de que conducir un vehículo de más de siete años duplica el riesgo de muerte. Cada vez estiramos más la vida útil de nuestro coche porque los precios están disparados. No sólo en los concesionarios. Todo está por las nubes.
Hace unos días, la Asociación de Empresarios Instaladores y Mantenedores de Melilla (Aseimme), integrada en la organización local que agrupa a la pymes, alertó de que no quedan reservas de gas refrigerante en la ciudad. Dicho así, parece que no pasa nada, pero si hoy sufriera una avería el aire acondicionado de la Ciudad Autónoma, el del Hospital Comarcal o el de cualquier otro edificio público, y esa rotura dependiera de reponer el gas, no habría cómo arreglarlo.
Según explican los representantes del sector, los barcos que hacen la ruta de pasajeros entre Melilla y la península, a través de los puertos de Málaga, Motril y Almería, han dejado de transportar gas refrigerante a Melilla. Los afectados no explican el motivo, ni las autoridades lo han dado de ‘motu proprio’, pero entiendo que debe haber al menos dos razones obvias: o se debe a que las restricciones medioambientales no lo permiten o a que ahí no hay negocio.
En cualquier caso, la logística de los suministros en Melilla, en ningún caso debería depender sólo de la iniciativa privada. Si mañana no hay negocio en el transporte de carne ¿nos hacemos vegetarianos o nos marchamos de esta ciudad?
Ya es difícil encontrar servicios esenciales en Melilla. Como mencionaba hace unos días en esta misma sección de opinión, nos faltan costureras, bordadoras, zapateros, tintorerías, locales de comida para llevar… En ocasiones tenemos serias dificultades para cambiar la bombona de butano y a eso, sumamos ahora, que las reservas de gas refrigerante se han agotado en la ciudad.
Es cierto que el cambio de gas se ha encarecido tanto en los últimos años que cuando tenemos en casa un aire acondicionado de esos que duran toda la vida y que entendemos que ya lo han dado todo por nuestro bienestar, sale más rentable comprar uno nuevo que reponer el gas. Pero eso es algo que deben hacer los consumidores por decisión propia, no porque se les imponga por necesidad. Para nuestro planeta sale mejor reponer el gas que sumar un nuevo aparato y reciclar el viejo.
En todo lo relativo al cuidado del medio ambiente somos inconsecuentes: se promueve desde las instituciones la instalación de la zona de bajas emisiones, no sólo en Melilla, sino en toda Europa, y a la vez tenemos una fábrica echando humos negros en el centro, a la que, además, no se le permite acceder a ayudas públicas de la Unión Europea para modernizarse.
Transportar mercancías hasta Melilla sale caro, pero somos España y estamos obligados a cuidar y proteger lo nuestro. No porque lo diga yo, sino porque es lo correcto y la Constitución española nos lo marca. De nada sirve el plus de residencia que hace más atractivo el salario de los funcionarios que deciden hacer carrera en nuestra ciudad, si cuando llegan aquí se encuentran con alquileres por las nubes, que dejan corto ese extra salarial; productos como la fruta y los embutidos están más caros que en la península aunque aquí no hay IVA, y servicios como la sanidad y la educación pública se mantienen acuciados por una precariedad que no ven en sus comunidades autónomas de origen muchos de los que llegan a Melilla. Y ahí es cuando, sobre todo los que tienen familia, deciden que vienen aquí sólo a trabajar y se marchan con los suyos cada fin de semana.
No logramos fidelizar a quienes nacieron en la península y trabajan en Melilla. La mayoría, al terminar su vida laboral, decide jubilarse en paz del otro lado del Mar de Alborán, donde han podido comprarse una casa a un precio ajustado a sus bolsillos.
Y esa es la pescadilla que se muerde la cola. Si la educación pública tiene profesionales sin estabilidad laboral, que rotan más que las manecillas del reloj; si la ratio de alumnos lleva décadas disparada porque no tenemos terrenos ni voluntad para construir nuevos colegios ni es fácil o viable reconvertir edificios abandonados en centros de enseñanza, entonces no nos debe extrañar, como insinuaba alguien hace poco, que el porcentaje de población amazigh que trabaja en el Ayuntamiento sea bajo.
Este argumento se puede perfectamente disfrazar de racismo y algún incauto lo creerá. Pero para nadie es un secreto que a la Administración se accede por oposición y es el mismo examen para todos. Ahí es donde radica, en mi opinión, el problema. No podemos competir en justa lid en unas oposiciones porque no recibimos la misma formación que está al alcance de la mayoría en otras comunidades.
La prueba de esto está en las colas y conflictos judiciales que hay en torno a la asignación de plazas en los colegios concertados de Melilla. Ese conflicto se ve con menor intensidad o no se ve en muchos puntos de la península, donde entrar en un concertado es un privilegio económico. Es algo así como pisar el primer escalón de la enseñanza en compañía de quienes tarde o temprano se convertirán en la élite empresarial y política de la ciudad. Y eso tiene un precio y se paga. No sale gratis formar parte de una élite que luchará con todo su dinero por conservar el mayor de los privilegios: el de no tener que emigrar. Hay gente que tiene la suerte de nacer y vivir en la misma ciudad y convivir con la misma gente; ejerciendo la profesión que en su día inició su tatarabuelo.
Lo que quiero decir es que es una realidad que la gente de aquí, salvo excepciones que confirman la regla, en general lo tiene difícil para aspirar a salir de un colegio público, formada con los mismos estándares de calidad que superan los alumnos de igual nivel al suyo en la península. Con aulas abarrotadas, casi siempre por encima de la ratio permitida por ley, es muy difícil que un maestro pueda estar al tanto del desánimo de quienes terminan abandonando la enseñanza y se incorporan al ejército de emigrantes que tienen que marchar a Alemania, lejos de la familia, de su ciudad, y de sus costumbres, a trabajar porque aquí la única oportunidad que hay para la mano de obra poco cualificada está en los Planes de Empleo.
Cuando hablamos de suministros y servicios, de lo que estamos hablando, en realidad, es de proteger la españolidad de Melilla. Las costumbres, la lengua, la religión, las tradiciones y la identidad no se imponen, se heredan.
El libro infantil 'Las visiones de Beya Bean Blue', ilustrado en su totalidad por el…
La presidenta de la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (Cepyme), Ángela de…
Melilla ha vivido este viernes, 17 de abril, un auténtico adelanto del verano. De esos…
La Ciudad Autónoma ha recibido en el mediodía de este viernes 17 de abril a…
La Ciudad Autónoma de Melilla acogerá este sábado 18 de abril de 2026 la duodécima…
El Melilla Ciudad del Deporte La Salle se desplaza este sábado hasta tierras castellano-leonesas para…