Melilla, como Ceuta, necesita que la Unión Europea sea sensible a su singular situación geopolítica y actúe en consecuencia. Alejada del continente por el Mar Mediterráneo, comparte frontera terrestre con un tercer país que, si bien es cierto que se necesita de su buena disposición, mantiene con la ciudad una relación que podría calificarse de "diplomacia hostil" que diría el almirante Garat, ya retirado. Y los hechos lo demuestran. Existe una aduana comercial que prácticamente no puede funcionar por las limitaciones que impone a la exportación desde aquí. Ello, sin perder de vista la negativa marroquí, reiterada y contumaz, a pactar un régimen de viajeros, que siempre ha existido entre los dos lados del paso fronterizo, pero que ahora forma parte de la estrategia de asfixia económica que Rabat tiene emprendida contra los melillenses.
Por eso, los caminos que le quedan a Melilla son tres: reinventarse sobre la base de un nuevo modelo productivo (de ahí los tres ejes: turismo, innovación tecnológica y universidad), inversiones y un plan de rescate planificado por el Estado español (no parece que esa opción vaya a funcionar, al menos por ahora) y que Europa colabore decididamente en su flanco sur con un reconocimiento formal y efectivo de las especiales circunstancias locales, dotando a la ciudad de un régimen especial de incentivos fiscales y económicos que dinamicen el desarrollo melillense, dándoles así a los jóvenes una oportunidad y un motivo para hacer aquí su proyecto de vida.
Dolors Montserrat, que hace unas semanas fue designada como la número 2 de todo el Partido Popular en Europa y destacada eurodiputada española, parece tenerlo claro: “Ceuta y Melilla no son solo la frontera sur de Europa. Son dos grandes ciudades que necesitan viabilidad económica, que necesitan dar un futuro a sus jóvenes (...) tenemos que buscar un estatus especial para las dos ciudades desde el Partido Popular Europeo y las instituciones europeas”. Ahora de lo que realmente se trata es de que se pase del dicho al hecho y sea efectivo ese discurso, que traiga bajo el brazo soluciones, ayudas y apoyo también porque no se trata tan solo del desarrollo económico, que es imprescindible, sino también de que la Unión Europea le deje claro al vecino del sur que con estas dos localidades españolas no se juega porque ambas están respaldadas por las instituciones en Bruselas, las mismas que tienen que negociar con él cuestiones que a Rabat le interesan muy mucho.
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