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Melilla empieza 2026 a medio gas con calles vacías y terrazas solitarias

Los melillenses han pasado las fiestas con reuniones familiares, visitas de fuera y sobremesas llenas de postres, risas y alguna que otra discusión de política | Dejar de fumar, hacer dieta o ahorrar entre los propósitos de año nuevo

por Carmen González
01/01/2026 18:45 CET

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Cuando lo normal en Melilla un día festivo es no encontrar ni una mesa libre sin haber reservado antes o sin tirar de paciencia, la ciudad autónoma parecía haberse dado el día libre. Eran las 14:00 horas en punto y había muy poca gente en la calle. No poca “para ser jueves” ni poca “porque aún es pronto”, sino poca de verdad. De esa que te hace mirar alrededor y pensar que se te ha escapado algo del calendario.

Las terrazas, esas chivatas oficiales que suelen ser el mejor termómetro para medir cómo respira la ciudad estaban medio desiertas. Alguna con dos mesas ocupadas, otra con una pareja apurando las tapas y muchas con las sillas bien colocadas, esperando clientela como quien espera una llamada que no termina de llegar. Y eso que el día no estaba mal. Gris, sí, pero tranquilo. Daban lluvia desde por la mañana, pero la lluvia, al final, decidió no presentarse. Ni una gota. Ni un amago serio. Solo ese cielo encapotado que sirve de excusa perfecta para quedarse en casa.

La amenaza funcionó. La lluvia no cayó, pero vació las calles igual.

Pasear por el centro a esa hora fue casi un lujo inesperado para la época en la que estamos. Se podía caminar sin esquivar gente, sin ir mirando de reojo para no chocar con nadie. En la calle O’Donnell se escuchaban los pasos, cosa poco habitual. Los comercios cerrados a cal y canto.

Cuando dos conocidos se cruzaban, el saludo era inevitable. “¿Qué tal las fiestas?”. La pregunta estrella de estos días. La respuesta, casi siempre parecida: “Bien, tranquilas”, “en familia”, “sin mucho lío”. No había grandes historias ni relatos épicos.

Según contaban los vecinos las navidades en Melilla han sido un carrusel de reencuentros y pequeñas aventuras domésticas. Muchos familiares que viven fuera de la ciudad regresaron para compartir unos días con los suyos.

Hubo sobremesas que parecían maratones, con conversaciones que empezaban en un tema y terminaban en otro completamente distinto. Desde la última serie de moda hasta las viejas anécdotas de la familia que siempre salen a la luz.

La cocina se convirtió en escenario central; unos asando gambones, otros batiendo huevos para hacer postres que nadie recordará exactamente cómo quedaron, pero que todos alabaron sin reparo. Entre receta y receta, no faltaron debates de política, esos que suelen encenderse más rápido que el horno, con tíos y primos discutiendo acaloradamente. Al final, todos coincidían en lo mismo. Han sido unas fiestas intensas, llenas de ruido, aromas de cocina y recuerdos que durarán mucho más que los dulces que se comieron.

Después venía la segunda pregunta, la que mira hacia delante: “¿Y para 2026?”. Aquí el tono cambiaba un poco. Salía la ironía, el humor resignado, el propósito bajito. “No engordar más”, decía uno riéndose. “Trabajar menos y ganar más”, soltaba otro, sabiendo que eso no falla nunca. La mayoría tiraba por lo clásico: salud, trabajo y que no falte la tranquilidad. Nada de promesas imposibles ni listas eternas. Este año, la gente parecía haber aprendido.

Menos con el propósito de dejar el tabaco, uno de los más repetidos. “Dejar de fumar… otra vez, pero ya empiezo mañana”, decía uno sentado en la terraza, mirando su paquete como si fuera un enemigo. “Este año sí, prometo que va a ser el último paquete”, bromeaba.

Lo cierto es que todos coincidían en lo mismo: dejar de fumar es uno de esos propósitos que suenan bien en enero, se sienten posibles y se olvidan con la misma rapidez con la que se enciende el primer cigarro del día.

Algunos se plantean retos más concretos, como aprender algo nuevo, apuntarse a un curso o retomar aficiones que habían quedado aparcadas. Otros tienen un toque más sentimental. “Volver a Melilla”, dicen con una sonrisa quienes llevan tiempo fuera. No perder el contacto con la ciudad que se quedó un pedazo de ellos y que siempre los recibe con los brazos abiertos, aunque solo sea un fin de semana.

Por la tarde, seguían siendo pocas las terrazas llenas. Muy pocas. Y eso que el reloj avanzaba y a la gente ya le había dado tiempo a descansar de la fiesta de ayer. Algún camarero bromeaba diciendo que parecía domingo de resaca. Otro, más serio, comentaba que estos días siempre cuestan. “La gente ya está harta de salir, necesitan unos días de descanso”, decía mientras recolocaba mesas que nadie había usado.

En la Plaza Héroes de España, la imagen se repetía. Terrazas tranquilas, conversaciones en voz baja y cafés que se bebían despacio. Nada de prisas, nada de bullicio. Melilla iba a otro ritmo. Un ritmo de enero recién estrenado, con las fiestas aún cerca y la rutina todavía calentando motores.

En los barrios, la calma era total. Plazas casi vacías, bancos sin ocupar y algún vecino sacando al perro como única actividad visible. Aquí las fiestas se resumían rápido: “bien, gracias a Dios”. Y los propósitos para 2026 se repetían: cuidarse un poco más, no enfadarse por tonterías, llegar a fin de mes sin sobresaltos.

Por la tarde, el paseo marítimo tampoco se llenó como otros días. Algún que otro caminante, alguna pareja y poco más. El mar seguía a lo suyo, indiferente al cielo gris y a las previsiones fallidas. Las conversaciones aquí eran más reflexivas. “Este año, a ver si…”, empezaba alguno, sin terminar la frase. Porque tampoco hacía falta.

Sin embargo, no todas las zonas de la ciudad estaban tranquilas. El parque infantil del Parque Hernández, por ejemplo, bullía de actividad. Mientras las calles principales ofrecían una postal casi desierta, allí los niños corrían, gritaban y se columpiaban sin descanso, como si las vacaciones aún no hubieran terminado. Padres y abuelos vigilaban desde los bancos, algunos charlando entre ellos y otros simplemente disfrutando de la risa contagiosa de los pequeños.

Allí, entre columpios y toboganes, el espíritu festivo todavía seguía vivo, recordando que, aunque los adultos vuelvan a sus rutinas y las terrazas se queden medio vacías, la ciudad siempre encuentra rincones donde la energía se desborda sin pedir permiso.

Cuando cayó la noche, Melilla mantuvo ese tono tranquilo. No hubo explosión de gente ni cambios bruscos. El día había sido así de principio a fin: sin lluvia, sin multitudes y sin prisas.

El ambiente en la calle dejó claro que la ciudad todavía está ajustándose al nuevo año. Las fiestas ya pasaron, pero el cuerpo aún no ha arrancado del todo. Con pocas terrazas llenas y calles medio vacías, Melilla mostró su versión más pausada. Y quizá no esté tan mal. Porque a veces, aunque no llueva, también apetece quedarse un poco más bajo techo, pensar en cómo han ido las fiestas y decidir, sin demasiada presión, qué hacer —o no hacer— en 2026.

Tags: Noticias de Melilla

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