La Navidad en Melilla no siempre llega acompañada de grandes autobuses repletos de turistas ni de grupos multitudinarios siguiendo una banderita alzada. A veces, la Navidad se presenta en formato reducido, casi íntimo, y eso es precisamente lo que ha vivido este año el guía turístico José Oña, uno de los grandes conocedores del patrimonio histórico y modernista de la ciudad.
“Ha sido tranquilo”, resume con naturalidad. No hubo avalanchas ni colas interminables, pero sí un goteo constante de visitantes sueltos, viajeros individuales y pequeños grupos con ganas de descubrir Melilla con calma, sin prisas y sin ruido. En su caso, José Oña ha trabajado con cuatro o cinco grupos durante las fiestas, “grupitos” de entre 12 y 15 personas que se han adentrado en rutas de modernismo, recorridos por Melilla la Vieja y alguna que otra panorámica estratégica para entender la ciudad desde lo alto.
Una Navidad diferente, pero ni mucho menos improductiva. Porque Melilla, incluso en fechas festivas, sigue despertando curiosidad. Lo que cambia es la forma de enseñarla. Y ahí es donde entra el oficio del guía. Las fiestas obligan a improvisar, a reinventar recorridos y a ajustar el reloj sin que el visitante note que el guion habitual ha tenido que reescribirse sobre la marcha.
Uno de los grandes condicionantes ha sido el Belén instalado en el Foso del Hornabeque, que obliga a cerrar uno de los pasos clave del recorrido habitual. Esto fuerza a comenzar las visitas por la Puerta de la Marina y a recorrer la ciudadela “al revés”. Empezar por el primer recinto cuando lo lógico sería hacerlo por el tercero. Un cambio que, lejos de restar interés, aporta otra mirada sobre Melilla la Vieja, ese conjunto fortificado que sigue siendo uno de los grandes reclamos de la ciudad.
A ello se suma otro obstáculo navideño: el cierre de la salida de la playa en las Cuevas del Conventico por desprendimientos. Donde antes se alargaba la visita entre cuevas y mar, ahora toca buscar alternativas para completar las más de dos horas de recorrido. Y José Oña lo tiene claro: si no hay playa, hay patrimonio. Museos, iglesias, el Museo Militar o la subida al Aljibe de la Concepción se convierten en aliados perfectos para no dejar ningún hueco vacío en la experiencia del visitante.
Así, entre cambios de ruta y ajustes de última hora, las visitas navideñas han seguido fluyendo. Menos grupos cerrados, sí, pero más trato cercano, más conversación y más tiempo para explicar por qué Melilla sorprende a quien la pisa por primera vez. Desde su modernismo único, con edificios como la Casa Tortosa o el Palacio de la Asamblea, hasta la riqueza histórica de sus murallas, torres y recintos defensivos, la ciudad sigue teniendo mucho que contar.
José Oña sabe que esto es solo una pausa estacional. A partir de finales de enero y febrero llegarán los grandes grupos organizados, de 30 o 40 personas, con itinerarios cerrados y tiempos milimetrados. Pero la Navidad tiene otro ritmo, más humano, más flexible. Un ritmo que permite adaptar la visita, escuchar preguntas, detenerse en una anécdota o cambiar el paso si hace falta.
En definitiva, una Navidad sin multitudes, pero con trabajo, con ingenio y con la certeza de que Melilla, incluso en festivo, sigue siendo un destino capaz de sorprender. Y mientras haya alguien dispuesto a recorrerla y alguien como José Oña dispuesto a explicarla, la ciudad nunca deja de mostrarse.








