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Las puertas abiertas del Pintor Eduardo Morillas, más allá de la visita de Sus Majestades

La presencia de Don Felipe VI y Doña Letizia en el centro escolar convirtió una jornada extraordinaria en un reconocimiento a la labor cotidiana de su comunidad educativa y a la de tantos docentes que, desde la escuela pública, trabajan cada día por una educación integral

Por Alejandra Gutiérrez
18/10/2026 14:57 CEST
Las puertas abiertas del Pintor Eduardo Morillas, más allá de la visita de Sus Majestades

Equipo directivo del CEIP Pintor Eduardo Morillas junto a los recuerdos (soneto y retrato) que entregaron desde el colegio a Sus Majestades los Reyes de España. - AGC-

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La llamada llegó sin que en el CEIP Pintor Eduardo Morillas de Melilla supieran con certeza por qué habían elegido su colegio. Don Felipe VI y Doña Letizia visitarían la ciudad y el centro formaría parte de su recorrido. La noticia tardó unos instantes en hacerse real. Ana Casado, jefa de Estudios, recuerda la incredulidad de aquel primer momento: "No puede ser, es una broma". La sorpresa dio paso enseguida a otra pregunta, mucho más práctica y con cierto aire vertiginoso: "¿Cómo hacemos?". Había que preparar la visita, organizar al alumnado, coordinar al profesorado y a todo el personal, y hacerlo mientras llegaban las instrucciones y se confirmaban los detalles. La elección suponía un acontecimiento extraordinario para la comunidad educativa, pero también una responsabilidad que había que afrontar sin perder de vista lo esencial: el colegio seguía siendo un colegio, con sus niños, sus docentes y el trabajo cotidiano que da sentido a sus aulas, en una franja horaria, además, que no es habitual.

El equipo directivo pasó el puente pendiente de llamadas y de cada aspecto de la organización. La comunicación con las familias exigía especial cuidado, porque parte de la información debía esperar a recibir autorización para poder trasladarse. En una operación con tantos participantes, los mensajes no siempre llegaban con la claridad deseada y hubo dudas que resolver sobre la marcha. La comunicación se dilataba en pequeños comunicados durante los días previos. Nada de eso impidió que el conjunto del centro se volcara en la preparación. García recuerda una conversación con la directora provincial en la que esta le transmitió que sabía que en el Pintor Eduardo Morillas había un equipo que respondía. El director insiste en el significado de esa palabra: no hablaba únicamente del equipo directivo, sino de todas las personas que forman parte del colegio. "Hay un equipo humano", explica. Un equipo capaz de organizarse, de arrimar el hombro y de dedicar tiempo más allá de las obligaciones ordinarias cuando la ocasión lo requiere. Ana Casado describe aquellos días como una cadena humana en la que cada persona aportó lo necesario para que no quedara ningún detalle sin atender.

La respuesta, además, no se limitó al propio centro. Desde que se conoció la noticia, los equipos directivos y los docentes de otros colegios de la ciudad hicieron llegar su apoyo, sus felicitaciones y sus ánimos. No fue un respaldo que apareciera únicamente después de la visita, cuando ya se conocía el resultado: García recuerda que los compañeros estuvieron ahí desde el primer momento, acompañándolos en la incertidumbre y en la responsabilidad de preparar algo que ninguno afrontaba cada semana. Hubo quienes celebraron la elección con entusiasmo y quienes reconocieron, incluso con humor, que no les habría gustado encontrarse en aquella situación. En todos los casos, el equipo del Pintor Eduardo Morillas sintió que no estaba solo. Rocío López, secretaria del centro, recuerda que los compañeros de otros colegios se sintieron representados por ellos y compartieron el orgullo de la experiencia. La visita había recaído en aquel centro, pero la alegría y la responsabilidad se extendían más allá de sus instalaciones.

Esa dimensión colectiva fue importante para entender cómo vivieron la elección. El Pintor Eduardo Morillas es un colegio público de barrio, con una comunidad educativa numerosa y una organización que requiere la coordinación de muchas personas. En el momento de la conversación contaba con alrededor de 887 alumnos, una cifra que cambia con la llamada matrícula viva. Su estructura está compuesta por cuatro grupos por curso, salvo en quinto y sexto, donde existen cinco. A la actividad del profesorado se sumó el trabajo de personal de la Ciudad Autónoma, de la Delegación del Gobierno y de otros servicios, además de los profesionales de Casa Real, seguridad y protocolo. García reconoce que, durante la preparación de la visita Real, algunas indicaciones podían generar dudas o parecer dificultades, hasta recordar que quienes las trasladaban eran profesionales acostumbrados a organizar este tipo de actos en muchos otros colegios del país. La colaboración entre todos hizo posible que el alumnado se desplazara de un espacio a otro mientras Sus Majestades recorrían el centro. El director recuerda con orgullo que el movimiento se desarrolló sin ruido, gracias a la disposición de quienes estaban pendientes de cada grupo y de cada tarea. El trabajo colaborativo con el personal de Casa Real, hizo que todo el engranaje funcionara. Su experiencia fue agradecida por el personal docente que se entregaron con buen agrado al apoyo de los profesionales desde el minuto uno.

Detalles preparados por los profesores para la visita de Don Felipe VI y Doña Letizia. -AGC-

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La visita duró alrededor de una hora y media. Don Felipe VI y Doña Letizia comenzaron por el aula TEA, donde los alumnos llevaban dos semanas trabajando en un proyecto que incluía un pasaporte. Sus Majestades pusieron el último sello, completando así una actividad que el alumnado había preparado durante esos días. Después acudieron a una clase de sexto de Primaria, en la que se sentaron con los estudiantes y participaron en las tareas que estaban realizando, mientras conversaban con el alumnado. La última parada fue un aula de Infantil: los niños trabajaban con sus fichas y los Reyes se incorporaron a ese ritmo, preguntando y dialogando con los más pequeños. Fueron tres encuentros distintos, cada uno con su propia dinámica, pero en los que el interés no se limitó a conocer las instalaciones. Según relatan las responsables del centro, Sus Majestades se implicaron en las actividades y se acercaron al alumnado desde lo que estaba sucediendo en cada aula.

A Ana Casado le llamó especialmente la atención que preguntaran los nombres a los niños y al profesorado, los recordaran y se dirigieran después a cada persona por su nombre. García también se detiene en ese gesto: que alguien te nombre y vuelva a llamarte por tu nombre puede parecer pequeño, pero hace que la atención sea personal y concreta. La cercanía se manifestó asimismo en la manera de acercarse a los más pequeños, agachándose para mirarlos a la altura de los ojos. En Infantil, donde esa forma de relacionarse resulta familiar para los docentes, el detalle no pasó inadvertido. El equipo destaca, además, el interés de Doña Letizia por las circunstancias particulares de cada aula, por cómo se sentía el alumnado y por lo que estaba haciendo. Preguntaba, escuchaba y se interesaba por la realidad que tenía delante. Para quienes habían organizado la visita con la cautela propia de un acto institucional, aquella disposición y cercanía fue una sorpresa agradable.

Los niños también habían querido aportar algo suyo. Algunos llevaron dibujos, regalos y pequeños trabajos preparados en casa. Los Reyes los recibieron, preguntaron quién los había hecho y cómo, y agradecieron los detalles. El colegio les entregó, a través de dos compañeros, un retrato y un soneto, vinculados también con la identidad de un centro que lleva el nombre del pintor Eduardo Morillas. García recuerda las muestras espontáneas del alumnado y la atención que Sus Majestades prestaron a cada una: miraban lo que les daban, lo acogían y mostraban agradecimiento. No hacía falta que los niños prepararan grandes discursos. En sus dibujos y regalos estaba la forma que habían encontrado de participar en un día que sabían distinto. Que sus trabajos fueran recibidos con interés hizo que se sintieran tenidos en cuenta.

Mientras el recorrido avanzaba por las aulas, en el patio de Primaria se preparaba la recepción del conjunto del alumnado. El plan inicial era colocar a los niños en sus sitios y dejar un pasillo central para que Sus Majestades atravesaran el patio. Sin embargo, cuando ya estaba todo organizado, llegó un cambio de última hora: los Reyes querían pasar entre los niños, no por un corredor despejado. El profesorado tuvo que adaptar la disposición prevista y recolocar al alumnado. Las clases iban bajando y ocupando sus lugares mientras Don Felipe VI y Doña Letizia continuaban la visita. La preparación había sido minuciosa, pero todavía era necesario responder con rapidez a una modificación que alteraba la escena final. Rocío López destaca el trabajo de los compañeros que estuvieron pendientes de los niños y consiguieron que todo funcionara pese al cambio.

La imagen que quedó en la memoria del equipo directivo se produjo al terminar la visita al aula de Infantil. Don Felipe VI y Doña Letizia salieron por la puerta que comunica el patio de Infantil con el patio de Primaria, acompañados por los niños de la clase que acababan de visitar. Al otro lado estaban sus compañeros, que habían permanecido sentados y en orden mientras esperaban. Entonces la escena cambió: la presencia de los Reyes desencadenó una alegría espontánea y el alumnado se levantó para acercarse. Ana Casado recuerda incluso que algunos de los mayores seguían sentados, tan pendientes de cumplir las indicaciones que fue necesario animarlos a ir a ver a Sus Majestades. García, que vivió aquel momento desde dentro, habla de una imagen especialmente potente: los niños tranquilos en sus sitios, la llegada de los Reyes y, de pronto, la emoción compartida que desbordó la organización sin convertirla en un desorden que borrara el trabajo anterior. La alegría apareció tal como era, sin ensayo ni preparación posible.

Para García, la visita tenía un significado que iba más allá del reconocimiento al Pintor Eduardo Morillas. Podría haber sido otro colegio, recuerda, porque en cada centro educativo se trabaja mucho y cada uno tiene sus características. Por eso tuvo claro que no debía aprovechar la ocasión para hacer una reivindicación personal ni para hablar exclusivamente en nombre de su centro. En lugar de un gesto propio, decidió llevar un pin del colegio, como señal de la comunidad a la que pertenecía y de la responsabilidad que asumía. "Estamos representando", insiste. En aquel momento, explica, había un director de un centro público que llevaba consigo a sus compañeros y, de algún modo, a una comunidad educativa mucho más amplia. La elección de una escuela pública y de barrio tenía para él un valor añadido: situaba en el centro de una visita institucional a un colegio que forma parte de la vida cotidiana de su entorno que también se volcó en la calle para recibir a Sus Majestades a las puertas del colegio. Y esa representación no excluía a nadie. García habla de la educación pública en primer lugar, pero también de todos los que se dedican a educar, porque, en sus palabras, todos comparten esa tarea.

El apoyo de los docentes de otros centros adquirió así un sentido especial. No se trataba solo de felicitar a quienes habían recibido a los Reyes, sino de reconocer el trabajo compartido que hay detrás de la escuela pública. Los compañeros que les escribieron, les dieron la enhorabuena y les transmitieron sus ánimos hicieron que la experiencia se viviera con una sensación de acompañamiento. López recuerda el orgullo con el que otros docentes se sintieron representados por el colegio. García, por su parte, subraya que la respuesta de los equipos directivos de la ciudad fue cálida desde que se enteraron de la noticia. El centro asumió la responsabilidad de acoger la visita, pero no quiso convertirla en un mérito exclusivo. La vivió como una ocasión para mostrar, a través de su propio trabajo, la dedicación de muchos profesionales que cada día sostienen la educación en sus aulas, a menudo lejos de los focos.

Esa manera de entender la escuela está presente en otra de las ideas que García desarrolla durante la conversación. La educación, dice, no puede medirse únicamente por su capacidad para preparar a los alumnos para el empleo. "El sistema educativo no es para una vida laboral, es para una vida plena". Aprender también significa convivir, escuchar a quien piensa de otra manera, afrontar los estímulos y las tensiones del mundo contemporáneo y encontrar formas de compartir el espacio común. "La educación es preparar para la ciudadanía activa", afirma. En esa tarea, el centro no trabaja solo: necesita a las familias, a los docentes y a una comunidad dispuesta a mantener el diálogo incluso cuando hay desacuerdos. La visita de los Reyes fue una circunstancia excepcional, pero permitió que el colegio mostrara algo que forma parte de su día a día: la importancia de conocer a las personas, entender sus circunstancias y establecer relaciones que no se agoten en una comunicación de ida y vuelta.

García encuentra una imagen sencilla para explicar esa filosofía: las puertas abiertas. Desde que llegó a la dirección, procura mantener abierta la puerta de su despacho. Cuando una compañera planteó que las aulas también pudieran estar abiertas durante el recorrido, consultó la posibilidad con Casa Real. La respuesta fue una advertencia práctica: si Sus Majestades establecían contacto visual con cualquier niño o niña, podían detenerse a saludar, y la visita podía prolongarse mucho más de lo previsto. Finalmente, las puertas quedaron entornadas, ni cerradas ni completamente abiertas. Aun así, los Reyes se asomaron a algunas aulas para saludar a los niños. Para el director, el detalle conserva su significado. Una puerta abierta invita a acudir, preguntar, proponer o expresar una queja ante alguien que escucha y puede responder. No elimina las diferencias, pero ofrece la oportunidad de comprender mejor a la otra persona. Casado relaciona esa disposición con la conexión entre las familias y la escuela, con una interacción que debe ser mutua; López resume esa idea en la necesidad de entendimiento.

En los días posteriores, el alumnado siguió asimilando lo que había vivido. López cuenta que se encontró con un antiguo alumno que le dijo que su madre lo había obligado a bañarse después de dar la mano a los Reyes. La anécdota tenía una explicación muy distinta de la que podía parecer a primera vista: el niño quería conservar el recuerdo de aquel saludo y sintió que el baño podía borrarlo. La historia revela hasta qué punto una experiencia así puede quedarse en la memoria de un estudiante, especialmente de los más pequeños, para quienes el encuentro se concreta en un gesto, una mirada o una mano estrechada. Para los adultos, en cambio, el recuerdo también está ligado al esfuerzo colectivo: las horas de preparación, los cambios de última hora, el apoyo de compañeros de otros centros y la colaboración de quienes hicieron posible la visita.

Cuando García vuelve sobre lo ocurrido, el orgullo que expresa no se dirige únicamente al resultado, sino a las personas que estuvieron detrás. Recuerda a sus compañeras del equipo directivo, al profesorado y a todo el personal que ocupó su lugar; reconoce también a los profesionales que les ayudaron y a los equipos docentes de otros colegios que los acompañaron desde el primer momento. El Pintor Eduardo Morillas recibió a Don Felipe VI y Doña Letizia, pero sus responsables quisieron vivirlo como una representación compartida de la educación pública y de los profesionales de la educación en general. La visita terminó, aunque la imagen permanece: los alumnos que habían esperado en silencio, la puerta que se abre desde el patio de Infantil y los Reyes que aparecen acompañados por los niños de aquella clase. Al verlos, el patio entero responde con una alegría que nadie había podido planificar. El entusiasmo no entendió de protocolos. La cercanía de Sus Majestades brindaron esa oportunidad al alumnado. Es ahí, en ese instante de euforia, donde el trabajo de tantos días y el sentido de la visita se encuentran.

Etiquetas: Ana CasadoCEIP Eduardo MorillasJorge GarcíaRocío LópezVisita de Sus Majestades

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