A las 11.45 de la mañana del 17 de noviembre de 1997, un estruendo seco rompió la normalidad en Melilla. Una de las paredes del depósito de Cabrerizas cedió sin aviso y liberó una inmensa masa de agua que descendió por la ladera como un río desbocado. En menos de tres minutos, varias zonas de la ciudad quedaron sumergidas bajo un torrente de barro, piedras, muebles y resto de viviendas.
A su paso, la riada se cobró la vida de 11 melillenses y provocó cuantiosos daños materiales hasta alcanzar la zona centro de la ciudad. Entre los fallecidos, una joven madre, embarazada de ocho meses, y sus dos hijos pequeños, a los que la tromba de agua sorprendió en su casa, uno de los bajos de la antigua urbanización de viviendas de Protección Oficial Averroes.
El día que el agua rugió
El agua bajó golpeando todo lo que encontraba a su paso. Los testigos hablaban de un ruido grave, profundo, como un trueno prolongado que parecía avanzar desde lo alto de la colina. Muchos pensaron que se trataba de una explosión. Otros, que se había producido un derrumbe. Nadie imaginó que lo que venía era una ola de varios metros de altura.
Una melillense, que tenía 24 años entonces, aún revive el miedo: "Sentí que el suelo vibraba. Salí a la calle para ver qué pasaba y vi venir una masa de agua marrón que lo cubría todo. No podía correr, porque el barro te atrapaba los pies".
Las viviendas bajas fueron las más afectadas. Las puertas reventaron, los muros cedieron y muchos objetos se convirtieron en proyectiles arrastrados por la fuerza del agua. Los coches flotaban y chocaban entre sí; algunos terminaron apilados uno encima de otros, como juguetes deformados por la violencia del impacto.
El paisaje después del desastre
Cuando la corriente se detuvo, el panorama que quedó atrás era desolador. Un manto espeso de lodo cubría calles enteras. Montones de muebles, maderas, electrodomésticos, juguetes y fragmentos de viviendas se mezclaban en una misma masa difícil de reconocer. La riada había arrancado árboles, levantado aceras y desplazados vehículos durante decenas de metros.
La zona de Averroes fue la más castigada: muchos bajos quedaron completamente arrasados y algunas viviendas quedaron reducidas a estructuras irreconocibles. En otras calles, el agua había penetrado con tal fuerza que llegó hasta patios interiores y escaleras de edificios que nunca habían imaginado sufrir una inundación.
Incluso en el centro de Melilla, donde la pendiente suaviza la fuerza del agua, se apreciaban restos del desastre: coches golpeados contra farolas, comercios llenos de barro y calles donde el olor a humedad perduró durante semanas.
Otro melillense, lo recuerda impactado: "Varias fachadas arrancadas, coches volcados. Era imposible imaginar que eso había pasado en tan poco tiempo".
La ciudad tardó meses en recuperarse del golpe. Muchas familias no pudieron volver a sus casas, y los daños materiales tardaron en cuantificarse debido a la extensión de la zona afectada y la profundidad del barro acumulado.
El lugar del recuerdo
El depósito, hoy cubierto de vegetación y marcado por el paso del tiempo, sigue en pie. La estructura se ha convertido en un símbolo de aquel día. Sus grietas y restos de hormigón permanecen como un recordatorio visible de la fragilidad que puede esconderse en lo cotidiano.
Para quienes perdieron a familiares o vivieron la riada de cerca, el sitio tiene un peso emocional difícil de expresar.
Rosa, lo describe así: "Es algo difícil de olvidar. Parece que todavía trae algo de aquella mañana".
Una historia que algunos desconocían
Con el paso del tiempo, nuevas generaciones han crecido sin saber mucho de lo ocurrido. La ciudad ha cambiado, las calles se han transformado y la tragedia, aunque presente en la memoria colectiva, se ha ido difuminando entre quienes nacieron después.
Una joven de 18 años, lo descubrió hace poco: "No sabía nada. Siento que hay una historia que debería contarse más".
Por otro lado, otro estudiante, coincide: "He pasado mil veces sin saber lo que significaba ese lugar. Ahora que me estoy enterando, creo que se debe de recordar más y darle más visibilidad a la gente de nuestra generación que no hemos vivido el desastre".
El eco del agua
Cada 17 de noviembre, la ciudad recuerda a las once víctimas de la riada. No hacen falta grandes actos ni recursos. Basta con una mirada hacia la ladera, con el silencio que se instala en quienes vivieron aquel día y en quienes lo han conocido después.
La catástrofe de Cabrerizas cambió Melilla para siempre. Dejó un récord imborrable de dolor, pero también una conciencia nueva sobre lo inesperado. El agua, que tantas veces se asocia a calma, se convirtió aquel día en fuerza devastadora.









Yo estaba presente cuando estalló el deposito casi me muero
Me arrasó el agua con barro justo donde esta el albergue ahora en c/ García cabrelles
Gracias a dios lo estoy contando
Nosotros viajemos desde las palmas de Gran Canaria directo a melilla y gracias al piloto un gran profesional no nos desvío a otro aeropuerto porque avia un gran viento que otro no ubiera aterrizado muchas gracias.