La ciencia y el trabajo de campo han estado tradicionalmente dominados por hombres. Aunque cada vez hay más mujeres involucradas en proyectos de conservación, investigación o divulgación, su presencia en puestos de visibilidad y toma de decisiones sigue siendo limitada. Este fenómeno no se explica solo por cuestiones logísticas: el ámbito científico está cargado de estereotipos de género, donde la fortaleza física, la resistencia y la capacidad de liderazgo se asocian a los hombres, mientras que las mujeres suelen relegarse a roles secundarios.
En muchas áreas científicas las mujeres continúan estando infrarrepresentadas, a pesar de estar igual o mejor preparadas que los hombres en muchos casos. Como en el resto de la sociedad, también existen micromachismos diarios y sesgos de género, a veces son sutiles, pero son igualmente perjudiciales. Un ejemplo frecuente ocurre al leer publicaciones científicas firmadas solo con iniciales, por ejemplo “A. Castillo” o “L. González”, lo que genera es una suposición automática de que el autor es un hombre. Este sesgo inconsciente refuerza la idea de que los logros científicos son “predominantemente masculinos”.
A las mujeres también se les suele cuestionar de manera más estricta sobre su trabajo, teniendo incluso que justificar nociones básicas (que no se plantean en compañeros hombres) y además se subestima su experiencia por factores como la edad, la apariencia o el estilo de comunicación, en lugar de basarse en la calidad de su formación y sus contribuciones.
Un fenómeno histórico que refleja una gran desigualdad es el efecto Matilda, que consiste en ignorar o minimizar las aportaciones de mujeres científicas, atribuyendo sus logros a compañeros masculinos. Este efecto persiste hoy en día perpetuando la invisibilidad femenina en la ciencia.
La historia de la ciencia se ha construido mayoritariamente con nombres masculinos, dejando en la sombra a muchas mujeres que realizaron contribuciones decisivas. En ciencias naturales encontramos ejemplos como Maria Sibylla Merian, científica pionera de la entomología, naturalista e ilustradora, reconocida por sus investigaciones sobre la metamorfosis de insectos y anfibios; Rachel Carson, bióloga marina y escritora estadounidense, autora de “Primavera silenciosa”, obra que alertó al mundo sobre los efectos de los pesticidas y sentó las bases del movimiento ecologista moderno; Wangari Maathai, la primera mujer africana en recibir el Nobel de la Paz por su labor de reforestación en Kenia; o Josefa Martí Tortajada, pionera española en herpetología y divulgación científica del siglo XX.
Mientras muchos recordamos nombres como el de Félix Rodríguez de la Fuente por su labor, entre otras muchas, como divulgador ambiental, Josefa Martí Tortajada desarrollaba al mismo tiempo una carrera científica y de divulgación igualmente destacable, enfrentándose a barreras sociales, prejuicios y dificultades estructurales que Félix no tenía que sortear. Este contraste muestra cómo el género determinaba no solo el acceso a oportunidades, sino también el reconocimiento público y la memoria histórica, reflejando el sesgo de género que persistió en la ciencia y la divulgación en España en el siglo pasado.
La escasa visibilidad histórica de estas mujeres afecta la percepción de niñas y jóvenes sobre su futuro científico. Si desde temprana edad solo escuchan nombres masculinos vinculados a la investigación ola conservación, les resulta más difícil imaginarse a sí mismas como protagonistas. Recuperar y difundir la historia de científicas, naturalistas, investigadoras o divulgadoras olvidadas no solo hace justicia, sino que también genera modelos que inspiran.
Es importante reconocer que muchas de estas mujeres superaron barreras adicionales, como limitaciones legales para estudiar, falta de acceso a recursos, salarios inferiores o cuestionamiento e invisibilización sistemática de su trabajo. Estos antecedentes explican en parte por qué la representación femenina en ciencia todavía no es equitativa y muestran que la desigualdad tiene raíces estructurales en la sociedad. Arrastramos una herencia histórica de injusticia que debemos evitar repetir en el presente.
En esta línea, la publicación en 2024 del artículo “Herpetólogas: Contribuciones de la mujer a la herpetología internacional y española” en el Boletín de la Asociación Herpetológica Española (BAHE) ejemplifica cómo, desde el ámbito científico y divulgativo, se visibilizan las aportaciones de mujeres cuya trayectoria había quedado en la sombra, además de abrir un debate sobre los sesgos de género que persisten en la actualidad. Este tipo de iniciativas no solo fomentan la autocrítica dentro de la comunidad científica, sino que también contribuyen a transformar la manera en que entendemos la historia de la ciencia.
A pesar de todos los avances que estamos viviendo, los puestos de responsabilidad en ámbitos académicos, en investigación o en proyectos científicos siguen mayoritariamente en manos de hombres. La presencia de modelos femeninos en puestos de responsabilidad demuestra que la igualdad no es solo un ideal, sino una meta alcanzable. Estudios muestran que niñas con referentes femeninos en ciencia tienen más probabilidades de elegir carreras científicas y perseverar ante obstáculos académicos o profesionales.
Las condiciones de trabajo también reflejan desigualdad. Un estudio reciente revela que la planificación del trabajo de campo raramente considera necesidades de salud menstrual, desde la falta de productos básicos de higiene hasta la ausencia de instalaciones adecuadas o pausas de descanso.
La comunicación con supervisores masculinos suele ser limitada por diferentes cuestiones, haciendo que muchas mujeres tiendan a esconder su malestar. Estas prácticas reflejan estructuras laborales que priorizan la productividad sobre el bienestar femenino, perpetuando una cultura que minimiza e incluso invisibiliza el dolor y las necesidades de las mujeres.
La peligrosidad añadida de trabajar en campo, en solitario o en horario nocturno, afecta más a las mujeres debido a la combinación de riesgo y sensación de vulnerabilidad.
Por otro lado, aunque no sea lo habitual, las denuncias por acoso sexual en entornos de investigación muestran que existe un entorno laboral hostil si eres mujer. La falta de conciliación laboral es otro factor estructural. Los trabajos de investigación exigen movilidad, largas jornadas o estancias fuera de casa, lo que tradicionalmente afecta más a las mujeres debido a las responsabilidades familiares que suelen recaer sobre ellas. Esta situación demuestra que la desigualdad no se reduce a actitudes individuales, sino que también depende de la forma en que está organizada la sociedad y el propio sistema.El camino hacia la igualdad
Avanzar hacia una ciencia más justa es una realidad alcanzable. En primer lugar, es necesario identificar y corregir errores, como asumir automáticamente que un autor, a través de sus iniciales, es un hombre o subestimar y cuestionar más duramente el trabajo que haga una mujer. También es fundamental garantizar igualdad de oportunidades, asegurando que todas las personas tengan acceso a recursos, financiación, cargos de responsabilidad y participación en proyectos relevantes, independientemente de su género.
La educación es clave para lograr igualdad en la sociedad. Desde edades tempranas hasta la formación adulta, los contenidos deben transmitirse libres de sesgos de género, de manera transversal. Los entornos de trabajo deben adaptarse para ser seguros e inclusivos, considerando condiciones de salud, conciliación laboral, horarios de campo y movilidad, sin penalizaciones.
Toda la comunidad científica tiene la responsabilidad de cuestionar prejuicios, denunciar discriminaciones y promover un cambio de paradigma que reconozca el esfuerzo y talento de cada persona por igual.
Es importante recordar que la ciencia también se crea con justicia social.
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