Presenciamos este domingo el encuentro de Jesús con la mujer cananea, o sirio-fenicia. Un encuentro, que a través del diálogo termina transformando al propio Jesús, para expresarnos que la salvación, compasión y el amor que trae es universal. Es para todas las personas sin excepción, también las personas extranjeras.
El pasaje nos presenta a una mujer cananea, extranjera, que “saliendo de uno de esos lugares”, sin especificar de donde, se pone a gritar a Jesús. No se sabe de dónde sale, ni como ha llegado. Algunos hoy podrían decir “una mujer extranjera asalta por sopresa a Jesús y se pone a increparle mientras él caminaba tranquilo con sus amigos”.
Esta mujer, madre, pagana (no es de nuestra religión), extranjera, pero que necesita ayuda, recurre desesperadamente a la compasión de Jesús. Incluso en el diálogo con Jesús, ante el amor a su hija, podríamos decir que es descarada y atrevida en sus respuestas. Con frecuencia el amor ante las necesidades de las personas que amamos, más si es una madre, hace a las personas atrevidas.
El pasaje que Mateo nos presenta resulta escandaloso entonces y ahora. El mismo Jesús se ve transformado en su forma de pensar, en diálogo con la mujer, hasta terminar alabando la fe de la mujer y posibilitando que su hija quede curada.
Jesús ha tenido también que superar los prejuicios de los dogmas judíos para abrir su mensaje y su obra humanizadora a todas las personas. Ha sido una mujer extranjera la que ha posibilitado el cambio de mentalidad. Algunos teólogos hablan de “la catequista de Jesús”.
Jesús no pone condiciones a la mujer. No le pide que le siga. No le pide que se convierta, ni si quiera como en otros casos le pide que no peque más y que sea buena. Es la insistencia de la mujer ante la necesidad de su hija y el atrevimiento para pedir las sobras del pan que cae de la mesa, con lo que ella se conforma, lo que produce que Jesús cumpla lo que desea.
Ella no era seguirdora de Jesús. Los que seguimos a Jesús y nos sentimos sus discípulos, estamos llamados a adquirir el estilo de Jesús. Necesitamos convertirnos, cambiar de mentalidad para superar los prejuicios, que nos llevan a interpretar nuestros propios dogmas, tradiciones y la propia religión de forma excluyente, donde con frecuencia prima el etnocentrismo, nacionalismo o la ideología, antes que la compasión y el evangelio que Jesús nos trae.
Recuerdo una frase que escuché a mi profesor de Cristología en Burgos que se me ha quedado grabada. Si no era exactamente así, si lo era la idea. Venía a decir: La teología (es decir la reflexión sobre la comprensión de Dios), hay que hacerla con la biblia en una mano y el periódico en otra.
Si hoy miramos el periódico, o la prensa, que nos habla de los últimos acontecimientos ocurridos en Ceuta, en Melilla y en otras partes del mundo, más allá de otras consideraciones, podemos mirar la realidad dede esta palabra de la mujer cananea.
Si consentimos entrar en diálogo con las personas que “han salido de uno de esos lugares”, y se da el encuentro sincero, y si como Jesús que esuchó decir: “Te compasión de mí”, “señor ayudame”, nosotros esuchamos los gritos de auxilios de los niños y niñas que han llegado y de las personas que necesitan curación y sanación, entonces serán ellos los que nos transformen, nos conviertan y nos evangelicen. Como nos recordó el Papa Francisco en Evangelii Guadium (198): “Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos”.
La mirada cristiana de los acontecimientos nos hacer ver la realidad desde los ojos de Jesús. Sabemos que no es fácil, porque la situación con frecuencia nos produce miedo, “a menudo fomentado y explotado por fines políticos” (FT 39), como nos decía el Papa Francisco, que nos invitaba a mirar más allá de las reacciones primiarias: “El problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro” (FT 41).
Necesitamos adquirir esa mirada que pone en el centro a la persona humana, que siempre tiene un valor, una dignidad infinita. Así nos lo ha recordado Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol y responsable de migraciones de la entidad eclesial, a raíz de los acontecimientos vividos.
La mujer cananea, sirio-fenicia, se ha convertido para nosotros en Palabra de Dios que nos habla. Las personas migrantes que gritan ayuda, también son una palabra de Dios que tenemos que escuchar desde el corazón compasivo de Jesús.
Ante las dificultades de adquirir este corazón compasivo y convertirnos, podemos también aprender de la mujer cananea a pedir a Jesús, a orar insistentemente y de forma constante. De manera que podamos superar nuestras barreras y prejuicios, para que nuestra fe madure y cristalice, no en dureza, sino en luminosidad.








