Este domingo se proclaman las tres siguientes parábolas que pretenden introducirnos en la naturaleza de la fuerza interior y transformadora del Reino de Dios.
De los pocos recuerdos que tengo de mi abuela paterna, uno de ellos que me ha evocado la palabra, tiene que ver con la pregunta que ella hacía siempre que veíamos una película, generalmente de acción. Ella preguntaba de forma reiterada: “¿Quién es el malo?”. Mi abuela que ya le costaba seguir el argumento, necesitaba tener claro quien es el malo y quien es el bueno.
También a nosotros nos pasa lo que los psicólogos llaman “economía cognitiva”, que nos lleva a una polarización que nos ahorra esfuerzo a la hora de emitir juicios rápidos y hacer categorías simplistas, distinguiendo cuanto antes quienes son los malos y quienes son los buenos. Es así como se forman los estereotipos y los prejuicios que llevan a la discriminación. Esto lo hacemos en todos los ámbitos: en el mundo, en nuestra sociedad, en la política, en nuestro ámbito laboral, en la religión, en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades. Da igual el nombre que le pongamos a las diferentes polarizaciones, queremos identificar y desterrar a los malos, que por supuesto, siempre son los otros, los que no pertenecen a los míos.
En la parábola del trigo y la cizaña, Jesús quiere situarnos en otra perspectiva. Lo primero que llama la atención es algo que con frecuencia podemos olvidar y que tiene gran valor desde la experiencia del Dios de Jesucristo: – “Señor, ¿no sembraste en tu campo semilla buena? ¿Cómo resulta entonces que sale cizaña?. La respuesta nos recuerda algo muy importante: de Dios solo procede el bien. Como dice el libro del Génesis, vio Dios que todo era bueno. La cizaña no viene de Él.
Ante la presencia de la cizaña Jesús invita a vivir con la paciencia misericordiosa que Dios tiene con cada uno de nosotros, pues en el interior de cada persona hay buena semilla plantada, aunque mezclada con cizaña.
La primera lectura, tomada del libro de la sabiduría, presenta precisamente a un Dios, que manifiesta su poder con una justicia moderada e indulgente, llena de bondad y misericordia.
El Dios de Jesús siempre da tiempo para la conversión. Sólo Dios sabe cuando maduraremos. El conoce la historia personal de cada uno y nos abre a la esperanza de la humanidad que crece en nuestro interior de forma silenciosa. La parábola es una invitación a comprender que no hay justicia sin humanidad. Que el hombre justo debe ser humano. La bondad necesita de la humildad que reconoce también en la propia vida la presencia de la cizaña y alimenta la esperanza del crecimiento de esa bondad en nosotros y en los otros.
El Reino que Jesús anuncia no se puede construir sobre la superioridad moral o el juicio condenatorio e intransigente sobre los otros, ni tampoco sobre nuestros propios pecados. Dios rechaza el mal, pero su perdón, su gracia y su confianza en cada persona son siempre más grandes que nuestros errores.
Las otras dos parábolas del grano de mostaza y la levadura nos exhortan a vivir la presencia del Reino descartando cualquier triunfalismo o imposición. Un Reino que no se mide por número de adeptos, ni por ocupar espacios de poder e influencia. El Reino de Dios crece desde lo pequeño y lo oculto que se entrega y se desgasta. Su presencia y acción posibilita procesos de construcción que generan ámbitos que dan cobijo y refugio a quienes lo necesitan, como el árbol acoge en sus ramas a los pájaros para que aniden en él. El Papa Francisco nos recordó la importancia de iniciar procesos más que de poseer espacios. Dar prioridad al tiempo que nos abre al futuro frente a querer privilegiar los espacios de poder. (EG 222-225).
La impaciencia, incluso la mesiánica, nos roba el tiempo necesario para posibilitar que la vida que se despliegue. Michael Ende lo expresó de forma muy bella en Momo, cuando hablaba de los "hombres grises", que nos roban el tiempo para lo verdaderamente importante. También nosotros estamos llamados a no dejarnos arrastrar por las prisas, la eficacia o el utilitarismo, y a dedicar tiempo a esos pequeños gestos de cariño, cercanía y fraternidad que van contagiando y pueden cambiar el mundo.
Esta fuerza oculta del Reino permite la transformación desde el interior, como la levadura, que termina fermentando a toda la persona y a toda la sociedad.
En la Iglesia podemos plasmar esta experiencia desde comunidades, que aunque sean pequeñas, comparten la vida y los caminos, los dones y los bienes. Ellas puden ser fermentos de fraternidad en medio de nuestra iglesia y de nuestra sociedad.
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