Cultura y Tradiciones

La genealogía de unas mujeres que nunca dejaron de ser protagonistas

A veces los hilos que entrelazan historias, referentes e inspiraciones no se encuentran a no ser que te los expliquen y veas entonces la luz y comprendas la magia de la literatura y de la creación artística ligada a una sociedad, a un contexto, a una denuncia. Entre las mujeres de Pedro Almodóvar y las de Federico García Lorca existe una similitud. Son personajes femeninos atravesados por la pasión, la contradicción y el deseo de libertad; mujeres que aman, sufren, se rebelan y, finalmente, transforman la realidad que las rodea. Sin embargo, en esa línea temporal falta una pieza esencial, un eslabón sin el cual resulta imposible comprender la genealogía de muchos de los personajes que hoy siguen habitando el cine y el teatro. Antes de Bernarda Alba, antes de Yerma, antes de los personajes femeninos que construyen el imaginario de  Almodóvar, ya estaban las mujeres del Siglo de Oro.

La reflexión la formula Pablo Calvo con la serenidad de quien lleva años recorriendo los caminos de la literatura clásica y encuentra en ellos significantes con los que generar líneas en el tiempo. Dramaturgo, actor y especialista en el teatro áureo, recuerda que Federico García Lorca fue un apasionado de aquellos autores y que, cuando tuvo que elegir el repertorio de La Barraca, no acudió a su propia dramaturgia, sino a las raíces del teatro español: Calderón de la Barca, Lope de Vega o Gil Vicente. Incluso adaptó La dama boba para Margarita Xirgu y la rebautizó como La niña boba.

La afirmación recompone una genealogía que a menudo olvidamos. Las grandes mujeres de Lorca y las de Almodóvar nacen, en cierto modo, de aquellas otras que ya llenaban los corrales de comedias del siglo XVII. Ahí está Laurencia, en Fuenteovejuna, levantándose contra la violencia y convirtiendo su dolor en una llamada colectiva a la rebelión; ahí está Rosaura, en La vida es sueño, reclamando el derecho a decidir sobre su propio destino; ahí está doña Ángela, en La dama duende, desafiando el encierro y construyendo su libertad desde la inteligencia y el ingenio. Y ahí están también Nise y Finea, dos mujeres que, desde lugares muy distintos, sostienen toda la arquitectura dramática de La dama boba, explica Calvo.

"En las grandes comedias del Siglo de Oro siempre son ellas las que lo mueven todo", reivindica. No son figuras accesorias ni personajes secundarios. Son el motor de la acción, las que transforman a quienes las rodean y las que, en última instancia, terminan transformándose a sí mismas. El propio argumento de La dama boba, añade, es "una de las cosas más geniales, más divertidas y más reivindicativas que existen", precisamente porque son dos personajes femeninos quienes terminan adueñándose de toda la historia.

La conversación deriva entonces hacia el verso, quizá uno de los grandes desafíos del teatro clásico para el espectador contemporáneo. Pablo Calvo habla de él con una mezcla de admiración y de cierta nostalgia, como si se refiriera a un lenguaje que un día fue profundamente nuestro y que poco a poco se hubiera ido alejando de nuestra sensibilidad. Durante siglos, recuerda, España fue una una sociedad íntimamente relacionada con la poesía, un país que durante siglos contó historias enteras en verso, con un lenguaje "sonoro, potente, plástico y maravilloso". Fue origen. Lo que hoy produce cierta resistencia es, en realidad, uno de los grandes patrimonios culturales del país. Y, sin embargo, basta con atravesar esa primera barrera para descubrir "absolutas maravillas", describe. El problema, insiste, no son las historias. Las historias siguen siendo extraordinarias. Lo que se ha perdido es la costumbre de escuchar el verso.

Miguel Escutia, director de Mirrolde Teatro, recoge esa misma idea desde su experiencia al frente del montaje. Confiesa que enfrentarse a un clásico del Siglo de Oro le producía un enorme respeto precisamente por la precisión de su escritura. Cada palabra tiene un peso específico y cada verso encierra una intención determinada. "El verso no se escucha; el verso se siente", resume, y en esa frase parece condensarse la filosofía de la propuesta que mantiene su musicalidad, su métrica, su origen.

Y en esa composición literaria, los dramaturgos del Siglo de Oro no necesitaban extensas acotaciones para construir un universo escénico. No dedicaban páginas a describir una estancia, un jardín o una calle. El espacio, el tiempo y la atmósfera estaban contenidos en el propio diálogo, y bastaba con que un personaje nombrara algo para que aquello existiera inmediatamente ante los ojos del espectador. Hay en ello algo profundamente parecido a la imaginación de un niño: si dice que está en una cueva, la cueva existe y la habita; si sostiene un palo y asegura que es una espada, nadie pone en duda que así sea. El teatro del Siglo de Oro funciona desde esa misma convención poética, desde esa capacidad de creer en el poder evocador de la palabra.

Una referencia a la noche modifica la temperatura de la escena; una mención a una puerta o a un balcón hace aparecer un espacio; un objeto, un nombre o una alusión bastan para levantar un mundo entero. Un candil puede iluminar la oscuridad aunque la representación se celebre a plena luz de la tarde, porque así sucedía en los corrales de comedias. La noche es noche porque el diálogo ha decidido que lo sea y, desde ese instante, el espectador deja de percibir los rayos del sol para alumbrarse con las estrellas y las velas que la palabra ha convocado. Todo está escrito y todo está en la palabra. Basta con nombrarlo para que exista.

Desde esa confianza absoluta en el poder evocador del texto se ha levantado esta adaptación de La dama boba. El proceso, sin embargo, ha obligado a un importante ejercicio de síntesis. La obra original de Lope de Vega está poblada de personajes y de situaciones que enriquecen el relato. Adaptarla al formato del microteatro exigía desprenderse de muchas de ellas y conservar únicamente aquello que constituye el corazón de la historia. Pablo Calvo reconoce que el proceso fue doloroso. "He tenido que cortar, zurcir, coser, juntar, separar", explica al hablar de una dramaturgia que le ocupó cerca de tres meses de trabajo. Porque reducir siempre implica renunciar; y él tuvo que hacerlo.

En ese trabajo de poda hubo que despedirse de personajes secundarios y de escenas que el dramaturgo define como "absolutamente deliciosas". Desaparecieron las criadas, algunos monólogos y buena parte del universo que rodea a las dos hermanas protagonistas. La reducción fue, en sus propias palabras, "condensación, condensación y más condensación", hasta quedarse únicamente con la médula de la historia.

Esa médula la conforman seis personajes. Entre ellos, Laurencio y Liseo, que interpreta el propio Calvo. El primero, enamorado inicialmente de Nise, cambia de objetivo cuando descubre que la dote de Finea es cuatro veces superior, desencadenando así una cadena de intereses, equívocos y transformaciones que terminan demostrando el poder trasformador del amor, así como permeando la condición material que rodeaba a los casamientos de la época.

Raquel González asume uno de los mayores retos del montaje al encarnar a las dos hermanas. Nise es la inteligencia, la cultura y la razón; una mujer tan brillante que, como recuerda Pablo Calvo, tiene una academia de hombres en su propia casa que acuden a ella en busca de consejo y de correcciones literarias. Finea, por el contrario, es considerada por todos una muchacha ingenua y torpe, incapaz de leer o escribir. Dos extremos que sostienen la historia y la dualidad.

Las mujeres del Siglo de Oro, explica la actriz, se por debajo de las estructuras visibles del poder. No ocupan los espacios de decisión reservados a los hombres, pero encuentran otros caminos para actuar. Operan desde el ingenio, desde la palabra, desde la inteligencia o desde la intuición. Aprenden a intervenir en la realidad desde los márgenes y descubren en esa aparente invisibilidad una forma de acción. Nise y Finea participan de esa misma lógica. Aunque los hombres parezcan dirigir los acontecimientos, son ellas quienes terminan modificando el rumbo de la historia.

La actriz amplía entonces la mirada y sitúa a Lope de Vega en una dimensión todavía mayor. "Lope de Vega es un genio", afirma. Y añade una reflexión reveladora: si hubiera escrito en inglés, probablemente sería una de las figuras más universalizadas de la historia de la literatura. Porque lo que inventó, el Arte nuevo de hacer comedias, no solo transformó el teatro de su tiempo, sino también la manera en que seguimos contando las historias en la actualidad. El personaje del gracioso, explica, continúa apareciendo en las películas de Hollywood: junto al héroe siempre hay alguien que observa, comenta, ironiza y acompaña la acción. Y ese mecanismo dramático, recuerda, fue una invención de Lope de Vega.

González se detiene también en la naturaleza del hecho teatral y lo define como un fenómeno vivo. El texto es la estructura. Después llegan la interpretación, la dirección, el vestuario, las luces, el espacio y, finalmente, el público, que se convierte en un elemento más de la representación. Una misma obra nunca sucede de igual manera en un instituto, en una prisión o ante un auditorio de espectadores expertos. Cada representación es un acontecimiento irrepetible. "La magia del teatro es eso", concluye, "que ocurre una cosa un día y al siguiente ocurre otra".

Esa misma voluntad de acercar el Siglo de Oro al espectador actual está en el origen de la adaptación. La compañía se propuso construir un espectáculo familiar, capaz de romper la barrera que muchos jóvenes levantan ante el verso y los clásicos. De ahí nace la incorporación de una figura nueva: un narrador que permite acompañar al público, imprimir dinamismo al relato y tender puentes con el entendimiento, sin perder en ningún momento la esencia de Lope de Vega.

Lara Megía asume precisamente ese papel de narrador, además de dar vida a Octavio, el padre de las dos hermanas. El narrador se convierte en el hilo invisible que sostiene el conjunto de la historia y guía al espectador a través del enredo. Es una figura que ordena la acción, acompaña la mirada del público y permite que el clásico se despliegue con un ritmo más cercano a la sensibilidad contemporánea.

Junto a él aparece Octavio, un hombre consumido por la preocupación hacia unas hijas que se apartan de aquello que la sociedad espera de ellas, rescata Megía. Le inquieta Finea por su aparente torpeza; le preocupa Nise por una inteligencia excepcional que también la convierte en una mujer distinta. En el fondo, su conflicto es el de cualquier padre: el temor a no comprender del todo a los hijos y el deseo permanente de protegerlos.

Ese juego de identidades y transformaciones atraviesa igualmente el vestuario diseñado por el especialista Javier Muñoz. La indumentaria no se limita a vestir a los personajes, sino que forma parte de la propia narración y ha sido utilizado en los propios ensayos para lograr integrarlos desde el inicio en la interpretación. Los cambios se producen sobre las tablas y el público asiste al artificio teatral sin que exista un lugar oculto donde la transformación permanezca escondida. Las telas cosidas, los colores antagónicos y la confección de las prendas están pensados para facilitar el desdoblamiento de los personajes y convertir el propio vestuario en un lenguaje dramático más.

Quizá ahí resida la grandeza de La dama boba. Bajo la apariencia de una comedia de enredos, Lope de Vega escribió una obra sobre la educación, el amor, las expectativas que depositamos en los demás y la extraordinaria capacidad de transformación de las personas. Durante décadas, el Siglo de Oro fue contemplado con una cierta distancia, como un territorio reservado al análisis académico y alejado de las inquietudes contemporáneas. Sin embargo, sus obras y sus autores han experimentado una profunda revalorización. Cada vez son más los espectadores que regresan a Lope, Calderón o Tirso y descubren en ellos conflictos extraordinariamente actuales.

Pero acercarse a estos textos exige una enorme profesionalización. Miguel Escutia lo expresa al hablar del trabajo de adaptación y de la formación de Pablo Calvo, filólogo clásico y especialista en teatro del Siglo de Oro: "Si tú no tienes formación, no le puedes meter mano a un clásico y que la cosa funcione". El verso requiere estudio, disciplina y entrega. Requiere comprender un lenguaje que durante siglos fue nuestro y al que hoy volvemos poco a poco, recuperándolo para el presente.

Ese movimiento de recuperación también ha llegado a Melilla. Lo ha hecho gracias a compañías comprometidas con el teatro clásico y a la incorporación de profesionales llegados de la península que están revitalizando el género en la ciudad. Y también gracias a la apuesta valiente de Paco Díaz, que apostó porque el X Ciclo de Microteatro del Hospital del Rey mirara hacia el Siglo de Oro y abriera un espacio para estos autores y estas historias.

Los próximos 23, 24 y 25 de julio, a las 21:30 horas, Mirrolde Teatro representará La dama boba en el Hospital del Rey. Con adaptación de Pablo Calvo, dirección de Miguel Escutia e interpretaciones de Raquel González, Lara Megía y el propio Calvo, la propuesta se presenta como una invitación a volver a los clásicos y a comprobar que, en realidad, nunca han dejado de hablarnos. Porque los grandes textos sobreviven precisamente por eso: porque siguen siendo capaces de interpelarnos directamente y porque basta con que un actor nombre la noche para que el público vea las estrellas.

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