A las puertas de la Casa Hermandad, en la calle General Castaños, la tarde se sostenía en una expectación contenida. Eran las siete y, mientras la luz comenzaba a suavizarse, fieles y vecinos aguardaban en silencio ante las puertas cerradas de la Venerable Cofradía y Hermandad Franciscana de Nuestro Padre Jesús de la Flagelación y Nuestra Señora del Mayor Dolor. También las autoridades esperaban. Todo estaba dispuesto. Solo faltaba el gesto que abre cada año la ceremonia.
Entonces, tres golpes secos rompieron la quietud. Desde el interior se escuchó un “¿Quién va?”, al que respondieron desde fuera: “El coronel de la Guardia Civil”. Acto seguido llegó la nueva pregunta, “¿Qué desea?”, y la respuesta no se hizo esperar: “Que salga Nuestro Padre Jesús de la Flagelación a bendecir las calles de Melilla”.
El breve diálogo, repetido generación tras generación, actuó como llave simbólica. Y así fue. Las puertas se abrieron lentamente y, al compás de la campana, los portadores buscaron el peso del trono sobre sus hombros. Primero un leve movimiento, después la coordinación exacta. Poco a poco, la imagen fue asomando al exterior.
La salida no era sencilla. El problema residía en el estrecho ancho de la calle, prácticamente coincidente con las dimensiones del trono, lo que obligaba a maniobrar con una precisión milimétrica. El trono avanzaba girando poco a poco, paso a paso, bajo las órdenes del capataz, hasta vencer la estrechez de la puerta. Finalmente, ya en la calle Castelar, quedó orientado, firme, dispuesto a iniciar su recorrido. Precisamente en este punto, la presencia de fieles se mostró más contenida.
Pero antes, un instante de intimidad compartida. Las familias se acercaron con sus bebés en brazos. Uno a uno, los pequeños fueron elevados por encima de los portadores, suspendidos por un momento frente a la mirada de Jesús. Un gesto sencillo, cargado de fe, que se repetía entre murmullos y emoción contenida. Superado ese momento, el trono emprendió su camino, alejándose lentamente de la Casa Hermandad. Tras él, el ritual volvía a comenzar.
De nuevo, tres golpes en la puerta. “¿Quién va?”, se escuchó desde dentro. “El presidente de la Ciudad —respondió Juan José Imbroda—, pero vengo en nombre de mis padres, Isabel y Juan, fieles devotos de Nuestra Señora del Mayor Dolor”. A continuación, la pregunta volvió a repetirse: “¿Qué desea?”. “Que salga la procesión a las calles de Melilla y nos bendiga a todos”, respondió. “Así sea”, concluyeron desde el interior.
Las puertas se abrieron una vez más y la Virgen inició su salida, sostenida con firmeza por los portadores, que repitieron la misma delicada maniobra. También ante ella fueron presentados los más pequeños, mientras la cera de las velas caía lentamente, marcando el paso del tiempo en cada gota.
Desde el traslado de los sagrados titulares, la cofradía ha desarrollado diversas actividades orientadas a estrechar el vínculo con los fieles y reforzar el espíritu comunitario en torno a sus imágenes. Entre estos actos, cargados de devoción y espiritualidad, destacan momentos de recogimiento y oración, como la entrega de lazos y su posterior depósito en un cofre bajo el manto de la Virgen del Mayor Dolor. Este Jueves Santo, esos lazos han acompañado a la Virgen en su recorrido por las calles de Melilla.
Cuando ambos tronos estuvieron en la calle, la procesión tomó forma. La Banda acompañó el recorrido siguiendo a Nuestro Padre Jesús de la Flagelación, marcando el ritmo del paso con los tambores y acompañando el repertorio con instrumentos de viento, situándose tras el misterio junto a los honores del Tercio Gran Capitán I de la Legión. Detrás, el cortejo: mantillas, nazarenos y capuchinos, en una estampa solemne que avanzaba al ritmo pausado de la tarde. La Virgen, por su parte, marchaba escoltada por miembros de la Guardia Civil, en un cortejo en el que también estuvieron presentes autoridades políticas y militares.
Durante la procesión, las calles mantuvieron un flujo constante de fieles que acompañaron a las imágenes a lo largo de todo el recorrido. El ritmo fue fluido y no se registraron momentos de aglomeración durante el desarrollo del paso, lo que permitió a los asistentes caminar junto a los tronos con cercanía y recogimiento.
El itinerario dibujó un recorrido que permitió contemplar la procesión en toda su magnitud: Hermano de La Salle Senén y Mauricio, Poeta Zorrilla, Juan de Lanuza, Lope de Vega, Severo Ochoa, Sidi Abdelkader, General O’Donnell y la Plaza Héroes de España. Una jornada marcada, además, por la notable presencia de niños y niñas vestidos con túnica, integrados ya en la tradición.
La llegada a la carrera oficial, en la avenida Juan Carlos I, concentró todas las miradas. Tras el paso del Cautivo y el acto de la liberación del preso, la Flagelación avanzó con sus túnicas granates hasta la Tribuna. Allí, el vicario episcopal tomó la palabra: “Haz que caminemos con fe, esperanza y caridad”.
La oración se extendió entre los presentes, que aguardaban desde hacía horas ese momento final. Después, el silencio se rompió con la voz de Kiko Acedo, que elevó una saeta dedicada a Jesús de la Flagelación. El trono, mecido suavemente por los portadores, parecía responder al cante, como si lo acompañara en un diálogo íntimo. Detrás, la Virgen también recibió su oración y su saeta a su paso por Tribuna, en una escena cargada de recogimiento.
Con la noche ya cerrada, la procesión continuó su camino por la avenida, alejándose poco a poco entre luces y sombras, hasta completar su recorrido. La recogida, ya de madrugada, puso el cierre a una jornada en la que Melilla volvió a encontrarse con una de sus tradiciones más profundas.
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