En las entrañas del barrio de la Victoria, uno de los rincones con más alma cofrade de Melilla, la salida de Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli y María Santísima del Rocío volvió a convertirse en algo más que una estación de penitencia. Fue, sencillamente, un estallido de fe en la calle, una mezcla de emoción, belleza y sentimiento que cada año logra lo mismo: parar el tiempo.
A las 16:00 horas, los alrededores de la casa de hermandad ya eran un hervidero. No cabía ni un alfiler. Familias enteras, jóvenes, mayores y niños se apretaban buscando un hueco desde el que ver la salida. Ni el calor ni la espera hacían mella. Todos venían a ver salir un año más al Cautivo y al Rocío. Y eso, en Melilla, es casi una obligación sentimental.
Quince minutos después, a las 16:15, el comandante general de Melilla, Luis Cortés, realizó el aldabonazo y se abrieron las puertas. Primero el silencio, luego los aplausos. Y, poco a poco, asomó la imponente figura de Jesús Cautivo. Túnica bordada en oro, manos atadas y esa mirada que atraviesa. Sonó “Por los siglos de los siglos” y el paso empezó a andar.
Detrás, con luz propia, apareció María Santísima del Rocío. Más radiante que nunca. La saya blanca, bordada en oro, capturaba la luz de la tarde como si fuese un reflejo del cielo. Cada levantá era un suspiro de todos los que la miraban. Cada chicotá junto a la banda de música Ciudad de Melilla, un murmullo de admiración.
Apenas habían avanzado unos metros cuando se vivieron uno de esos momentos que no vienen en el guion pero que definen la procesión. El Cautivo se detuvo. Varios niños fueron alzados por el capataz, colocados frente al Señor. Bendiciones silenciosas, miradas que no se olvidan. Padres emocionados, abuelos con lágrimas. La Semana Santa también es esto.
El cortejo avanzaba con orden y solemnidad. Los nazarenos del Cautivo, de túnica morada; los del Rocío, de blanco. Un río de devoción que serpenteaba por las calles. Algunos descalzos, cumpliendo promesas. Otros con el cirio firme, como si en cada paso se jugasen algo personal. Llamaba la atención la cantidad de niños: incluso recién nacidos, vestidos de nazarenos, iban en sus carritos formando parte del desfile.
Entre marcha y marcha, el sonido de la agrupación musical del Cautivo marcaba el pulso. Y debajo, casi imperceptible, el trabajo de los portadores. Zapatillas rozando el suelo, respiraciones acompasadas.
“Llevándolo es como si no vieses nada, pero lo sientes todo. Escuchas los silencios, los aplausos, pero te evades”, contaba un costalero con once años bajo el paso. Y es que esta no es una procesión cualquiera. Es la más larga de la Semana Santa melillense. Casi nueve horas. “Pueden ser diez o veinte, que el dolor se quita cuando notas que lo llevas encima”, añadía.
Tras el Cautivo, la banda Ciudad de Melilla tomaba el relevo. Composiciones como “Mi Amargura” o “Rocío” sonaban, y entre nota y nota, el tintineo de las bambalinas, moviéndose al compás de las mecidas.
En la Avenida Juan Carlos I, los balcones eran otro escenario. Vecinos asomados, velas encendidas, móviles en alto. Los más pequeños observaban con curiosidad. El incienso flotaba en el ambiente, denso, casi como una niebla que lo envolvía todo.
Las mantillas avanzaban con elegancia, en fila, con ese andar sereno que no necesita protagonismo. Negro riguroso, peineta alta y mirada al frente. Un contraste perfecto con la luminosidad del palio del Rocío.
Y llegó uno de los momentos más esperados. Poco antes de las 22:00 horas, el cortejo se detuvo para el acto de liberación del preso. Una tradición con 26 años de historia que mantiene intacto su significado. Con la presencia de autoridades civiles y religiosas, se procedió a la lectura del auto judicial. Este año, el beneficiado fue B.H.M., condenado por un delito contra la salud pública.
Tras el acto, el ya liberado repicó las campanas del trono del Cautivo. Un gesto simbólico, pero cargado de sentido. Desde que comenzó esta tradición, la cofradía ha liberado a 23 hombres y tres mujeres. Una forma de llevar la misericordia a la calle.
La noche avanzaba, pero nadie se iba. El cansancio no tenía sitio. Cada esquina era un nuevo comienzo. Cada revirá, un aplauso. Cuando el Rocío asomaba, mecido con dulzura, el tiempo volvía a detenerse. Las velas seguían encendidas. Y el rostro de la Virgen parecía mirar a todos.
Ya pasada la medianoche, con la brisa del mar colándose entre las calles, la procesión emprendía el regreso a la Plaza de Toros para resguardarse. Más lenta, si cabe. Más íntima. Aplausos, vivas, silencios. Todo mezclado.
Lo vivido la noche del Jueves Santo en Melilla, sin duda, fue una catequesis en la calle.
En el transcurso de la procesión, el Colegio de Abogados de Melilla protagonizó uno de los momentos más emotivos con una ofrenda floral a María Santísima del Rocío.
El gesto sirvió como homenaje a quien fuera decano de la institución durante cerca de quince años, Pedro Luis Olivas Cabanillas, fallecido recientemente y considerado el principal impulsor de la vinculación del colectivo con la cofradía del Cautivo.
Fue él quien instauró la participación de los letrados en la procesión ataviados con toga, consolidando una estampa ya inseparable del cortejo. Sus hijos, Pedro y Desiré, ambos abogados, fueron los encargados de entregar el ramo de flores en nombre del Colegio, en un acto que combinó recuerdo, gratitud y respeto hacia una figura clave en la historia reciente de la abogacía melillense.
Olivas nació en Melilla en 1947 a lo largo de su carrera se encuentran las medallas de bronce, plata y oro de la Cruz Roja Española y muchas más condecoraciones.
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