Reino Unido, una de las democracias más antiguas y consolidadas del planeta, su gobierno, ha reabierto el debate y la acción pertinente para reducir la edad con derecho a voto a los 16 años. Aunque ya lo permitía para algunas elecciones locales y en determinadas partes del país, la intención ahora es generalizarlo. Los detractores, como más incisivo argumento, critican sea una mera estrategia electoral para la captación de votos, pero se debe recordar que ya era una promesa que formaba parte de las iniciativas que el Partido Laborista anunció previo a los comicios generales que les devolvió al poder.
Si bien puede entenderse, sí, como una maniobra para aumentar las expectativas de voto, también lo es como una cuestión lógica y justa en buscar una mayor participación en la opinión y decisión sobre quienes deciden los asuntos públicos y administran los intereses generales. Ni nos pilla lejos y, por el contrario, nos atañe directamente en España.
La discusión ha vuelto o quizás nunca se fue: adelantar la edad del derecho al voto en las diferentes convocatorias electorales que marcan el calendario de cualquier sociedad democrática. Un debate lógico y de acorde a los tiempos presentes. ¿Porqué no permitir que esa juventud pueda mostrar sus preferencias, antes de la edad actualmente obligada, cuando tantos asuntos de su incumbencia y que condicionan su vida están muy presentes en los programas e idearios de los partidos políticos?
Cuando se pone en duda la necesaria madurez de los jóvenes en esa edad temprana a la hora de poder ejercer, como derecho y deber, su voto, puede estar esquivándose la realidad de la vida y su devenir ya en las postrimerías del primer cuarto del siglo XXl. Multitud de acciones le conciernen y las ven pasar y desembocar en decisiones desde la distancia y sin, al menos, su opinión. Para ello la urna es el camino.
A los 16 años la juventud europea estudia, quienes pueden y quieren, pero también la hay que trabaja y rinde impuestos por necesidad o simplemente por opción. En ambas posibilidades, incluso la que nada hace, hay la suficiente consciencia por lo general en cómo les afecta lo que los elegibles y posteriormente elegidos determinan en su ejercicio como representantes. La democracia abraza a esa importante franja de la ciudadanía y al mismo tiempo, para bien, le condiciona, orientarla en sus entresijos, haciéndola partícipe puede ser una buena herramienta en la creación del hábito de votar y, por ello, de dotar a la propia democracia de mayor salud y mejora.
El deterioro de la sanidad o la universidad pública en favor de la privada en algunas zonas y ascendente, el clima y sus desvaríos, las nuevas tecnologías y su ajuste, la movilidad, la regulación laboral, la Cultura y el ocio, la inmigración y la tolerancia o, sin duda también y como no les afectará pronto, la política de vivienda que junto a la conciliación deteriora con fruición la emancipación o el normal desarrollo de nuevas unidades familiares. Son asuntos que necesitan, y cada vez más, de la determinación de esta franja de edad tan afectada por ellos.
Muchos jóvenes participan en la vida de los partidos políticos, incluso a la edad que atañe a este escrito. Escuchan o leen sobre facetas que, de una u otra manera, en algún momento de su evolución como ciudadanos de derechos y deberes incidirán en su vida. Quizás sea el momento para que comiencen a elegir opciones. Más que aire fresco paliativo, que también lo es, la reducción de la edad de votar puede se haya convertido en algo necesario.
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