Las experiencias que hemos vivido, los lugares en los que hemos residido, las casa que hemos habitado y su entorno, todo eso, de una u otra forma nos acompaña y nos concede una imagen del ayer. La frontera ha ido cambiando para muchos vecinos, trabajadores y comerciantes desde la pandemia. Esta zona de la ciudad se ha convertido en un desierto de tránsito. Los productos que aquí se vendían prácticamente han desaparecido, incluso aquellos que vestían la calle con pescado y otros alimentos que los vecinos venían han comprar ya no se encuentran. Puertas de hierro cerradas a cal y canto, carteles de venta y alquiler que anuncian la degradación de una zona concreta que ha dejado de funcionar y cuya depresión económica se hace palpable. El tránsito de la frontera, la ITV, aquellos vecinos que residen aquí y los pocos negocios que se mantienen en pie visten un poco de color a este paisaje. Los locales en activo se mantienen en base a la población local, a diferencia de años atrás, antes de la COVID, cuando la venta se dirigía también a la población que residía en el país vecino. Hace años, el paso por diferentes lugares y el tránsito sin necesidad de pasaporte y visados, favorecía un entorno diferente. “Ya no hay trabajo, ni locales, ni siquiera gente”, nos comenta uno de los empresarios que todavía mantienen su actividad de repuestos y neumáticos. Hace ocho meses, Indy, madre de familia, se atrevió a abrir un pequeño restaurante en el que sirve tapas, raciones y copas. Un lugar que "ha dado vida al barrio" y sobre el que asegura estar “muy contenta”. Aquí acuden vecinos y diferentes habitantes de la ciudad, si bien señala que el tránsito fronterizo no es su cliente potencial. Una pequeña isla que colorea el espectro de vacío económico y comunitario que asola a la zona fronteriza.
La vida del barrio está parada, mientras las personas cruzan en sentidos Melilla-Marruecos; Marruecos-Melilla cada día. Un camino de ida y vuelta bajo una infraestructura y un despliegue de seguridad que poco se asemeja a los años en los que las personas se paseaban con cierta facilidad entre uno y otro lado. Un escenario con un paisaje pintado de tierra y pequeñas alambradas. Mimon Chaib residía en la vía francesa, una antigua zona por donde discurría el tren y en la que hoy se encuentra la salida de viandantes que regresan de Marruecos. Allí, apenas había vecinos, un par de casas rodeadas de campo. “¿Ves esa zona de allí de Marruecos?”, señala el vecino hacia una explanada de arena metida entre las casas marroquíes, “pues esto era así”. Una zona prácticamente desértica, pero con diferentes negocios que se asentaban allí. Mimón nos acompaña en un recorrido visual, señalando y girando la vista a uno y otro lado. No andamos, permanecemos quietos, mientras él relata todo lo que le ha acompañado durante su niñez y que hoy permea en su memoria. Había gasolineras, un saladero de pescado, un camino que discurría hasta la Hípica sin interrumpir el paso y a través de la cual te paseabas directamente por Marruecos, nos ejemplifica. Huertas de cerdos y de borregos, hasta una fábrica de gas butano. Él tiene 58 años y recuerda la longitud de la alambrada que separa ambas zonas señalando con su mano su pecho, una nimiedad en comparación con las alturas que hoy observamos para separar este espacio. Recuerda que no había vecinos prácticamente y que su madre, un día a la semana acudía a la zona del Rastro a hacer la compra, un camino largo que emprender para llevar la comida a casa.
Poco a poco el panorama urbanístico fue cambiando y fueron llegando vecinos a la zona. La edificación comenzó a consumarse y el espacio, todavía de largas zonas de tierra recibía a nuevas familias en los edificios cuyos chiquillos correteaban en las zonas de tierra que todavía mantenía el barrio. Los locales fueron abriendo, y variando el entorno y los negocios afloraron. La frontera, aquella puerta que se situaba en el mismo lugar y esa pequeña alambrada, se fue vistiendo poco a poco con estructuras metalizadas y garitas de control de pasajeros por las que hoy las filas de coches y personas se suceden diariamente, con mayor o menor cantidad de personas y tiempos de espera que rozan la desproporción.
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