Historias pequeñas y acontecimientos grandes nos ayudan a contemplar la imagen de una ciudad

El guía turístico José Oña nos descubre los espacios de Melilla observando el interior y el exterior para crear una imagen completa en la que los pequeños relatos tienen cabida

La zona Boca del León, situada en las faldas de Melilla la Vieja bajo el faro, nos permite observar la magnitud de la fortificación desde un ángulo diferente. Nos obliga a mirar hacia arriba y nos da la opción de entender la historia de la zona más antigua de la ciudad desde fuera hacia dentro. Allí acuden pescadores con sus cañas y submarinistas con sus tubos y aletas, e incluso, como señala Oña, los días de agua cristalina personas que se procuran un baño. El agua choca directamente contra las rocas, la piedra blanca que define a la ciudad y que, durante años, los pueblos limítrofes empleaban para distinguir a Melilla, pues definía su paisaje. Esta zona pedregosa muestra escaleras, puertas y áreas inclinadas que permiten conectar el mar con el urbanismo directamente. Sus murallas del siglo XVI estremecen al mirar hacia arriba, enlazan la tierra y el cielo en línea recta, haciendo pequeña a la persona que alza la vista. Mirar por la Puerta del Socorro, la cual conecta con el Hospital del Rey, es ver un túnel oscuro con pequeñas escaleras empinadas, las cuales divisas vagamente a lo lejos, contribuyendo a generar una imagen del interior de las murallas. “Mira qué bonita vista ahora. Hasta que no te acercas no te das cuenta de lo grande que es, porque de lejos se ve pequeñito”, describe Oña. Al fondo vemos el Aguadú desde donde “los atardeceres y los amaneceres y las salidas de luna llena son súper guapos”, señala el guía. Rodeados por mar, las corrientes cuentan las historias. “Cuando los antiguos navegantes venían de aquí atrás llegaban al cabo Tres Forcas, que lo tenemos allá”, señala en el horizonte. “Ahí estaba el mar de Alborán y, las corrientes que, según cuentan los navegantes, van y vienen por ese famoso mar. Comentaban algunos que, llegando a la blanca, al lugar donde la piedra era más blanca, las corrientes cambiaban justamente allí y podían llegar a Cartagena, Almería, Granada, Málaga…”, narra José Oña situando el paisaje en un punto de interés y entendimiento, incorporándolo a través de historias que hoy forman parte del relato, ayudando a describir los hechos que tuvieron lugar. Pues entender la complejidad y las dificultades es mirar más allá, y preguntarse cómo.

Pasear con Oña supone descubrir, pero no sólo la historia de la ciudad, sino los hábitos de las personas narradas en crónicas y libros, así como sujetas por el hilo de la memoria de aquel las cuenta. Recorrer el camino del espigón para llegar a observar el faro, o farola como el guía nos indica, cuya luz verde señala la entrada al puerto es recorrer un camino que padres y abuelos anduvieron años atrás con un paisaje diferente. Durante su infancia trascurriendo por esa ruta que suponía “un paseo obligado”, incide Oña quien lo recuerda mediante las fotografías que se tomaban años atrás, entre los años 60 y 70, cuando era un crío. “Desde allí había una vista súper guapa de toda la bahía”, relata el guía recordando un tiempo atrás cuando visitaba la zona con sus amigos Carlos Osuna y Pablo Meliveo, quienes volvieron a descubrirle el lugar años más tarde. Allí había un club de petanca, Petanca Viva se llamaba y, la farola era un lugar al que se podía acudir e, incluso, comer. “No existían las Torres del Quinto Centenario ni el complejo tan abrumador que hay ahora en el puerto. Toda esta zona estaba abierta y lo normal era llegar hacia allá, hasta la farola”. En esta zona del puerto se posicionaban las lonjas de pescadores, donde había “barecitos, había vida”, recalca Oña.

Criado en Málaga, de familia melillense y afincado en la ciudad donde echó raíces junto a su mujer Lola, un paseo con José Oña nos permite ampliar la visión de una ciudad. Su trayectoria profesional comienza a partir del estudio de ciencias de la comunicación. “Trabajé en radio, en prensa y al final me salió un trabajo en Madrid, en una agencia de viajes, Panavisión Tour, que todavía existe”, sostiene Oña. A partir de ese momento su dedicación al sector turístico le llevó a diferentes rincones de Europa acompañado de grupos de turistas. Allí pudo aprender y relacionarse con multitud de guías locales, suponiendo una escuela y un trabajo que le facilitaría su futuro desempeño en una ciudad como Melilla, donde pocos eran los que se dedicaban al sector. De Madrid se trasladó a esta localidad norteafricana donde se incluyó en un grupo de animación sociocultural y, posteriormente, obtuvo una plaza en la televisión desarrollando su primer programa en directo infantil La brujita voladora. “Me inventé un personaje que era papá Eñe”. Tras ello, durante su primer encuentro con Juanjo Florensa, el joven Oña se embarcó en una primera andadura como guía turístico, pues al día siguiente, él se encargaría de realizar el recorrido a un grupo de visitantes que llegaron a la ciudad, “una panorámica en autobús” a la que acudió “toda la corte del patronato de turismo en aquel momento para ver cómo funcionaba”, relata Oña. El inicio de una relación turística que le llevó a convertirse en guía oficial. “Aquí me fue muy fácil guiar, porque era una cosa a la que no estaban acostumbrados”, sostiene. Una dedicación a la historia que lleva acompañando su vida desde hace casi tres décadas y que, a día de hoy, comparten otras personas en la ciudad. “Ha venido gente nueva pero ahí sigo; al pie del cañón” confesando su gusto por mostrar la ciudad y el placer por la historia.

Aprender la historia

Para José Oña es imprescindible la lectura en su trabajo. “Esto es leer constantemente, leer todos los libros que hay escritos de historia de Melilla. Leo más sobre historia que otros libros, pero también porque me gusta. Esto es estudiar y estudiar e investigar e investigar, porque cada día voy aprendiendo una cosa nueva, aunque no lo parezca”. Leer todo lo que cae en sus manos se convierte en un hábito y en un placer. Él no pone límites fatales que le reduzcan el contenido a estudio, pues considera que existe la necesidad de leer de todo, de todas las ideologías, de todas las inclinaciones. Sus acompañantes en este camino son fuentes de consulta para cultivar el contenido que después materializa en sus exposiciones como guía. Para entender la distorsión que en ocasiones tenemos sobre un hecho concreto leyendo en un único camino, Oña pone el ejemplo de las guerras que se han venido sucediendo a lo largo del siglo pasado acontecidas en las zonas rifeñas limítrofes de la ciudad. “Es verdad que cuando lees la historia de un lado y del otro, te das cuenta cómo cuenta la historia uno y cómo la cuenta el otro. Al final tienes que sacar una conclusión intermedia y te das cuenta de muchísimas cosas”, apunta. Un estudio que implica deducir para lograr narrar la historia a los grupos que acuden a sus rutas o preguntar a cronistas locales como Antonio Bravo como fuentes que le ayudan a contemplar los hechos. Esta dedicación de amplitud de conocimiento posibilita el descubrimiento de la tergiversación de la historia o de la mentira, “porque con todo esto, hay que tener cuidado a la hora de leer”, sostiene Oña, quien asegura que cuando tiene una idea clara no duda en “soltarla”.

Su relato lleva un signo de guion cinematográfico para lograr que el orador atrape a su público y logre trasladar la historia de manera organizada y amena. Su seguimiento incluye libros de historiadores, escritores o cronistas que también recogen relatos sociales, de la vida cotidiana, de las calles. “Yo utilizo todo esto muchísimo para las visitas a la ciudad: la vida social, lo que era la gente, cómo vestían, lo que hacían, lo que comían, cómo se movían, cómo iban cambiando…”. Un contenido al que Oña tuvo acceso tiempo atrás a través de la Casa de Melilla en Málaga, donde su padre fue presidente. “Tengo libros de mi padre que hablan de todas estas cosas, de estas cosas cotidianas”, señala. Salafranca o Gangarillas han acompañado su vocación y han propiciado un bagaje sobre esta intrahistoria de la gente corriente que acompaña los grandes acontecimientos. “Es bueno tener conocimiento histórico de lo que ha sucedido, pero también contar a la gente la vida normal”, recalca José Oña.

Inspiraciones

José Oña no sólo acude a los libros. Su movimiento por la ciudad y su participación en los tours de Oxígeno Laboratorio Cultural, le ayudan a crear un relato, a contar una historia y ampliar el foco para conocer la ciudad. “Quedan muchos rinconcitos por descubrir, siempre hay que seguir descubriendo cosas nuevas. Tenemos los Explora que lo que hacen es descubrirnos la ciudad”, unas rutas que invitan a participar, sobre todo a los melillenses, para reconocer los diferentes barrios y áreas que conforman la urbe. Se trata de lugares que el guía investiga o ya conoce, los cuales le ayudan “a ampliar y descubrir muchas más cosas de la ciudad”.

Además, en las visitas como las que hace a Melilla la Vieja invita continuamente a mirar desde fuera. “Conocer todos estos rinconcitos cuando estás haciendo una visita te ayuda a verla desde fuera de las murallas”, señala. Un consejo que trata de entregar a aquellos que lo escuchan pues “hay que pensar desde fuera, en lo que nos rodea, para darte cuenta cómo estamos dentro, porque si no nos damos cuenta de todo este conjunto amurallado, no apreciamos lo difícil que era acceder a la ciudad en otros tiempos”. Un tiempo en el que la tierra no había ganado al agua, sino que ésta rodeaba la zona fortificada y cuyos puntos de acceso quedaban limitados. Salirse del margen que uno contempla y observar desde otro punto, te dispone a comprender de una forma amplia y versada.

 

El inicio del modernismo

Años atrás, más de un cuarto de siglo, comenzaron las primeras visitas de modernismo. Hoy Melilla explota la imagen arquitectónica que un día pasó desapercibida, pero tiempo hace que personas como José Oña comenzaran a estudiar este estilo arquitectónico que inunda la ciudad y la posiciona a nivel nacional como la segunda con más arquitectura dentro de este estilo. Sus primeros trabajos tuvieron relación con las visitas teatralizadas, una expresión que ya había trabajado con anterioridad acompañado de compañeros como Carolina Pérez. Sus primeros periplos fueron dirigidos a los más pequeños, para contar la historia de Melilla. Oña se disfrazaba de Hamelin y enseñaban los museos a los infantes. Fue Fundación quien les propuso el reto de enfrentar esta corriente artística que se desarrolla en la ciudad y viste sus edificios. Y de ello nació un teatro en el que él generó el guion y representaba al periodista Cándido Lobera. Por su parte, Juanjo Florensa interpretaba a Enrique Nieto y Carolina Pérez a doña Paca, su segunda mujer. Un recorrido de 45 minutos que comenzaba en la plaza Torres Quevedo y que, durante casi dos años, logró introducir a la población en la vida del arquitecto, hasta el punto de tener que dividir los grupos para poder hacer varios pases. “Yo hice un pequeño guion muy resumido de la vida de Enrique Nieto, sobre todo particularidades de él: lo que comía donde iba, cuántos hijos tuvo, lo que qué hacía en casa, cómo se cabreaba... anécdotas, más que la arquitectura en sí. Pero eso te servía para que la gente empezara a conocer al personaje”, relata José Oña. Esta estructura del escrito teatral lo logró acudiendo a libros escritos por Salvador Gallego, Antonio Bravo y “otros tantísimos que hablan sobre arquitectos e ingenieros militares” que trabajaron el modernismo en la ciudad. Pues, aunque necesariamente tenía que simplificar el contenido, era necesario leer y conocer para llegar a crear una pieza creativa que narrar y teatralizar a la sociedad.

José Oña continúa su andadura como guía turista embarcado en una personalidad arrolladora que se contempla transparente y dispuesta para llevarte a lugares pequeños con los que contemplar historias grandiosas o relatos del día a día que acompañan el desarrollo social y comunitario de la ciudad. Contemplar la farola no es simplemente ver aquella construcción que divisamos frente al puerto con su pequeña luz incandescente de color verde que dirige a los barcos hacia su destino, es la historia de los melillenses que también pasearon durante un tiempo el espigón observando la bahía arropada por el Gurugú, a un lado, y los salientes montañosos, al otro.

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