Josep María Alaminos, uno de los artistas presentes en la muestra colectiva de la Fundació Baleària en Melilla, habla de Ítaca como se habla de la vida cuando se mira sin prisa: no como una meta que se conquista, sino como un proceso que se atraviesa. En la entrevista la define como “un sueño” que no se alcanza de golpe, sino que se vive día a día, etapa a etapa, atendiendo a lo que ocurre mientras se avanza. Esa idea —la de conceder valor a lo cotidiano— sostiene el núcleo de su trabajo: el viaje entendido como tránsito vital, como suma de experiencias que, con el tiempo, permiten mirar atrás y comprender qué nos ha transformado. Para él, el destino importa menos que el recorrido; incluso si la llegada no se produce como uno esperaba, lo decisivo es lo aprendido en el camino.
Lo explica desde una mirada muy concreta. Le interesa conocer y escuchar, conversar con personas distintas, porque entiende que el viaje también se construye en el intercambio. Habla de la lectura como un hábito constante y de una curiosidad que lo empuja a aprender “de todo”, del acercamiento a la gente mayor, a los más jóvenes, a quienes trabajan en ámbitos diferentes. Y cuando piensa en viajar, lo hace con un deseo que define su manera de entender lo que le rodea: no se trata solo de pasar, sino de quedarse; convivir con el lugar, entrar en ritmo con el entorno. En esa suma de contacto, atención y tiempo, la llegada se vuelve secundaria. Ítaca, como en su serie de tres obras atravesadas por ese motivo, no es un punto final: es una dirección interior que acompaña nuestras vidas.
De esa visión se desprende una necesidad que subraya varias veces: frenar. Observa que la sociedad empuja a vivir deprisa y que esa velocidad borra cosas sencillas, gratuitas, que sin embargo aportan sentido a la vida y al viaje. Menciona ejemplos cotidianos —una puesta de sol, madrugar para ver un amanecer, una conversación larga, un rato compartido— como momentos que devuelven sentido al camino. No habla de la felicidad como un estado permanente, sino como algo difícil de completar, más cercano a instantes que aparecen cuando uno se permite estar presente. Ahí, dice, la vida se vuelve más plena, más satisfactoria.
Cuando esa filosofía se traslada al lienzo, la obra no se plantea como un objeto cerrado, sino como un fragmento que invita a continuar, como si el camino no terminara en un punto y final. Alaminos quiere que el cuadro “incite a darle continuidad”, que el ojo sienta que lo pintado podría seguir fuera. Por eso explica que a menudo evita enmarcar sus obras: el marco representaría, en su caso, un límite demasiado literal para un concepto reflexivo. En una de las composiciones que presenta en Melilla, la estructura parte de un centro y se expande en líneas que se pierden por los lados, como si el recorrido se escapara del campo visual. En otras recurre a recorridos distintos —una línea que sube y baja, una forma de cruz—, pero siempre con la misma intención: que la imagen respire y que el viaje no se detenga en el borde del soporte.
Esa continuidad formal se enlaza con un contenido que vuelve, una y otra vez, al ser humano en relación. Insiste en que el viaje vital nos enriquece, nos hace “más humanos” y abre la posibilidad de encontrar, en algún punto, un modo de felicidad. Pero no entiende esas expediciones como travesías solitarias: según sostiene, uno podría imaginar que puede vivir solo, o incluso sin contacto con la naturaleza, pero “realmente no”. Necesitamos a otras personas y necesitamos también el entorno. Esa dependencia —social y ambiental— está presente en su mirada y, por extensión, en sus cuadros: figuras que no “posan” sobre un paisaje, sino que se vinculan con él, como cuerpos atravesados por un territorio vivo que expande el sentido a través de la pintura.
En las obras que trae a Melilla, esa relación se expresa mediante un repertorio de signos: siluetas humanas y elementos que remiten al viaje —barcos, pájaros, ojos—. No aparecen como adornos, sino como piezas de un relato abierto, señales que permiten construir conexiones entre el camino y el mundo, entre lo que somos y lo que nos rodea. La figura sugiere desplazamiento, búsqueda, interacción. Y el fondo no actúa como telón estético: es un espacio con peso propio, un lugar donde sucede algo incluso antes de que aparezcan las formas reconocibles.
Ahí entra la parte técnica. El proceso del artista comienza en lo reflexivo: proyecta la obra, hace bocetos en un cuaderno pequeño —a veces cuadriculado— y decide aspectos relacionados con la composición, el soporte y las medidas antes de llegar al lienzo. Después llega la fase que define como central: la pintura construida por capas. Cada pieza puede tener seis, siete u ocho, y la primera es el fondo. Lo trabaja con dos o tres imprimaciones en diferentes colores, incorpora carga matérica y busca una textura palpable, hasta el punto de que ciertas zonas “se pueden tocar”, aportando un relieve singular y sensorial. Ese fondo debe gustarle por sí mismo, como una obra independiente: una abstracción donde las pinturas se funden y se mezclan. Incluso admite que, llegado ese punto, podría detenerse, porque el fondo ya sostiene un mundo completo.
Sobre esa base —una superficie viva, no lisa— incorpora las figuras mediante tampografía, técnica que describe como una manera de estampar “como si fuese un grabado”, disciplina que le atrae especialmente. El procedimiento, tal como lo cuenta, tiene algo de artesanal: recorta siluetas en materiales que aportan grosor, construye una especie de tampón o sello, pinta sobre esa “matriz” y estampa sobre el lienzo. La repetición, sin embargo, nunca es idéntica. Cambia la carga de pintura, cambia la presión, cambia el modo en que la figura se deposita sobre la materia del fondo, con la que dialoga. En ese momento aparece, de nuevo, un pensamiento: las figuras comparten estructura, pero son distintas. Cada huella se altera según el terreno que encuentra debajo.
El fondo, además, no solo “recibe” esas impresiones: las transforma. Al estampar sobre una superficie texturada, algunas figuras quedan incompletas, otras se rompen, otras se abren, según el relieve del soporte y el estado de las capas anteriores. Esa irregularidad no le parece un defecto, sino una manera de acercarse a lo orgánico, a lo imprevisible, a lo que no se produce “de forma matemática”. En su explicación, el acto de pintar se parece a la relación entre ser humano y naturaleza: tú actúas sobre el entorno y el entorno actúa sobre ti; el resultado es una negociación constante. Por eso, en sus cuadros, el fondo cuenta por sí mismo y, al mismo tiempo, condiciona lo que sucede encima: las figuras no se imponen del todo, dialogan con lo que ya estaba, se integran y quedan afectadas por la materia.
Ese modo de crear se entiende mejor cuando habla de sus inicios y de su vínculo con el pensamiento. Recuerda un momento decisivo en la adolescencia: un profesor de diseño, André Auterrades, le abrió el mundo artístico en Mallorca. Lo acompañaban a exposiciones, conoció su estudio en Palma y, a partir de ahí, el arte dejó de ser solo una afición para convertirse en un camino posible. En aquel tiempo —explica— estudiar Bellas Artes se vivía como un riesgo, incluso dentro de la familia, por la incertidumbre sobre el futuro profesional. Él mismo se planteaba estudiar Filosofía y Letras, y esa inclinación no desapareció: la lectura y la reflexión siguieron acompañándolo y terminaron formando parte del motor creativo, de los conceptos que atraviesan sus obras.
Alaminos insiste en que su trabajo no se sostiene únicamente en lo estético. Le importa el concepto, la idea que empuja la imagen. Aunque le gusta escribir, su forma principal de comunicar es a través de la pintura; por eso da importancia a los símbolos y también a los títulos, que orientan el sentido y funcionan como puerta de entrada. Su proceso creativo nace de preguntas, de reflexiones, de lo leído, de lo pensado: un trabajo que comienza antes del lienzo y que encuentra en la imagen una manera de decir lo que no siempre se resuelve con palabras.
El artista valora los encuentros como parte del camino. Para Alaminos, las exposiciones colectivas permiten conocer la producción de otros creadores y comprobar cómo trabajan desde lenguajes distintos, pero también enriquecen desde lo personal mediante la charla y el intercambio. En Melilla, ese universo de tránsito, identidad y relación con el entorno se integra en la exposición colectiva Els viatges dels Baleàrics, impulsada por la Fundació Baleària y ubicada en el Real Club Marítimo de Melilla hasta el próximo 28 de febrero. La propuesta reúne a distintos artistas en torno al concepto del viaje y lo aborda desde disciplinas como la pintura, la fotografía o el collage.








