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Un instante mortífero en que la humanidad traspasó el umbral sin retorno (y II)

No cabe duda, que el lanzamiento de la bomba atómica sobre las ciudades niponas de Hiroshima (6/VIII/1945) y Nagasaki (9/VIII/1945), presumió la inmediata rendición del Imperio Japonés (15/VIII/1945) y la consumación de la Segunda Guerra Mundial: el conflicto bélico más demoledor, donde la aldea entera se vio aprisionada entre el escepticismo y la amenaza como resultante del comienzo de la era atómica en el marco del ‘Proyecto Manhattan’.

En un abrir y cerrar de ojos, el gran desafío entrañaba alcanzar nada más y nada menos, que un acuerdo para salvaguardar el control atómico en un dificultoso entorno internacional que súbitamente confluiría en la Guerra Fría (12-III-1947/26-XII-1991). La bomba atómica amotinó una retahíla de sucesos históricos que imprimieron el acontecer de aquellos días aciagos y el preámbulo de una posguerra sobre la que de pronto, descendería una larga oscuridad de temores y suposiciones sobre el futuro más inmediato de la energía nuclear.

Ni que decir tiene que Estados Unidos, promotor del artefacto atómico, sería el primero en advertir su fragilidad en el caso de que la fórmula de su confección cayese en manos de potencias rivales. Llámense la Alemania de Adolf Hitler (1889-1945) o a posteriori, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) de Iósif Stalin (1878-1953). De ahí, las lecturas forjadas en aquel ensamble histórico. Una de ellas, la necesidad imperativa de Estados Unidos y sus aliados contiguos, especialmente Canadá y Gran Bretaña, por fijar un control informativo empecinado sobre la ejecución de aquel artefacto destructor y de apuntalar su secreto atómico.

De este modo, el lanzamiento de las dos bombas atómicas trajeron aparejado complicidades incesantes, empezando por el impacto en la diplomacia mundial, fundamentalmente, en la estadounidense. Acto seguido de Hiroshima y Nagasaki, la agenda global quedó acentuada por el menester de instaurar una inspección sobre la energía atómica, habida cuenta de que los países estaban faltos de protocolos jurídicos para codificar los hallazgos científicos y como pudo evidenciarse, prosperaban a marchas apresuradas y no justamente en beneficio de la humanidad.

En tanto, la diplomacia encaraba un reto determinante, específicamente, porque una opacidad de pánico se desplegó sobre el paisaje de aquella posguerra, ante el mínimo resquicio de que el secreto atómico llegase a manos contraproducentes. Amén, que no iba a ser una labor sencilla lograr un acuerdo sobre quién ostentaría el control atómico. Un escenario que empeoró la atmósfera de malestar durante la Guerra Fría. Y del debate suscitado se desglosaron diversos juicios éticos, muchos todavía palpitantes.

Dicho esto, el punto y final de la Segunda Guerra Mundial (1-IX-1939/2-IX-1945) parecía encajar con la batida y manejo del fervor atómico como un arma mortífera en ningún tiempo antes vislumbrada. Desde entonces y hasta nuestros días, esta energía gravitada en la fisión controlada del átomo, se ha convertido para mal en un todopoderoso mecanismo de turbulencias de las conciencias y ha condicionado a más no poder el resultar de los engarces internacionales.

Además, este arma novedosa produjo desde los más opuestos a los más contradictorios acaparamientos, despuntando por encima del resto. Los titulares del secreto atómico parecía hallar la solución final, como única, incuestionable e innegable a las complejidades sociales, como a los forcejeos entre los estados y los contrastes ideológicos y políticos. De forma, que aquel que ostentase el secreto atómico tendría la capacidad de alzarse como el árbitro sublime del destino humano. O lo que es igual: la energía nuclear era el emblema de la supremacía mundial.

Con solo lanzar dos o tres insignificantes cargas, bastaría para doblegar a los remisos, persuadir a los puntillosos y someter a los agitadores. Y esto se descifraba en una incongruencia chocante: los individuos autores del lanzamiento de las bombas, eran los que más dudaban por su seguridad, si es que alguien localizaba el secreto.

Dados los medios subyacentes, el influjo de la energía nuclear se erigió en una cuestión apremiante. En principio, para desviar la imprecisión, acortar la alarma, pero, sobre todo, para no quebrar las lazos internacionales más de lo que ya se atinaban. Así, los discursos en torno al control sobre la bomba atómica era uno de los asuntos más introducidos por la diplomacia de posguerra, ya que el artefacto reemplazó de modo tajante la antigua noción del interés nacional, añadiéndose un nuevo y categórico elemento: la desaparición humana como una probabilidad irrefutable.

A ello hay que incorporar que la dicotomía de veredictos se hizo manifiesto cuando se propuso la interrogante sobre quien debía ser el custodio del conocimiento de aquello que circulaba a expensas de la energía nuclear. Primero, aquellos incondicionales de un control meramente americano y, segundo, los que alentaban la tesis de que fuera la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de reciente plasmación, la que se comprometiera a través del Consejo de Seguridad sobre el control atómico.

“El gráfico atómico ennegrecido sembró una vasta convulsión que dio origen a tiempos de desconcierto, perplejidad y un sin número de interpelaciones sin réplica”

Es preciso recordar al respecto, que la obtención de la bomba atómica se perpetró con el mayor secretismo y sin ninguna muestra de participación diplomática. Durante las primeras etapas del ‘Proyecto Manhattan’, la bomba se proyectaba como una herramienta más de devastación, a merced del engranaje de guerra, aunque como artimaña diplomática y de fuerza de los Estados Unidos, habría de servirse para exhibir y acreditar su efectividad al Kremlin.

Años más tarde, paradojas de la vida, el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower (1890-1969), llegaría a exponer que fue la bomba atómica, más que cualquier otro tema, lo que instó a la diplomacia a trabajar convenientemente.

En paralelo, se hacía notar esta problemática tratada, pero no sólo en las vías de transmisión habitual como los rotativos, sino igualmente en algunos documentos jurídicos sancionados como el Acta de Energía Atómica, conocida también como el Acta McMahon, que concedía al Gobierno para facilitar licencia a la creación de reactores nucleares con una objetivo civil. Así, se partía del principio de que la Administración de la Casa Blanca sería el tutor para la instauración de una tecnología de reactores que se afianzara económicamente y predispusiera una industria en el sector capacitada para mantenerse por sí misma. No obstante, el programa de energía atómica para prácticas pacíficas persistiría arrastrando el lastre de la memoria de Hiroshima y Nagasaki.

El sino de instituir un control sobre la energía nuclear no pasó de largo al afrontar su utilización para aplicaciones rigurosamente pacíficas. El círculo científico llegó a contemplar la coyuntura de la conducción de explosivos nucleares para modificar el trazado de las corrientes marítimas, desvanecer el riesgo de los huracanes e incluso de las erupciones volcánicas. La servidumbre última incurría sobre una clase política que captó los inconvenientes que afrontaba en el momento de desterrar la carrera de la energía atómica para predisposiciones bélicas.

Luego, los celos se enfocaron a la formación de una comisión de vigilancia, la regulación para una utilización pacífica y la incrustación de salvaguardas para prevenir a los estados pacíficos en contra de potenciales ataques de actores expansionistas. Su intervención era distinguida como un ejercicio único y preferente de las Naciones Unidas, a través del Consejo de Seguridad y bajo la premisa de que un hallazgo como la bomba atómica no podía ser centralizado por una única nación, sino como una pertenencia para todos. Pero ojo, porque el presidente Harry S. Truman (1884-1972) dio a deducir que la fabricación habría de continuar en secreto, por referirse a un arma con enorme potencial letal, en una situación en el que las presiones y recelos por estar al tanto de lo que trascendía con el secreto, polarizaban su máximo realce.

Y aún en la disyuntiva de compartir con estados aliados para un manejo pacífico de la energía nuclear, esas cuestiones no serán reunidas con investigaciones que den a saber de buena tinta el desarrollo de manufactura de la bomba atómica. Expuesto de otro modo: el secreto nuclear habría de quedar como privilegio dominante de Estados Unidos, su productor.

Pese a todo, aquello era cuestión del tiempo transcurrido. Se conoció que durante la Segunda Gran Guerra, Japón había materializado indagaciones sobre la bomba atómica, aunque las tentativas naufragaron por motivos de que los físicos japoneses llegaron a decisiones equívocas y los Boeing B-29 Superfortress echaron por tierra el laboratorio de Tokio. Conjuntamente, en los sectores más contiguos a Truman se discurría con que la Unión Soviética podía crear su propia bomba atómica en un intervalo de cinco a diez años.

Llegados a este punto, Truman entonó un discurso ante el Congreso de los Estados Unidos (3/X/1945), donde declaró que el rompecabezas del control de la energía nuclear era tan indispensable, que no podía estar a la expectativa de que Naciones Unidas decidiera una escapatoria final. Decía literalmente: “La esperanza de la civilización radica en la decisión de renunciar al empleo y desarrollo de la bomba atómica y en el de dedicar la energía únicamente a fines humanitarios. De otra forma, la única alternativa que puede haber será la de emprender una desesperada carrera por armarse, que tal vez termine en un desastre”. A su vez, Truman indicó que la liberación de la energía atómica configuraba “un acontecimiento demasiado revolucionario como para ser considerado dentro del marco de las viejas ideas”, por lo que la “civilización exigía que alcancemos en el menor tiempo posible un ordenamiento satisfactorio para el control de la energía atómica, de modo que llegue a ser una influencia poderosa y eficaz en el mantenimiento de la paz mundial, en lugar de un instrumento de destrucción. La esperanza de la civilización se basa en la posibilidad de concluir acuerdos internacionales que lleguen en lo posible, a la renunciación del uso y desarrollo de la bomba atómica”.

Con este grado de premura resultó definitivamente un acuerdo general en clave a los avances que debían facilitarse, al objeto de que un grupo internacional tuviese bajo su responsabilidad la custodia de la elaboración de la bomba atómica.

Convocados en una reunión puntual, los Jefes de Gobierno norteamericanos, canadiense y británico, convinieron un diseño común para someter a control el uso de la energía atómica. Es decir, aquella liberada por la desintegración del átomo. Y esto, con el matiz de que la energía nuclear podía y debía hacerse valer para “fines pacíficos industriales y benéficos para el género humano”.

Como era predecible, la dificultad tratada en torno al control atómico se vivió de modo distinto en aquellos estados atraídos en obtener la receta nuclear y operar con su energía, acorde a sus alicientes geoestratégicos. Prueba de ello es la Unión Soviética, exteriorizando su discreción hasta el punto de quitarle resonancia. Con todo, una vez distado poco más de un mes desde la hecatombe de Hiroshima y Nagasaki, los rusos se posicionaron dando a interpretar que la bomba atómica no debía ser abarcada por una potencia o grupo de potencias, porque eso entrañaría la ganancia de la superioridad hegemónica global.

Por ende, intercedieron por ceder el ingenio atómico a un consorcio que lo salvaguardara como un dispositivo prescrito de orden y el recurso más valioso de comprensión mutua entre los países admiradores de la paz. No soslayando lo anterior y en base a la indicación soviética, se trató de que posteriormente se deliberaría la materia nuclear. Y como era de presentir, Estados Unidos era el más afectado en llevar las riendas del control de la energía atómica. Mientras tanto, el tiento y la inseguridad se convertían en reseñas de portadas diarias en los principales diarios, donde se ojeaban encabezamientos en primerísima plana como: “Una sola bomba atómica podría destruir cuarenta millones de vidas en los Estados Unidos si fracasa la diplomacia internacional”. A ello se articulaban proposiciones insistentes y nada tranquilizadoras.

A fin de cuentas, la opinión que cobraba más fuerza y que gozaba de más seguidores, por momentos se reforzaba en situar la seguridad en manos de Naciones Unidas. Lo que entreveía eliminar el cartel del secreto y control atómico a Estados Unidos.

Al mismo tiempo, supeditados los edificios industriales al examen internacional, se calculaba en ese entonces que se pondría la conclusión irrevocable a la fabricación de bombas atómicas. El envite no sólo abrazaba la revisión de la energía nuclear, sino los proyectos científicos militarmente estratégicos que permanecerían bajo la vigilancia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

En respuesta a lo anterior, la ONU nació el 24/X/1945 y desde el primer instante tuvo el incentivo de conformar el universo de la posguerra, comprendiendo el laberinto del desafío de examinar la energía atómica. Y tras una sangrienta conflagración, fueron numerosos los anhelos confiados en esta organización. Si la bomba atómica puso el colofón a la Segunda Guerra Mundial, este dispositivo izaría una infausta y prolongada negrura sobre los trechos de posguerra (1945-1980).

El choque sobre la conducción, disposición y regulación de la energía nuclear no sólo quedó a criterio de científicos y políticos, sino que asimismo contó con el aporte de la sociedad civil. Véase la Conferencia Mundial de la Juventud celebrada a últimos de 1945. En su clausura, se consensuó un escrito donde se reclamaba que el control de la energía atómica se internacionalizase y fuese gestionado por Naciones Unidas, al igual que los hallazgos técnicos y científicos se emplearan en bien de todas y todos. Sin eludir, que los criminales de guerra se condenaran sin dilación.

Tampoco quedaron al margen afiliados de entidades culturales y de agrupaciones pacifistas, elevando su silencio en contra del monopolio del “inhumano elemento de destrucción”, demandando su entrega a la jurisdicción internacional. Y cómo no, se topaban aquellos que mediaron por la desaparición de los archivos secretos que contaban con métodos, estudios y operaciones para la obtención atómica.

En síntesis, Estados Unidos permanecía en su obstinación de ser el único escolta del secreto atómico y de cualquier manera, hacía derivar su descubrimiento a la conformación de un molde de garantías, hasta adoptar una decisión de común acuerdo entre las naciones.

Claro, que ello constituía que sería la potencia estadounidense en toda regla la que resolvería cuándo las circunstancias eran las adecuadas para compartir el secreto atómico. Y de cara a la formalidad de una aceptación conjunta por parte de los países, Estados Unidos se guardaba el derecho a veto, por más de que concurriera una mayoría confrontada, siendo palpable que la misión del control atómico se había convertido en arma ofensiva.

Aquello no era sino un guiño de fortaleza en cuanto a la nueva política americana, ya que Estados Unidos persistió en su encaje procesando la innovación de bombas atómicas. Al igual que en Gran Bretaña se recogía el guante de elaborarlas.

En los primeros momentos de la posguerra la divergencia entre palabras y hechos eran absolutos: Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá tantearon que si bien, era preciso tratar con algunos actores los conocimientos científicos en torno a la energía nuclear, se insistía en el riesgo de dejar ver el secreto de la fabricación. Aun así, el encontronazo de apreciaciones, valoraciones y conjeturas era irrebatible en Estados Unidos.

Por el contrario, Naciones Unidas salía a flote con una intensa actividad para desempolvar la desconfianza imperante, resultada de la falta de efectividad de los acuerdos internacionales. Hasta el punto, de que las muchas conjeturas se ajustaban en que la organización pudiera implorar a Estados Unidos a que acatase la normatividad comunitaria. O tal vez, requerir a sus respectivos gobiernos a que sus conciudadanos procedieran de acuerdo al sentido común. Un quebrantamiento de los acuerdos presumiría caer en un crimen por el que las personas podían ser enjuiciadas y condenadas.

“Como se ha hecho ostensible en estas líneas, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, reprodujo un antes y un después con signo despiadado en la historia de la humanidad”

Para numerosos individuos, el hecho de que Naciones salvaguardara el secreto de la bomba atómica era el único proceder de garantizar la paz, ya que supervisaría cuidadosamente las maquinarias y los equipos industriales y científicos de “los agresores del pasado y posibles agresores del futuro y todo peligro de una futura conflagración quedaría eliminado”. Toda vez, que Naciones Unidas únicamente podía asumir este control, en la medida que se cristalizara la cooperación internacional.

En los momentos llamémosle, agónicos y comprometidísimos de la Segunda Guerra Mundial, éste era el recado que entrecortó la faz de la Tierra: “Debemos encontrar la paz o encontraremos la destrucción completa”. Y en consonancia al contexto reinante, lo ansiado no comparecía y los estados más omnipresentes, lejos de engarzarse, se empinaban a una irreversible disociación para dar inicio a lo que más tarde se avistaría como la rivalidad del Bloque Occidental (capitalista) y el Bloque Oriental (comunista), esculpidos en la Guerra Fría.

Una muestra de lo mencionado se distinguió en la Conferencia Atómica de Washington, donde se pactó llevar a término un compartimiento de los países miembros de la ONU en dos subclases bien caracterizadas, reflejando una partición temeraria y absolutamente antagónica con los patrones de cooperación. Primero, los que avalaban ser receptores preferentes de la bomba atómica y, segundo, quienes se les estimaba ignorantes del secreto.

Llegando al final de este relato, los más obstinados desenmascararon que era quimérico y hasta absurdo, que los que ostentaban el arma atómica y sus misterios ignotos, lo confiaran en alguna institución jurídica. Y es que todo se enfilaba al control y regulación de la investigación y fabricación del artefacto nuclear. E incluso se planteó el enfoque que el Consejo de Seguridad verificase la extracción de uranio, por lo que las minas habrían de estar revisadas por una comisión de agentes de otros países, con interventores asentados en cada estado donde existieran depósitos de mineral.

Consiguientemente, a pesar de los pros y los contras que complicaban cualquier proposición de control sobre la energía atómica, los representantes de las relaciones exteriores de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética comunicaron los acuerdos alcanzados con relación a los Gobiernos de Corea y Japón.

A la par, ha de subrayarse el ahínco de Naciones Unidas, habiendo de mediar para que la energía atómica se utilizara exclusivamente para fines pacíficos. A decir verdad, desde los años cincuenta hasta la fecha, paulatinamente se han esparcido algunas semillas no sólo para la inspección de la energía nuclear con fines bélicos, sino para defender la firme convicción de que es viable un mañana sin la bomba atómica.

Como se ha hecho ostensible en estas líneas, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, reprodujo un antes y un después con signo despiadado en la historia de la humanidad. El gráfico atómico ennegrecido sembró una vasta convulsión que dio origen a tiempos de desconcierto, perplejidad y un sin número de interpelaciones sin réplica.

La apoteosis vivida del triunfo aliado percutió en un mar de dudas desembarazada en torno a la exclusividad del artefacto nuclear. Estados Unidos había definido su superioridad científica y militar, aunque terminaría advirtiendo que aquella producción tecnológica poseía una rúbrica estrictamente transitoria y que tarde o temprano, el formulario de la fisión del átomo estaría en manos de otras potencias del momento.

Con esta aserción última que nos incita a analizar en profundidad sobre si efectivamente era preciso lanzar la bomba atómica, el dilema de su control terminó convirtiéndose en un arma diplomática y de poder arrojadiza y con su innato atributo ofensivo, más aún, cuando en aquellas travesías de paz pronto emergería un duelo alegórico entre Estados Unidos y la Unión Soviética: ambas potencias con capacidad nuclear para una destrucción de impredecibles efectos.

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