Rafael y Felipe son dos policías nacionales de Melilla que con más de 30 años de servicio se han visto obligados a compartir piso empujados por su situación personal y los recortes en los sueldos del Cuerpo. Rafael y Felipe (nombres ficticios) son dos policías nacionales destinados en Melilla que han llegado a la ciudad de un empujón que les pegó la vida. Tienen más de treinta años de servicio en el Cuerpo y comparten piso, una situación impensable para agentes de cincuenta y tantos años hasta finales de los 90. La suya es la cara amable de los ‘pisos patera’ de la Policía Nacional, que crecen como setas desde que empezó la crisis.
La casa que comparten en el barrio del Industrial está impecable. De eso se encarga Rafael, que es muy apañado cocinando y ordenándolo todo. Felipe dice que no ayuda porque su compañero no le deja. Se llevan bien y eso ayuda a que el día a día no se les ponga cuesta arriba.
Los dos llegaron a Melilla para mejorar su calidad de vida. Rafael es de Murcia y Felipe de Barcelona. Después de divorciarse, dejar la casa a la ex esposa y pasar la pensión a los hijos, el sueldo (unos 1.600 euros) se les quedaba corto. “En la península no podía vivir. Vine aquí para mejorar y en cuanto llegué empezaron a llover los recortes”, comenta Felipe, un agente que sabe lo que es jugarse la vida en el País Vasco.
“Este mes he ido a Correos porque mi ex mujer me ha embargado la nómina. Del sueldo me están quitando 1.000 euros. Aquí en Melilla puedo soportarlo. Si hubiera vivido en la península tendría que tirarme de un puente”, comenta Rafael, que a sus 57 años se siente frustrado.
“No tengo el apoyo de mis hijos y te encuentras en una ciudad extraña, solo, mal pagado... Pero aquí estaré hasta que me canse”, insiste el murciano que trabajó de escolta en Madrid.
Después de toda una vida trabajando, la crisis y los recortes han convertido su sueldo en un motivo de preocupación. “Primero nos quitaron el 5% (165 euros) del salario, luego las pagas extra (2.300 euros) y esta navidad los complementos (120-160 euros). “Hemos visto la vida pasar a peor”, comenta Rafael.
Su compañero, Felipe, ya lleva 15 años viviendo en Melilla. Él, apenas dos años y medio. “Yo oí decir que en Melilla se ganaba más y pedí el traslado aunque sólo conocía la ciudad de oídas”, insiste Rafael.
“Yo estaba en Barcelona, me fui a San Sebastián y cuando me separé me comentaron que por qué no me venía a Melilla, que aquí se ganaba más. Todos venimos por eso. La mitad de los policías que pedimos el traslado a la ciudad, lo hacemos por dinero. Si miras el perfil de los policías que llegan, compruebas que es gente mayor y separada. Está llegando gente con ciento y pico de puntos de baremo”, subraya Felipe.
Pero no todo es color de rosa en Melilla porque los alquileres son caros, comenta Rafael. “Si vives solo no te compensa y te preguntas a qué has venido”.
No compartían piso desde el 72
“Nosotros entramos en la Policía Nacional en el año 1972. Entonces compartíamos piso en Madrid o vivíamos con una señora que nos hacía de comer. En los ochenta se empezó a poner medianamente bien la situación. De ahí, vivimos medianamente bien hasta el 2003. A partir de ahí se congelaron los salarios y no hubo subida ninguna. A nosotros la bonanza económica no nos benefició. Hubo gente que ganó mucho dinero en esa época. Nosotros no”, explica Rafael que aparte de tener 1.000 euros embargado de la nómina tiene que pasarle 500 euros a un hijo de 21 años. “Nunca quiso estudiar nada y ahora quiere hacer una carrera universitaria”, explica.
Sin ingresos extra
Con la crisis no sólo han llegado los recortes. La escasez de trabajo también ha perjudicado a los policías nacionales que ahora no pueden compaginar su trabajo en el Cuerpo trabajando en otros sitios.
“Hasta hace unos años había mucho pluriempleo en la Policía Nacional. Es algo que no se puede hacer, pero que está tolerado y ahora te faltan 500 euros y no puedes trabajar porque con la crisis no hay trabajo ni para los que no tienen nada”, comenta Felipe.
Después de 15 años en la ciudad, él echa la vista atrás y le es fácil decir que se adaptó rápidamente. “Yo siempre he estado solo. Cuando llegué no había ni casas de alquiler. He estado viviendo tres años en La Cañada. El piso era un poco más grande que éste (el que tiene alquilado a medias con Rafael en el Industrial) y pagaba 50.000 pesetas”, añade Felipe.
De Melilla, insiste, “de momento no me saca nadie. A esto cuando yo llegué en el año 1998 le llamaban la jaula de los barrotes de oro. Creo que me iré cuando me jubile”, recalca.
En lo que va de año, la crisis de verdad, la que se nota en la península y tiene en vilo a España, ni Felipe ni Rafael la han notado aún. “La empezaremos a notar cuando nos quiten la paga extra de Navidad”, vaticinan.
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