Guerra, del germánico ‘werra’, pelea o discordia, sobre la que por activa y por pasiva reincidiré en estas líneas, junto a la destrucción y múltiples formas de violencia, son las expresiones que a criterio de ilustres analistas redundan en el siglo XXI. Guerra, valga la redundancia, en todos sus términos. Guerra, de sombra tenebrosa que no deja superficie sin arruinar, extensión sin invadir y marco sin trastornar, enmarañando de una u otra manera cualquier resquicio de al menos una paz imperfecta.
Con no perder de vista al Emirato Islámico de Afganistán en 2001, se puntea el comienzo de una etapa de acometimientos de los influjos mundiales contra las barreras de cualquier naturaleza, en una tentativa más de sometimiento y acomodamiento a sus expeditivas, procedimientos e intenciones. Si bien, como peculiaridad destacada de estos lapsos imperantes, el juego de palabras de las guerras no solo acontecen en los formatos de organización de la vida y, por tanto, ponen en juego armas no bélicas en conjunción con las que frecuentemente se retratan como armas de guerra, sino que igualmente adquieren peculiaridades diferentes para amoldarse a las esferas históricas, geográficas y sociales en plena efervescencia.
A fin de cuentas, se contrasta la finalidad perseguida: dominar, demoler, crear contextos de desconcierto y desórdenes o alojar el miedo. O tal vez, lo que en cada momento resulte más provechoso en términos de las maquinaciones de la guerra. Luego, se pone en movimiento un sinfín de pericias que van siendo implementadas con astucia como réplica a la magnitud de los desafíos y primicias del combate, como de la tenacidad, escapatoria o contraofensiva del contrincante a derrotar.
Ni que decir tiene que el desenvolvimiento geográfico de las guerras contemporáneas es tan indeterminado como la guerra misma y puede dibujarse como una guerra inextinguible de los poderes principales y las enormes potencias. Asimismo, guerras focalizadas en regiones con imponentes riquezas, o en masas de agua estratégicas, territorios con colectividades díscolas o instigadoras, ahí donde se atinan bolsas de agua dulce o se puede amputar la travesía a los flujos de hidrocarburos. Como también, guerras sin límites terrestres que han quebrado las divisorias para erigirse en guerras categóricas que vulneran cualquier obstáculo del Derecho Internacional Humanitario.
Dicho esto, la industria armamentística o de defensa precisa de guerras que, a su vez, demandan armas, municiones y otros artículos derivados. Ahora bien, los argumentos de las guerras son variados. Podría decirse que desde el menester de abatir y desbaratar al otro, indispensable en la competitividad capitalista, hasta la incautación de demarcaciones valiosas de riquezas naturales, o itinerarios de conexión acreditados, e incluso imposibilitar coaliciones adversarias o conspiraciones e indisciplinas, pero igualmente la viabilidad de forjar o agigantar acciones convenientes como abrir o intensificar la productividad y circulación de sustancias excitantes, la trata de personas o la comercialización de armas y equipo militar.
Sin pretender resultar cansino con datos que se hacen ineludibles saber de buena tinta, entre 2001 y 2021, respectivamente, Estados Unidos, poco más o menos, dobló el valor de exportaciones de armas, transitando de 5.890 millones de dólares a 10.600. Y en suma, de los diez países que miden las mayores operaciones en venta, únicamente dos no corresponden a la Coalición Occidental. Me refiero a la República Popular China y la Federación de Rusia. El resto son integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), exceptuado el Estado de Israel. Ciertamente, llama poderosamente la atención que la venta de armas adquirió los dígitos más elevados en los años noventa, en parte por las Guerras de los Balcanes (8-X-1912/10-VIII-1913), aunque descendió levemente con el estreno del nuevo siglo.
A la sazón, Estados Unidos ha estado impulsando el armamentismo para situar su producto que contrapuntea de lleno con Rusia. Sin lugar a dudas, las Guerras de Afganistán (7-X-2001/30-VIII-2021) e Irak (20-III-2003/15-XII-2011), más las tiranteces habidas en la región y el conflicto bélico tras la invasión rusa de Ucrania (24/II/2022), han pesado para aumentar el filón de las producciones de armas. Con lo cual, la preeminencia de este ensanchamiento en dirección a Asia Central subyace con un punto de amarre en su interior y con realidades geomorfológicas de proyección para desde ahí, producir una interposición más prolongable, envolviendo los espacios que estaban fuera del control concentrados por la Unión Soviética.
En este ejercicio uno de los retos a encarar era el protagonismo de actores regionales cultural y territorialmente afincados en esas circunscripciones y con historias antiquísimas, pues totalizaban un entorpecimiento, e incluso un peligro para defender la coyuntura de una supremacía mundial.
Fijémonos sucintamente en la República de Irak, potencia de relación política de las fuerzas regionales de cara al poder de Occidente y propietaria de 145 mil millones de barriles de petróleo en reserva y que ostenta el quinto puesto global, se convirtió en el segundo blanco directo en el despliegue de fuerzas y aportó una estampa estratégica en el Golfo Pérsico y Medio Oriente. El otro nodo de atracción político-religioso es la República Islámica de Irán, con balance nuclear, estabilidad cultural y religiosa e importantes reservas de petróleo. Aparte de presumible aliado en una alianza que ponga impedimento en el desdoble de Occidente. Por ello, este último país ha sido reprimido a una política de encerrona, acorralamiento y aislamiento.
"Las guerras, por instantes indescifrables con su fuerza de gravedad que imprimen otras, afloran en cuantiosos territorios del planeta y siempre al acecho, ahí se encuentra presta, la omnipresente y todopoderosa industria de hacer la guerra para llevar a su máxima expresión la maquinaria de la destrucción"
Pero China y Rusia son los fines principales. Como potencias emergentes de visible perfil, capacidad y perspectivas y con una historia de discrepancias alternas, se han afianzado como los mayores contendientes al despliegue del poder norteamericano en una causa sincrónica de acercamiento progresivo.
A día de hoy, la pujanza económica más el potencial militar y tecnológico, unido a los pactos entre ambos, incluso en el ámbito militar, los convierten en una asociación temeraria para la hegemonía americana.
El modus operandi en los casos específicos de los laberintos de Afganistán e Irak, sería la guerra enfundada de un relato que verificó cualquier intromisión, sin incumbir los incumplimientos de los principios y el Derecho Internacional Humanitario, por medio de la construcción del denominador común del terrorismo.
Sin embargo, el señuelo es conseguir el empeño principal, China y Rusia, después de establecerse en sectores inmediatos y socavar el entorno de los estados colindantes, componiendo zonas o ampliaciones de superficies grises desde donde abordarlas, ya sea por mordaza, violación de sus condiciones básicas u originándoles momentos de debilidad lo bastantes como para interponerse de alguna manera.
Aun estando al corriente de la superioridad numérica y las tácticas han ido lastrando las defensas ucranianas, Rusia se ha empecinado en esta guerra que es una pieza imprescindible en el tablero estratégico en términos militares, energéticos y alimenticios. Indiscutiblemente, se la ha procurado encadenar a una presión energética y a incesantes cercos financieros. Toda vez, que con China la parcela ha sido más bien la que atañe a la economía, pero las oscilaciones y desplazamientos en el acicate del Indo Pacífico por parte de Estados Unidos, seguido por el Reino Unido, muestran un pulso de estrangulación.
Por lo demás, los enfoques en Taiwán no sólo persiguen amedrentar a China, sino de igual forma fiscalizar la órbita de abasto de petróleo del que el gigante asiático está falto. Y como revestimientos circundantes e incursiones explícitas o inmediatas en la zona, inspeccionando mares y travesías estratégicas y forjando conflictos irregulares, Estados Unidos pretende conservar su lugar relevante frenando la tonificación de China y Rusia y sus socios.
La incógnita reside que con la labor en planeación estratégica, inteligencia, diplomacia, participación y formación de condiciones prácticas de superioridad militar, Estados Unidos ha de hacer frente ante rivales con medios militares, económicos y tecnológicos de un grado similar y con representación de gravitación internacional.
Llegados a este punto de la disertación, los impulsos en tecnologías de inteligencia artificial, como de captación y procesamiento de la información, traspasan todos los calibres de la guerra y de los forcejeos de superioridad.
Las guerras a distancia, con vehículos no tripulados o con la maniobra franquicia de los hackers, campañas de espectro rematado que sitúan como baricentro estratégico adentrarse en los sistemas informáticos críticos para perturbar la marcha cadenciosa de un país.
A tenor de lo anterior, puede ser como en Irán, los sistemas de control de centrales nucleares, o en los sistemas y medidas de protección del Pentágono, o los sistemas financieros u otros que induzcan a naufragios de gestión, hipotéticos incidentes o determinaciones erradas con alcances considerables. Y con los ciberataques cuya acción es intencional y maliciosa se trata de invalidar al rival, de frustrar cualquier respuesta con eficacia o de suscitar caos en sus núcleos de control.
Además, con condiciones progresivas de urbanización, la administración social se apuntala en una proporción notable en los sistemas informáticos. La vigilancia del conjunto de servicios públicos y poco más o menos, el cúmulo de tareas de mandato institucional, gubernativo y privado, se encuentran sistematizados y normalizados electrónicamente. Y con más conocimiento de causa, se ocasiona con materias en gran manera prioritarias como las del sector financiero o las deferencias de seguridad nacional. Ya es repetida la lámina del soldado que percute con total exactitud a un adversario apostado a kilómetros de distancia.
De hecho, han sido numerosas las actividades de hackers de toda modalidad y designación, poniendo en alerta e incluso en peligro, algunos métodos o centros de alto rendimiento.
Una vez que esto se ha llevado a término, la voluntad deliberada para robar, comprometer, descomponer, deshabilitar o echar por tierra reseñas, aplicaciones u otros activos, se ha englobado como teatro de operaciones de una guerra que contiene diversas aristas, características, instrumentos y criterios, pero que bajo sus modos maliciosos, forma parte de la guerra que no se comprime meramente al plano militar, sino que se infiltra en todos los carices de la sociedad.
Claro, que la sofisticación obtenida por la tecnología de la guerra anticipa contiendas de vastas derivaciones y fuste. La dimensión demoledora con un extenso soporte informático se expande por doquier, con elevados indicios de mortalidad. Amén, que la ciberguerra, propia de los tiempos que vivimos, se instala como una de las fórmulas fundamentales de las nuevas luchas, lo que aun pudiendo otorgar imaginar una guerra limpia, es tan solo uno de sus desniveles y se armoniza incluso con la intimidación nuclear.
La sugerencia de guerra de espectro completo en la interpretación de la Sede del Departamento de Defensa de los Estados Unidos (Pentágono) como el de guerra absoluta, denota una duplicación de recursos, frentes abiertos, herramientas e ingenios y conductas en una conjunción que aspira enflaquecer la amplia mayoría de las probabilidades de defensa del enemigo: no dejar fisuras sin reparar y cubrir los flancos. Y el riesgo mayor parece estar enfilado por guerras afinadas y contra combatientes de estatura y capacidades parecidas, en las que se ponen en juego el ser o no ser hacia un futuro que podría quedar extinguido.
Entre tanto, las disensiones y razonamientos del poder no están lejos de arrastrar a un holocausto generalizado en el que nadie alcanza la victoria porque todos fracasan, imprimiendo las acotaciones del sistema capitalista.
El desastre ambiental producido por el carácter capitalista de organización que asesta a un desplome del sistema, se ve precipitado por guerras multidominio y multiescalares, cuyo armazón tecnológico y acentuación empeoran las marcas de calentamiento global y contaminación.
El enfrentamiento entre potencias está en marcha, desplazándose moderadamente mediante guerras colaterales, usurpando progresivamente regiones, fracturando puntos estratégicos con acciones pertinentes que no desencadenen todas las fuerzas del lado contrario, cercando al contrincante o queriendo minar o poner en estado de inseguridad sus puntales estratégicos.
En opinión de diversos observadores, esta sería la amenaza superlativa por su conmoción letal. Y es que la guerra oculta sucede a menudo para someter, controlar y disuadir cualquier muestra de fuerza incisiva o perturbadora. La manera de imponer una determinada dominación exige desplegar fuerzas de diversas tipologías y en todos los campos. Lo mismo resulta con la movilización de buques de guerra que con pequeñas concentraciones capaces de circular traspasando barreras, alcanzan un objetivo exacto en las zonas más recónditas.
La concepción del combate multidominio y la disposición de las fuerzas humanas o tecnológicas, con la maleabilidad que les consiente colarse de un teatro a otro con circunstancias contrarias y adversas como los que estos escenarios requieren, sin perder soltura y dinamismo de respuesta inmediata y práctica, es la competencia ambicionada para el empeño de dominación que marca la hoja de ruta de este siglo.
Expuesto de otro modo: las denominadas ‘guerras proxy’, ‘guerras fantasmas’, ‘guerras sucias’, ‘guerras abiertas’ y de espacio desmedido, ‘guerras soterradas’, ‘guerras reptantes’, ‘guerras irrestrictas’ o ‘guerras totales’ y en composiciones múltiples de acuerdo con el contexto donde detonen, o con procedimientos que resuelven hacerlas terroríficas.
Por citar algunos patrones, sincronismo en el manejo de intervenciones de diversas propiedades y en distintas áreas. Puede ser una ofensiva de enjambre junto con una operación financiera; o una irrupción de algún comando de asalto; el cerrojazo del alcance territorial de un estado, incluyendo tierra, mar y aire; carestía alimentaria y la alineación mediática de descriptivas a sabiendas para desarticular los sentidos de la realidad y argumentar el embate.
Del mismo modo, la tropelía desenvolviendo fuerzas sobredimensionadas de manera que cualquier blindaje o resistencia sea insuficiente y por adelantado se inhabilite; cobertura íntegra para sortear posibles vías de escapatoria; impresión de ser observado constantemente y que persiga interrumpir cualquier conato ambiguo u opuesto a algo y cause conformismo.
En definitiva, las prolongaciones de las guerras del siglo contemporáneo son el universo de descripción de las jerarquías periféricas y de la cultura sobre la que se componen los consensos sociales.
Simultáneamente, el último margen de atracción del sistema- humanidad que se disloca vertiginosamente y que podría colapsarse por sus discordancias internas, dando lugar a la carta blanca de maneras superpuestas de la estructura jerárquica, o con la fuerza voraz acumulada puede dar origen a una voladura que liquide todo medio de vida humana. O séase, el sistema capitalista toca fondo en sus límites tradicionales. Las guerras que deberían influir en poner algún orden para conservar solidez y estabilidad, en contraste, favorecen el caldo de cultivo para un final dramático.
Cada uno de los sistemas y en razón de sus rasgos, complejidades y mutaciones, remolcan términos históricos que brindan la oportunidad de abrir otras perspectivas a lo lejos. La indisposición imaginable de este sistema fragoso no contrarresta el ingenio y lucidez para rehacer, robustecer o reinventarse, a pesar de los conflictos bélicos por los que tenga que discurrir.
"Guerra, valga la redundancia, en todos sus términos. Guerra, de sombra tenebrosa que no deja superficie sin arruinar, extensión sin invadir y marco sin trastornar, enmarañando de una u otra manera cualquier resquicio de al menos una paz imperfecta"
Finalmente, el forzamiento por ostentar el primer peldaño en la palestra internacional, precisa del pleno reconocimiento de las ventajas asimétricas ajustables como potenciales irrefutables y creíbles en el amplio abanico de actuación. Como si se tratara de una caja de herramientas, el mecanismo de defensa de Estados Unidos concibe los útiles del poder como el conjunto de componentes y facultades del Gobierno, dispuestos por desempeños en espectros visibles e interdependientes como la diplomacia o el vigor económico y financiero, reactivados para no echar en olvido que los líderes y responsables políticos valoren en su justa medida el peso nacional como algo que no se condiciona exclusivamente a la eficiencia militar. Su utilización es crucial ante hostilidades como las procedentes de la guerra híbrida, con caracteres por debajo del síntoma del conflicto militar convencional.
Y estos métodos operativos entremezclados entre agresivos y no agresivos, son forjados por diversos gabinetes y agencias no expresamente militares como los Departamentos de Estado, Justicia, Tesoro, Comercio, etc. Parcelas que difundidas agrandan el círculo de ocasiones y zonas estratégicas de acción.
Sobraría mencionar que Estados Unidos aglutina una extensa relación de echar mano de sanciones de carácter económico como una estrategia de hacer caer la balanza o barajar objetivos con propósitos geopolíticos. Es más, según ha transcurrido el tiempo ha mejorado su ingenio como arma arrojadiza.
Ejemplo de lo anterior es el bloqueo efectivo que desde 1960 es asestado sobre la República de Cuba; o la persistencia del castigo encañonado sobre Irán, que desde 1979 se ha ido rediseñando hasta la política de máxima presión impulsada por Donald Trump (1946-78 años). Pero a ciencia cierta, es a partir de la caída de las torres gemelas (11/IX/2001), cuando las sanciones alcanzan su culminación, al esgrimirse como una manera de lidiar el terrorismo, con la obstrucción de entes del sistema financiero y gracias a la potencialidad e interconexión que consiguen interceptar fondos exclusivos.
Por consiguiente, las capacidades de paquetes de sanciones para acordonar a un estado casi en su conjunto de las compensaciones y alternativas del comercio internacional en el discurso de una aldea global, se deben a que éstas operan con una franja de maniobra significativa.
Aquí se encuadran desde controles al comercio de un país con limitaciones generalizadas o salvedades a remesas personales; o el cierre de activos supeditados a la jurisdicción norteamericana; restricciones en el ingreso al sistema financiero de Estados Unidos; negación de prestaciones privadas y estatales, como seguros, suscripciones e inversiones, pero siendo el estropicio de más trascendencia las sanciones cometidas a terceros o secundarias, porque se tornan en la espada de Damocles a los organismos financieros, comerciales y administraciones que quieran de algún modo conservar vínculos económicos con el afectado.
Obviamente, estas recetas llegan a ser angustiosas para las economías tocadas de lleno, pues como si fueran un destello coercitivo, proceden bajo el patrocinio fuertemente efectivo de la inteligencia a través de la concreción de las debilidades, que habitualmente emiten servidumbres económicas o financieras, o puntos de asfixia y exposición que pueden manejarse para repercutir categóricamente en la estimación, riesgos y capacidad del objetivo.
En resumen, sin haber proyectado desmenuzar el cóctel de atropellos y frivolidades venidas de las guerras, ensamblado a la clarividencia de las mentes y corazones que no cesan en su bosquejo de rastrear otras estrategias, tanto sus variantes como distintivos, dan buena cuenta de los conceptos desde las guerras convencionales a las difusas. Hoy, con una mutación del mapa geopolítico sin precedentes, la mayor amenaza a la hegemonía de Estados Unidos, ‘el hacedor de la guerra’, es Rusia, enarbolando a diestro y siniestro campañas de desinformación de manera cada vez más pronunciada, sin orden ni medida y de forma indiscriminada.
Aun así, las guerras, por instantes indescifrables con su fuerza de gravedad que imprimen otras, afloran en cuantiosos territorios del planeta y siempre al acecho, ahí se encuentra presta, la omnipresente y todopoderosa industria de hacer la guerra que mueve los hilos a su antojo para llevar a su máxima expresión la maquinaria de la destrucción.
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