En nuestro recorrido por el hilo dorado hemos atravesado distintos relatos de la humanidad buscando aquellas preguntas que, a pesar del paso de los milenios, siguen acompañándonos.
Inanna nos mostró el descenso a nuestras propias profundidades. Enheduanna nos dejó una voz capaz de atravesar el tiempo. Isis nos habló de reunir los fragmentos de aquello que ha sido separado. Y Tiamat nos enfrentó a la imagen de una fuerza primordial cuyo cuerpo fue dividido para dar forma a un nuevo universo.
Ahora llegamos a Gilgamesh, uno de los grandes relatos de la antigua Mesopotamia. Y, quizá, a uno de los más humanos.
La Epopeya de Gilgamesh, cuya versión más conocida quedó recogida en tablillas de arcilla durante el segundo milenio antes de nuestra era, nos presenta a un rey poderoso de Uruk. Su vida cambia cuando conoce a Enkidu, un ser que al principio vive entre los animales, alejado de la ciudad y de sus normas. Ambos terminan convirtiéndose en compañeros inseparables y emprenden juntos distintas aventuras.
Pero la historia da un giro cuando Enkidu muere. Gilgamesh queda profundamente conmocionado. Por primera vez comprende que la muerte no es algo que afecta solamente a los demás. También él es mortal.
Entonces comienza un viaje desesperado en busca de la inmortalidad. Quiere encontrar la manera de escapar de ese destino que acaba de descubrir. Busca a Utnapishtim, el hombre al que los dioses concedieron la vida eterna, pero no consigue alcanzar aquello que tanto anhela. Incluso cuando encuentra una planta capaz de devolver la juventud, una serpiente se la arrebata mientras descansa.
Gilgamesh regresa a Uruk sin haber conquistado la inmortalidad. Ha tenido que enfrentarse a una verdad que ninguna fuerza ni poder pueden cambiar: la vida tiene un límite.
Lo que más me conmueve de este relato es que la búsqueda de Gilgamesh nace de una pérdida. No busca la inmortalidad por una simple ambición de poder, sino porque ha descubierto el dolor de perder a alguien a quien ama.
Y pienso en nosotros. En las veces que hemos perdido a un padre, a una madre, a una pareja, a un amigo o a cualquier ser querido. En esas ausencias que transforman nuestra vida y nos hacen comprender, de una manera que ninguna explicación puede sustituir, nuestra propia fragilidad. Cuando alguien a quien amamos muere, no solamente sentimos su ausencia: también nos enfrentamos a nuestra propia mortalidad.
Estos antiguos relatos me inspiran y es como si siguieran hablándonos más allá del tiempo y la distancia. Somos, de alguna manera, un poco de cada uno de sus personajes. Somos Inanna cuando atravesamos nuestras propias sombras; Isis cuando intentamos reunir los fragmentos de una vida que ha cambiado; Tiamat cuando sentimos que algo nos ha roto por dentro, y Gilgamesh cuando quisiéramos detener el tiempo para no perder aquello que amamos.
En las tradiciones contemplativas encontramos una reflexión profunda sobre esta condición humana. El budismo reconoce el sufrimiento y la insatisfacción como parte de la existencia, y nos invita a comprender la impermanencia: todo cambia, nada puede retenerse para siempre. El yoga, desde su propio camino, nos ofrece prácticas para cultivar la atención, habitar el cuerpo y aprender a sostener aquello que no podemos controlar.
Yoga no puede evitar que la vida nos duela. Ninguna postura puede devolvernos a quien hemos perdido, ni la meditación debería convertirse en una exigencia de dejar de sentir. Pero la respiración, la presencia y la práctica pueden ofrecernos un espacio desde el que acompañar el sufrimiento sin quedar completamente atrapados en él.
Creo que la unión que buscamos no consiste en vivir sin fracturas, sino en aprender a relacionarnos con nuestras propias heridas sin perder el vínculo con la vida. En aceptar que somos vulnerables, que dependemos unos de otros y que nuestra existencia forma parte de una red mucho más amplia.
Al regresar a Uruk, Gilgamesh contempla las murallas de la ciudad que ha construido. Tal vez allí comienza a comprender que la inmortalidad no estaba a su alcance, pero que la vida también deja huellas en aquello que compartimos y construimos.
En nuestro recorrido por el hilo dorado, los antiguos mitos nos han hablado de transformación, de pérdida, de creación y de regeneración. Distintas maneras para comprender nuestra propia existencia.
Estos relatos nos invitan a reflexionar y a preguntarnos ¿Cómo aprender a vivir plenamente sabiendo que no podemos conservar para siempre aquello que amamos?
Siento que este es uno de los aprendizajes más profundos de nuestra búsqueda: no podemos detener la vida, pero podemos aprender a estar presentes en ella, a cuidar sus vínculos y a reconocer que formamos parte de algo que nos trasciende.







