Más allá de tópicos que puntualizan aquella confrontación como una conflagración político y militar entre los dos superpoderes resultados de los escombros de la Segunda Guerra Mundial (1-IX-1939/2-IX-1945), los Estados Unidos de América y la Unión Soviética, a criterio de diversos analistas se encontraba en la palestra el ser o no ser de la Humanidad: el paradigma económico, social, cultural y político de dos sociedades disonantes. Y es que las génesis de la Guerra Fría (12-III-1947/26-XII-1991) se atinaría en una aldea global enteramente extenuada por la sombra del conflicto catastrófico dejado a su paso, más los miedos reacios para la instauración potencial de un orden internacional que tanto Washington como Moscú aspiraban forzar en un mundo fluctuante identificado por la pugna bipolar.
Claro, que por aquel entonces, en un universo polarizado, no cabía la neutralidad. Porque tanto Estados Unidos como la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), no escondieron sus cartas para privar de validez la tesis del neutralismo.
A decir verdad, los dirigentes soviéticos conservaban la certeza de que el marxismo-leninismo conjeturaría el bienestar y de que su engranaje político y económico exterminaría la explotación del hombre. Al mismo tiempo, contemplaban que el capitalismo sobrevivía a duras penas y que tras su desvanecimiento definitivo, la ganancia del comunismo presumiría el regocijo de la paz y la justicia absoluta. Si bien, el enfoque de los residentes de la Casa Blanca era discordante al soviético, pues defendían una idea tajantemente opuesta del alcance en cuanto a la significación de felicidad para el ser humano.
En otras palabras: aguardaban plasmar un orden mundial acorde con los principios del capitalismo democrático. Y en esta fórmula no era posible la efectividad de una economía mangoneada y de un partido exclusivo, donde las fuerzas políticas habrían de lidiar a fondo por el poder. De forma, que los derechos individuales y la propiedad privada entreveían la clave para el avance humano.
Daba la sensación de que la mayor parte de la geopolítica se resumía en un eje central: capitalismo y comunismo. Cada bando hacía eco de su propaganda sobre cómo sus procederes de libre empresa o propiedad pública de la producción, ostentarían el patrón económico futuro. O quizás, no era embarazoso exponer los valores de Estados Unidos y la Unión Soviética y cómo se contraponían básicamente entre sí, no ya solo como adversarios por el influjo, sino igualmente como contrincantes ideológicos.
Pero en el siglo XXI, cuando el socialismo prácticamente ha sido postergado a la indiferencia, los temas no perecen fácilmente. Me explico: la República Popular China ha abrazado el capitalismo de Estado y en la mente de Vladímir Putin (1952-72 años) ronda la añoranza no por los frutos derivados del comunismo, sino por los presentes de formar parte de una superpotencia mundial.
Dicho esto, el siglo XX es visto por muchos escritores como la centuria beligerante de las guerras. Si la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra (28-VII-1914/11-XI-1918), estampó el prólogo del año 1900 con unos diez millones de fallecidos, se erigió apresuradamente en un simple tentempié de lo que estaba por acontecer.
El elenco de barbaridades y llamémosle disparates, perpetrados por las partes contendientes durante la Segunda Guerra Mundial, deberían haber calmado la pasión de hacer sangre por un período determinado, pero el planeta se topó con un nuevo duelo a muerte. Como inicialmente he señalado, la Guerra Fría aglutinaría más de una docena de conflictos armados en el trazo de un choque de placas ideológicas entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Tras dejar las rúbricas de la devastación por el impacto de la guerra, las naciones que habían concurrido en el conflicto transitaban por un estado de reconstrucción, mientras que los ganadores, Estados Unidos y la Unión Soviética, irrumpieron como las nuevas superpotencias. Los estragos ocasionados y el menester de rehacer las economías y sociedades dañadas, suscitaron un entorno adecuado para el pronunciamiento de más tensiones. Las temeridades experimentadas trasegaron a un ideal extendido de impedir más contiendas, pero el escepticismo entre los actores que llevaban la voz cantante no tardaría demasiado en hacerse incuestionable.
Ni que decir tiene que la consumación de la guerra punteó el destello de una nueva era. Las Conferencias de Yalta (4-11/II/1945) y Potsdam (7-VII-1945/2-VIII-1945), prueban los conatos por asentar un orden mundial comportado en la cooperación, pero igualmente certificaron las divergencias ideológicas. O séase, mientras que la primera consiguió un espacio de aparente colaboración, en la segunda las incertidumbres aparecieron, abriendo la senda para el desafío ideológico que trabaría los siguientes lapsos.
“Quedando en pausa la primera parte del galimatías geopolítico presentado como la Guerra Fría, hasta convertirse en un epítome que dibuja las pulsaciones entre el capitalismo en Occidente y el comunismo en Oriente, he aquí el semblante intemperante del alcance nuclear”
El golpe de efecto de la batalla también se proyectó en la fundación de la Organización de Naciones Unidas (ONU), en un afán por introducir un foro internacional a modo de debate para la resolución de conflictos y la promoción de la paz. No obstante, la ONU, de golpe se convirtió en una atmósfera de incesantes roces, donde los dos colosos en llamas manejaban el coloquio para amonestar y desprestigiar las políticas del otro, sin solventar objetivamente las zozobras subyacentes.
La discordia ideológica entre el capitalismo y el comunismo acabó siendo el meollo de la Guerra Fría. Estados Unidos salvaguardaba una hoja de ruta económica cimentada en el libre mercado y la democracia liberal, mientras que la Unión Soviética lanzaba un plan comunista calculado en la propiedad colectiva y la inspección estatal de la economía. Estas corrientes no solo eran contrapuestas, sino que se creían recíprocamente excluyentes, lo que frenaba cualquier talante de compatibilidad pacífica.
La contradicción de ambos prototipos condujo a las superpotencias a buscar la propagación de sus ideologías en cualquier lugar, por muy distantes que estuviesen éstos. Estados Unidos llevó a cabo políticas para frenar el ascenso del comunismo, mientras que la Unión Soviética buscó ensanchar su predominio por medio de la hornada de tendencias socialistas en diversos territorios. Y como no podía ser de otra manera, este cisco ideológico se expandió por doquier, perturbando la política interna de cuantiosas regiones e instando a múltiples conflictos locales.
La colisión ideológica también se desplegó en la propaganda y el ámbito cultural. De modo, que se valieron de los medios de comunicación y el arte para fomentar sus propios valores y estigmatizar al rival. Ahora, tanto el cine, como la literatura y la música se convirtieron en instrumentos de peso cultural y cada frente exploró ofrecer su sistema como el más conveniente y provechoso.
Con estos mimbres, Estados Unidos y la Unión Soviética jugaron su baza en la alineación del orden mundial. La primera, con su supremacía militar y económica quiso abanderar las sociedades libres y sofocar las embestidas del comunismo. La doctrina del trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman (1884-1972), planteaba la protección a las naciones que sobrellevaran el influjo soviético y fue una demostración perspicaz de esta política. Y la segunda, dirigida por Iósif Stalin (1878-1953), trató de reforzar su área de influencia en Europa del Este y así prolongar su molde comunista a otros territorios.
La formación del Pacto de Varsovia y el Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON), fueron las réplicas inmediatas a las determinaciones de la OTAN y el Plan Marshall (3/IV/1948), proyectando el deseo de la URSS de alargar el poder en su órbita de dominio. Ambas pisaron el acelerador en una enfilada armamentística, acaparando arsenales nucleares en un equilibrio por momentos de pesadilla. El indicativo de una guerra nuclear operó como disuasivo e hinchó el desasosiego general.
Obviamente, la competitividad se desenvolvió a otros recintos, como la tecnología o la exploración espacial, donde cada actor principal hurgaba como sobrepasarlo y exhibir con soltura la hegemonía de su sistema.
Durante el desarrollo de la Guerra Fría, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética fijaron redes de países satélites y sectores de influencia en las que impulsaron su capacidad y preconizaron los intereses estratégicos. A su vez, estas naciones se presentaron como baluartes ideológicos y militares y su honestidad era imprescindible para asegurar el contrapeso del poder.
De hecho, en Europa del Este la Unión Soviética vigorizó su dominio mediante el encaje de regímenes comunistas, forjando un bloque proporcional que intervenía como una especie de escudo contra Europa del Oeste. Sin soslayar, que Estados Unidos por medio de coaliciones estratégicas y pactos económicos, consiguió amarrar el sostén de estados en América Latina, Asia y Europa Occidental.
El Plan Marshall que proporcionaba ayuda económica para la rehabilitación y reparación europea, fue una pieza fundamental para sacar a flote las economías capitalistas y contener en la medida de lo posible la propulsión del comunismo. La OTAN que se rige por el Tratado del Atlántico Norte o Tratado de Washington y firmado el 4/IV/1949, instauró un acuerdo de defensa bilateral entre Estados Unidos y sus aliados, garantizando una respuesta conjugada ante cualquier ataque soviético.
En tanto, en Latinoamérica, Asia y África, la rivalidad por la influencia arreció. Las sacudidas de independencia y la descolonización pusieron en bandeja situaciones propicias para que ambas expandieran sus ideologías. Mientras que la URSS secundaba las guerrillas y movimientos socialistas, Estados Unidos auxiliaba a las direcciones anticomunistas, habitualmente a través de ayuda económica y militar. Esta competencia produjo un sinfín de laberintos territoriales y guerras civiles, influyendo en la inestabilidad de diversos países.
La ONU, concebida con el designio de acometer la paz y la cooperación internacional, hubo de librar una labor enrevesada durante la Guerra Fría. Aunque se formó como un foro para el desenredo perseverante de conflictos, acabó convirtiéndose en un marco de contrapunteo entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Más bien, echaron mano del Consejo de Seguridad y otros órganos de la Organización para degradar iniciativas del demandante y favorecer sus atracciones.
El derecho a veto que frecuentemente ostentaban como miembros permanentes del Consejo de Seguridad, se adoptó para atajar resoluciones que no se ajustaban con sus agendas políticas. Esta forma de proceder condicionó la eficiencia de la ONU para acometer conflictos de calado, aunque no por ello dejó de inspirar el diálogo y la diplomacia en arduas coyunturas. Es más, las superpotencias se comunicaban indirectamente y sorteaban la escalada de tensiones.
Pero a pesar de sus reticencias, la ONU consiguió ejercer una actuación objetiva en algunos conflictos territoriales, funcionando como mediador y facilitador de negociaciones de paz. Y en circunstancias donde no existían intereses directos, Naciones Unidas activó fuerzas de mantenimiento de la paz y combinó esfuerzos humanitarios, exhibiendo su tenacidad como mecanismo para la cooperación internacional.
Como ya he mencionado, la OTAN y el Plan Marshall fueron dos de los principales complementos añadidos de Estados Unidos al desafío que encarnaba la extensión del comunismo durante la Guerra Fría. El Plan Marshall, distinguido como el Programa de Recuperación Europea, facilitó más de doce mil millones de dólares en apoyo económico para la reedificación de Europa Occidental. Este empeño no solo tanteaba tonificar las economías desmanteladas por la guerra, sino igualmente eludir la progresión del comunismo en una demarcación sensible.
Y en relación a la OTAN, como alianza militar ensambló a Estados Unidos con Canadá y diversos países europeos en un pacto de defensa mutua.
Su establecimiento determinó la segmentación del viejo continente en dos bloques, al igual que constituyó un sistema de disuasión que revolvía predisponer cualquier embate soviético. La Alianza remozó la participación militar entre los estados miembros y garantizó la réplica ante cualquier peligro a la seguridad del bloque occidental.
Estas acciones proyectaron la estrategia de contención acordada por Estados Unidos, indagando reducir el influjo soviético y conservar el equilibrio en zonas fundamentales. El triunfo del Plan Marshall en reactivar las economías europeas y la consistencia de la OTAN como alianza defensiva, fueron componentes determinantes en la reanimación del bloque occidental.
Y en contestación a las resoluciones occidentales, la Unión Soviética materializó sus estrategias para avalar el control sobre Europa del Este y así ensanchar su elipse de influencia. El Pacto de Varsovia (14/V/1955) da buena cuenta de ello como una alianza militar que engarzó la URSS con sus estados satélites en Europa del Este, situando un bloque defensivo que contenía a la OTAN. Hasta el punto, de atar el control soviético sobre la zona y vía libre para responder ante cualquier amenaza externa. También la COMECON iba a ser la contrarréplica al Plan Marshall, empujando la contribución económica entre los estados del bloque socialista e impulsando el intercambio comercial, como el desenvolvimiento conjunto de proyectos industriales.
En cierta manera intentaba totalizar las economías de los estados miembros bajo la trayectoria soviética, salvaguardando la autosuficiencia del bloque socialista y mitigando la subordinación de Occidente. Es así, como estas operaciones destaparon el tarro de las esencias soviética, para al menos cimentar su zona de influencia y conservar la buena sintonía del bloque socialista, practicando una inspección eficaz sobre sus aliados, aferrando su lealtad y ordenación de las políticas facilitadas. Aunque se ocasionaron tensiones internas, ya que algunos estados del bloque quisieron alejarse de la influencia soviética y abrazar políticas imparciales.
A tenor de lo expuesto en estas líneas y en el marco de la Guerra Fría, se produjeron varios conflictos armados y regionales, que para bien o para mal, tuvieron su efecto desencadenante en diversos aspectos.
Comenzando por la Guerra de Corea (25-VI-1950/27-VII-1953), sería uno de los primeros conflictos armados específicos y la evidencia del enfrentamiento cruzado entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Consumada la Segunda Guerra Mundial, la Península de Corea se desmenuzó en dos zonas de ocupación: el Norte, intervenido por la URSS, y el Sur, bajo la presión de Estados Unidos. En el año 1950, las fuerzas combatientes norcoreanas asistidas por la Unión Soviética y China, ocuparon el Sur, desatando los tambores de guerra que ocasionó la puesta en escena de Estados Unidos y sus aliados bajo el paraguas de Naciones Unidas.
Esta conflagración se distinguió por intensas operaciones que reportaron a una destrucción de gran alcance y un coste humano desgarrador. Aunque la lucha armada concluyó con la suspensión de hostilidades pactada, la Península quedó partida en dos estados alejados: Corea del Norte y Corea del Sur. Indiscutiblemente, la estampa de la desmembración ideológica. Al igual que confirmó el posicionamiento seguido por las superpotencias en implicarse en colisiones regionales para hacer valer sus intereses estratégicos, también sentó un precedente para otros posibles enfrentamientos.
No ha de quedar en el tintero, que este conflicto acentuó el fuste de las alianzas internacionales y la cooperación militar en la detención del comunismo. La interposición de la ONU encabezada por Estados Unidos, dio a conocer la personalidad de los países occidentales para unificar los esfuerzos denodados en defensa de sus aliados. Mientras que el respaldo soviético y chino a Corea del Norte traslució la fidelidad del bloque comunista. Amén, que la guerra estancó la partición de la Península y dejó un legado de tensiones que en la actualidad se resisten.
Segundo, la Guerra de Vietnam (1-XI-1955/30-IV-1975), también denominada Segunda Guerra de Indochina y conocida en Vietnam como la Guerra de Resistencia contra Estados Unidos, fue uno de los combates más dilatados en el tiempo y debatidos de la Guerra Fría, despuntando como un conflicto interno, pero vertiginosamente sumido en un entresijo de abominación directa entre las superpotencias.
Tras el cataclismo de Francia en la Guerra de Indochina (19-XII-1946/1-VIII-1954), Vietnam quedó despedazado en dos estados: el Norte comunista empuñado por Ho Chi Minh (1890-1969), y el Sur capitalista encaramado por Estados Unidos.
“La Guerra Fría aglutinaría más de una docena de conflictos armados en el trazo de un choque de placas ideológicas entre Estados Unidos y la Unión Soviética”
Los norteamericanos en su tentativa de menguar los coletazos del comunismo, recurrió a un número inmenso de tropas y recursos en favor del Gobierno de Vietnam del Sur. Pese a ello, la pelea encarnizada en el campo de batalla se tornó cada vez más gravosa, tanto en lo que atañe a la cantidad de vidas humanas catapultadas como en lo que respecta a los recursos económicos. El aguante y tenacidad del Viet Cong, epíteto empleado para referirse al movimiento guerrillero comunista en Vietnam del Sur y el puntal de la Unión Soviética y China al Norte comunista, intricaron todavía más el contexto, llevando a un atolladero interminable que atomizó a la opinión pública americana y reprodujo condenas masivas.
El conflicto de Vietnam culminó con la caída de Saigón (30/IV/1975) y la reunificación del estado bajo un régimen comunista, dejando una estela profunda en la política y la sociedad norteamericana, al imprimir un punto de inflexión en el modus operandi de contención del comunismo. Además, saltaron a la vista las barreras habidas del poder militar en el desenlace de conflictos ideológicos y destacó la resonancia de la diplomacia junto a la negociación en la política internacional.
Tercero, la Revolución Cubana (26-VII-1953/1-I-1959) capitaneada por Fidel Castro (1926-2016) y Ernesto Guevara (1928-1967), quedó como una vicisitud oscura en el curso de la Guerra Fría y tuvo una convulsión manifiesta en América Latina.
En 1959, el espasmo revolucionario consiguió deponer a la dirección de Fulgencio Batista (1901-1973) en la República de Cuba, dando paso a una representación socialista que pronto inclinó la balanza hacia la URSS. Este lazo cambió por completo al país caribeño y convertirlo en un lugar estratégico en el Hemisferio Occidental, hasta plantar cara al influjo de Estados Unidos en la zona.
A la par, este acontecimiento atrajo a otros movimientos afines en territorios de América Latina, produciendo múltiples luchas y resistencias. Estados Unidos, alarmado por el ascenso del comunismo como pez en el agua, llevó a término políticas para atenuar el chirrido de ideologías socialistas. Esto comprendió el arrimo a gabinetes anticomunistas, mediaciones solapadas y el aliento a golpes de Estado en regiones donde los movimientos de izquierda se enfervorizaban.
Pero sin duda, una de las fechas más críticas de la Guerra Fría se cristalizó con la Crisis de los Misiles de Cuba (16-29/X/1962), cuando la Unión Soviética no titubeó en desplegar misiles nucleares en suelo cubano, induciendo a una confrontación directa en toda regla contra Estados Unidos. Posteriormente, el trance se zanjó mediante varias negociaciones que cosecharon la retirada de los misiles, pero dejaba al descubierto el creíble potencial de América Latina como campo de batalla. En su conjunto, la Revolución Cubana y sus derivaciones, abrieron la caja de Pandora de los estruendos regionales y el corolario de acuerdos estratégicos en la contrapartida del poder global.
Por consiguiente, quedando en pausa la primera parte del galimatías geopolítico presentado como la Guerra Fría, hasta convertirse en un epítome que dibuja las pulsaciones entre el capitalismo en Occidente y el comunismo en Oriente, y como semblante intemperante en los nexos internacionales durante cuarenta y cinco años, aunque Estados Unidos y la Unión Soviética alegóricamente se hallaban en paz durante esta etapa peculiar de la Historia, estuvo tildado por altísimos decibelios, mientras bregaban por agigantar su granero nuclear.
Hoy, las tiranteces entre Rusia y Occidente adquieren un punto álgido tras la invasión rusa de Ucrania (24/II/2022), que unos años antes había invocado ir abriendo brecha para dar los primeros pasos hacia la adhesión a la Alianza Atlántica. Si bien, algunos historiadores se atreven a cotejar el lodazal jadeante de nuestros días, con el viso de una nueva Guerra Fría, es probable que no la distingamos hasta que sea real en la instantánea de visión periférica de lo retrospectivo en el tiempo.
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