Categorías: Opinión

El fin de la bipolaridad mundial y el surgimiento de la amenaza a la seguridad (y II)

“Hoy, inmersos en el siglo XXI, los engarces entre Estados Unidos y la República Popular China son objeto de debate y observación, con no pocos investigadores apuntando que el mundo podría estar adentrándose en otra Guerra Fría”

Si el término Guerra Fría (12-III-1947/26-XII-1991) ha sido utilizado por diversos historiadores para rotular el transcurso de la posguerra en el que se incrementaron las tensiones entre los Estados Unidos de América y la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), el Muro de Berlín se edificó (13/VIII/1961) no ya solo para partir a la ciudad de Berlín, sino para cristalizar las disonancias ideológicas imperantes y establecer una divisoria física entre el socialismo y los estados de Occidente.

Si bien, a pesar de la destrucción del Muro de Berlín (9/XI/1989) y de que la Unión Soviética se deshizo (26/XII/1991), el ideal del comunismo no se disipó con sus ínfulas en plena efervescencia. Como de igual modo, no se finiquitó la Guerra Fría, pues las colisiones de las dos grandes potencias se perpetúan en el tiempo, añadiéndose otros actores en el tablero geoestratégico para generar una multipolaridad. Lo que nos ha reportado al escenario presente en que varios países superponiendo todo tipo de artificios, exploran infligir su poder y dominar el mundo.

Con este telón de fondo y continuando la estela del pasaje que antecede a esta disertación, abordados sucintamente los laberintos armados y regionales inmersos en la Guerra Fría, llámense la Guerra de Corea (25-VI-1950/27-VII-1953), la Guerra de Vietnam (1-XI-1955/30-IV-1975) y los conflictos de América Latina, entre los que despunta por su complejidad la Revolución Cubana (26-VII-1953/1-I-1959), la expansión soviética en África y Asia no serían menos, promovida por la ambición de Moscú de engrandecer su influjo global y equilibrar la dominación occidental.

En el continente africano la descolonización e independencia de diversos estados, abrieron el abanico de coyunturas para que la Unión Soviética alentara a los movimientos socialistas y dispusiera alianzas con otros regímenes. De hecho, en naciones como Mozambique, Etiopía y Angola, la URSS facilitó apoyo militar y económico, alimentando la formación de gobiernos análogos.

El contexto sería potencialmente enrevesado en Asia, porque la Unión Soviética persiguió constituir su protagonismo en demarcaciones estratégicas, apuntalando movimientos de liberación y direcciones socialistas. No obstante, la proyección soviética en Asia se vio disputada por la progresiva aparición de China, que igualmente entablaba su relato del comunismo. Esta competitividad interna en el interior del bloque socialista sumó un revestimiento suplementario de enorme complejidad a la dinámica en la zona.

De este modo, el esparcimiento soviético en África y Asia evidenciaron la atracción de Moscú por fraguar su dominio más allá de Europa y robustecer su disposición como superpotencia. Sin soslayar, que se hizo ostensible los inconvenientes de la maniobra soviética, ya que numerosos de los estados respaldados por la URSS afrontaron conflictos domésticos y desafíos económicos, que problematizaron la consecución de sus políticas socialistas. Amén, que los antagonismos habidos entre Estados Unidos y la Unión Soviética, resaltaron el alcance de la fuerza ideológica y política en el entorno de la Guerra Fría.

Dicho esto, sobrevendrían momentos críticos junto a los símbolos de la Guerra Fría que perdurarían a través de los trechos. Primero, me refiero al Muro de Berlín, aludido inicialmente, pero ahora como emblema temporal de la dicotomía ideológica y política que diferenció este período. Su cimentación fue sin rodeos una réplica a la estampida creciente de los ciudadanos de la República Democrática Alemana (RDA) hacia la República Federal de Alemania (RFA), mostrando la frustración del régimen comunista en recluir y bloquear a la población.

El muro de hormigón de entre 3,5 y 4 metros de elevación, con un interior constituido por cables de acero para ampliar su solidez, no iba a ser lo suficiente como para que en su parte superior se instalara un frente semiesférico para imposibilitar aferrarse al mismo. Con ello, no solo se escindió a una ciudad por completo, sino a todo un continente, encarnando la desmembración entre el Este comunista y el Oeste capitalista.

En un abrir y cerrar de ojos, esta pared se convirtió en un medio de ebullición permanente, describiendo la nulidad de ambos bloques para solventar sus discrepancias de manera sosegada y afinaba la situación de un mundo deshecho. El celo persistente por su vigilancia y las medidas de seguridad extremas, justificaban el total escepticismo por parte del régimen soviético a ver deslucido el control sobre su órbita de influencia. Conjuntamente, el muro acabó erigiéndose en un lema de estrangulación para aquellos que residían bajo el yugo comunista y su derrumbamiento imprimió la primicia del punto y final de la Guerra Fría.

“Hoy, inmersos en el siglo XXI, los engarces entre Estados Unidos y la República Popular China son objeto de debate y observación, con no pocos investigadores apuntando que el mundo podría estar adentrándose en otra Guerra Fría”

Sobraría mencionar, que la presencia del Muro de Berlín tuvo su repercusión en la política y sociedad europea. Durante poco más o menos, tres décadas, Berlín fue un ser viviente fantasmagórico donde las ideologías enfrentadas competían a diario cara a cara. Su ocaso no sólo proporcionó la reunificación de Alemania, sino que significó el síncope del comunismo en Europa del Este y el empuje hacia un nuevo orden mundial.

Segundo, la Crisis de los Misiles de Cuba (16-29/X/1962), considerada una de las incidencias críticas de la Guerra Fría y que nos reportó en la línea roja de una guerra nuclear. La confrontación se originó cuando Estados Unidos reveló que la Unión Soviética había establecido misiles nucleares en Cuba. En concreto, a 90 millas del litoral norteamericano. Hecho contemplado como una amenaza a la seguridad nacional y que instó a una respuesta fulminante del presidente John. F. Kennedy (1917-1963).

En principio, el escollo se desenvolvió en un inquietante tira y afloja diplomático entre el mandatario americano y el dirigente soviético Nikita Jrushchov (1894-1971).

Estados Unidos no se pospuso en aplicar un cerco naval a Cuba y requirió la retirada inminente de los misiles. En tanto, la Unión Soviética sostenía su derecho a salvaguardar a su aliado. El caso es que durante treces días agónicos, el mundo siguió con preocupación la probabilidad de un duelo nuclear entre las superpotencias, hasta que por fin se alcanzó un acuerdo: la URSS quitaría los misiles a cambio de que Estados Unidos asegurara no ocupar Cuba y descartara sus misiles de Turquía.

Por lo tanto, esta intermitencia incandescente sacó a la palestra la inestabilidad del equilibrio durante la Guerra Fría y el menester de una correspondencia adecuada entre americanos y soviéticos para esquivar un conflicto casi apocalíptico.

“En los tiempos que corren la mutación hacia un mundo multipolar (múltiples focos de poder) con el pronunciamiento de otras potencias económicas y políticas, prosigue amoldando un horizonte irresoluto”.

Aunque la crisis se satisfizo sin un choque armado, dejó un indicativo imborrable en la política internacional y conllevó poner en funcionamiento diversas medidas para enmendar el intercambio de opiniones y disminuir en el futuro cualquier resquicio de confusiones a la hora de la comunicación.

Y tercero, la carrera espacial hay que entenderla como la rivalidad tecnológica y militar del momento. Esta pugna rayó el 4/X/1957 con el lanzamiento del Sputnik I, el primer satélite artificial por parte de la URSS, asombrando a propios y extraños y timbró la generación de una sucesión de progresos tecnológicos que destellaban la competición por hacerse con el primer peldaño y exhibir de cara a la galería su carta de presentación en el terreno aeroespacial. Pero la respuesta americana no se hizo prorrogar y en 1961 el inquilino de la Casa Blanca hizo público el ansioso objetivo de enviar un hombre a la Luna antes de la finalización de la década.

Este desafío culminó en 1969 con la misión Apolo 11, enviándose al espacio el 16/VII/1969, realizó su alunizaje cuatro días más tarde y la jornada siguiente, Neil Armstrong (1930-2012) y Buzz Aldrin (1930-95 años), se convirtieron en los primeros en caminar por la superficie lunar. Esta recalada fue reconocida como un triunfo alegórico para Estados Unidos y una prueba de su potencial tecnológico y de innovación.

La carrera espacial (4-X-1957/17-VII-1975) presumió el esfuerzo paralelo por rastrear el espacio exterior y no solo quedó meramente como un argumento de competencia tecnológica, sino que igualmente asumió complicidades para el tratamiento de tecnologías implementadas en la esfera militar, como los misiles balísticos intercontinentales (ICBM). Asimismo, la incursión espacial pasó a ser un ámbito de realce propagandístico, donde cada éxito se esgrimía al máximo para espolear ir a la delantera del engranaje político y económico de cada bloque.

No ha de soslayarse, que durante la Guerra Fría, el aumento y acaparamiento de armas de destrucción masiva (ADM), principalmente las armas nucleares, se convirtieron en una pieza central de este puzle del horror. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética, destinaron sustanciosos recursos en la confección de arsenales nucleares preparados para desmantelar al contendiente. Este contrapeso fundamentado en la desmoralización mutua se introdujo para impedir un conflicto directo.

La noción de ‘destrucción mutua asegurada’ (MAD, por sus siglas en inglés), resultó ser la base de la estrategia de disuasión nuclear. Y es que la solvencia de cada actor para replicar a una posible agresión nuclear con una revancha destructora, aseguraba que cualquier confrontación derivara en una hecatombe. Este equilibrio quebradizo prolongó el estado de incertidumbre continuado y frenó que las armas nucleares se manejaran en un conflicto real.

El rescoldo a una guerra nuclear sin parangón, llevaría a Estados Unidos y la Unión Soviética a intervenir en negociaciones para recortar la multiplicación de armas de destrucción masiva. La rúbrica de tratados de control de armamento, como el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y los Acuerdos SALT (Strategic Arms Limitation Talks), destaparon las exigencias de determinar cotas y moderar el peligro de un combate de esta escala. Pero por encima de todo, se encaminó a la cooperación internacional en el margen del desarme y la no proliferación.

A tenor de lo desgranado, la inspección de armamento ejerció una labor decisiva en el procedimiento de las tensiones nucleares durante la Guerra Fría. El TNP, suscrito el 1/VII/1968 y en vigor desde el 5/III/1970, intentó impedir la resonancia de armas nucleares a otros estados soberanos, inspirar el desarme y avivar el empleo pacífico de la energía nuclear. En cierta manera, el TNP puso la primera piedra para la cooperación internacional en materia de no proliferación y es un contrafuerte primordial en los esfuerzos para verificar la representación de las armas nucleares.

En cambio, los Acuerdos SALT, entablados en los setenta, vinieron a reforzar los límites de la carrera armamentística. Las conversaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética propiciaron las firmas de los Acuerdos SALT I y SALT II, respectivamente, introduciendo acotaciones en la cifra de ICBM y misiles balísticos lanzados desde submarinos (SLBM) que cada actor podía tener.

Aunque no se consiguió atajar íntegramente el galope armamentístico, entrañó una vía de escape enfocada a la disminución de las tensiones nucleares. Aparte de estos tratados, se conformaron otras acciones para apear los conatos de experimentos nucleares y nutrir la cooperación en el recinto de desarme. Después, el Tratado de Prohibición Parcial de Pruebas Nucleares, una demostración de los intensos esfuerzos, se ratificó el 5/VIII/1963 y en vigencia desde el 10/X/1963, impedía los ensayos nucleares en la atmósfera, espacio exterior y bajo el agua. Paulatinamente, quedaba manifestada la conciencia de la Comunidad Internacional sobre los riesgos de la propagación nuclear y la magnitud de crear componentes para su control.

Llegados a este punto, la entrada de Ronald Reagan (1911-2004) a la presidencia de Estados Unidos, discriminó un salto exclusivo en la política exterior norteamericana hacia la Unión Soviética, aparejando una actitud severa y con síntomas de confrontación, aumentando la presión sobre la URSS y ampliando el gasto en defensa para mejorar su capacidad defensiva.

Esta estrategia distinguida por la Doctrina Reagan o el reaganismo, buscaba lidiar el peso mundial ejecutado por la Unión Soviética y entrevió la piedra angular de la política exterior americana. Este arquetipo diplomático surtió, tanto abierta como secretamente, colaboración a guerrillas anticomunistas y grupos insurgentes en un empeño de tumbar a los gobiernos que amparaban a la URSS en África, Asia y Latinoamérica. También acometió la proposición de Defensa Estratégica (SDI), un programa presto a desplegar un sistema de defensa antimisiles idóneo para interceptar misiles balísticos en vuelo.

Aunque el programa afrontó fuertes reproches y contradicciones técnicas, mostró el deber de incrementar el potencial militar de Estados Unidos y amilanar cualquier pretensión de ataque soviético. El endurecimiento de la política norteamericana simultaneó con una fase de estrecheces económicas y sociales en la Unión Soviética.

El apremio practicado por la Administración Reagan, junto con los inconvenientes internos soviéticos, dio origen a un cambio en el trazado de la Guerra Fría. El cóctel de variables internas y externas condujo a la Unión Soviética a asumir un porte más mediador y sondear acuerdos para atenuar las tiranteces internacionales.

Posteriormente, en las postrimerías de la década de los ochenta, la Unión Soviética hubo de asestar diversas apuestas internas que comprendieron su casual desmantelamiento. La economía soviética se encontraba embotellada y la escasez de reformas representativas llevaron a un paulatino descontento generalizado.

La escalada de Mijaíl Gorbachov (1931-2022) al poder en 1985, determinó el estreno de una época de innovaciones políticas y económicas, consabido como la perestroika y la glasnost, que demandaban remozar el sistema soviético y ampliar el trasluz gubernamental. Estas reformas, bien formuladas, trajeron conclusiones inesperadas: la liberalización política habilitó la entonación de movimientos nacionalistas y separatistas en las repúblicas soviéticas, lo que acarreó una demanda de autonomía ascendente e independencia.

A ello hay que añadir, las rebeliones internas junto con la presión económica y la ausencia del respaldo multitudinario, agravaron el control del Partido Comunista y precipitaron la indisposición del sistema soviético.

En 1991, la Unión Soviética se disolvió oficialmente, consignando el colofón de la Guerra Fría y el derrumbe de una de las superpotencias más omnipresentes del siglo XX. Las repúblicas soviéticas pasaron a ser estados independientes y el planeta sintió un vaivén incuestionable en el equilibrio de poderes a nivel global. La desaparición de la URSS dio alas a un nuevo período histórico, planeando nuevos retos y oportunidades para la Comunidad Internacional.

Con la congestión de la Unión Soviética, Estados Unidos saltó por los aires como la única superpotencia mundial, desempeñando una autoridad influyente en las cuestiones internacionales. Este nuevo orden mundial se identificó por un tiempo de respectiva cooperación y estabilidad, porque diversos países ansiaban sumarse a un sistema asentado en la democracia y el libre mercado. Por ende, el naufragio del comunismo en el Viejo Continente del Este y la reunificación de Alemania, quedarían como los rastros más significativos en el afianzamiento de este nuevo equilibrio.

Antes de lo sospechado, la dominación estadounidense allanaba el camino para el desarrollo de organismos internacionales y alianzas de libre comercio, sembrando la globalización y el intercambio económico. Con todo, surgieron desafíos, porque algunos objetaron la potestad americana y sondearon otras opciones a su liderazgo.

A pesar de los envites por ostentar protagonismo, el transcurso sucesivo a la Guerra Fría contempló una notoria mejora económica y mayor interdependencia entre las poblaciones. Aunque este nuevo orden mundial descorrió otras adversidades como el terrorismo internacional y la proliferación de armas de destrucción masiva, pero ahora la tarea consistía en saber lidiarlos en un entorno de diálogo y cooperación, yendo al encuentro de recursos pacíficos y sostenibles.

“En los tiempos que corren la mutación hacia un mundo multipolar (múltiples focos de poder) con el pronunciamiento de otras potencias económicas y políticas, prosigue amoldando un horizonte irresoluto”

En definitiva, en los tiempos que corren la mutación hacia un mundo multipolar (múltiples focos de poder) con el pronunciamiento de otras potencias económicas y políticas, prosigue amoldando un horizonte irresoluto.

En consecuencia, el umbral de la Guerra Fría desciende a la tibieza que apareció entre Estados Unidos y la URSS, seguidamente del triunfo sobre su adversario común, el nazismo, eventualidad que los había vinculado ante el rechazo ideológico hacia el marxismo, la democracia liberal y el sistema parlamentario y un ferviente antisemitismo, el racismo científico y la eugenesia en su credo. Ambos habían ingresado en el conflicto bélico por las embestidas de alemanes y japoneses, desechando la política aislacionista del período de entreguerras. Si bien, surgieron las diferencias, ya que ideológicamente poco, por no decir nada, llegaron a compartir.

La susceptibilidad reinante gravitó en hechos inconfundibles como el monopolio atómico de Estados Unidos y las imposiciones soviéticas sobre las gobernaciones de los países de Europa del Este, en los que de la noche a la mañana se instituyeron regímenes comunistas, sin antes consultar a sus residentes. Toda vez, que a esta frialdad hay que incorporar el desgaste ideológico, denotado por medio de la propaganda de ambos bandos. En ella, Estados Unidos era personificado como la punta de lanza del imperialismo y de la explotación de los más afectados. Mientras que la Unión Soviética no le faltaron denominadores acaecidos de la revolución, el ateísmo y la tiranía.

Hay que recordar al respecto, que desde 1917, el anticomunismo se desorbitaba en vastas parcelas políticas y sociales norteamericanas y europeas y desde su plasmación, la URSS era negada por la diplomacia occidental. Tras la conflagración, la inclinación y pensamiento anticomunista aumentó y se transmitió por cualesquiera de los mecanismos políticos y periodísticos de Europa. En Occidente y fundamentalmente en Estados Unidos, las corrientes ilustradas y artífices de la ideología izquierdista fueron hostigadas en los años cuarenta y cincuenta.

Esta rebeldía anticomunista o caza de brujas, llegó en algunos momentos a animar a los ciudadanos a traicionar a sus más cercanos o camaradas de trabajo, por comunistas o ingratos al país. Por otro lado, en los estados comunistas el rechazo era sistémico, no había libertad de expresión y los contrarios con el sistema eran proscritos o trasladados a campos de concentración.

En otras palabras: el modus operandi de la Guerra Fría pendió esencialmente en la limitación o contención del rival en su plano de influencia y la conservación de un equilibrio armamentístico. Si el potencial latente de los contendientes estaba nivelado, quedaba asegurada la destrucción mutua en caso de combate, lo que se utilizaba como instrumento de disuasión.

O lo que es igual: como nadie lograría la victoria en una hipotética guerra, ninguno la encabezaría. Pero cuando se vislumbraba que el enemigo adquiría la más mínima ventaja territorial, estratégica o tecnológica, los servicios de espionaje e inteligencia operaban para contrarrestarla.

Finalmente, durante la Guerra Fría ocurrieron conflictos detectados generalmente en el fluctuante Tercer Mundo, hoy se prefiere el término ‘países en desarrollo’ o ‘países de ingresos medios o bajos’, a diferencia del Primer Mundo (bloque capitalista) o Segundo Mundo (bloque comunista), en los que se probaban las armas novedosas y donde Estados Unidos y la URSS tanteaban sus debilidades y fortalezas.

Hoy, inmersos en el siglo XXI, los engarces entre Estados Unidos y la República Popular China son objeto de debate y observación, con no pocos investigadores apuntando que el mundo podría estar adentrándose en otra Guerra Fría. El gigante asiático, con su ascenso económico resuelto e influjo en los cuatro puntos cardinales, ha pisado a fondo el acelerador como finalista estratégico. Este resultar ha rendido cuentas en espacios como la seguridad, el comercio y la tecnología, confirmando una pugna equivalente a la que concurrió en años precedentes entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

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