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Estío

El verano ya no es lo que era, no hace tanto tiempo que, tras la llegada de su solsticio, allá por las postrimerías de junio, asomaba, se acercaba, un punto y aparte. Fin de ciclo social y político; los colegios cerraban sus puertas tras el estipendio de victorias o derrotas de pequeños y jóvenes en su provecho o su némesis. El futbol, en su competición iniciaba un paréntesis y daba algún respiro a la hinchada y al fragor de la disputa, cuando ahora no parece plegar nunca, y ofrecía, también, sosiego. Se ponía cerrojo y silencio cierto a una etapa que se adormilaba hasta las recuperaciones y bríos de septiembre.

La economía y el ocio mutaban en versión estío y la clase política cerraba compuertas hasta la llegada de los suspiros del otoño. Tan solo alteraba el verano, bajo la modorra y la laxitud del calor, además de la “hégira estival”, alguna que otra “serpiente” que venía a animar el hastío y el solaz general devenir vacacional, aún por turnos. Ahora la “rampante reptil” es una continuación del ciclo constante y cansino que ya no destaca ni en su presencia ni en apariencia.

La clase dirigente, antaño, aprovechaba el subidón del mercurio para hacer llegar sin ruido a puerto seguro acciones de las que era preciso se guardara la discreción oportuna. Hoy en día, verano en curso, con descaro, sin tapujos, sin más variación que la longitud del día solar y la climatología apretada, vivimos realmente una única estación de combate o la continuidad del álgido estruendo. Los tiempos han cambiado, las costumbres difieren, las rutinas son otras.

Actores y actrices de la vida pública han trocado el guion más allá de las exigencias, méritos hay que hacer siempre, pero ahora con mayor énfasis. Si antes la historia era inicio, nudo y desenlace, ahora es todo nudo y de él parece no salirse una intriga galopante. A veces, incluso, aparenta una lucha de todos contra todos, externa e internamente. Los hay quienes explican la situación como producto del equilibrio de fuerzas y la tensión que eso despide, pero asemeja a los caminos que se toman para asaltar o mantener las posiciones y la gloria del poder, atajos o senderos por páramos.

Si solo consistiera en esquivar el necesario debate en aras al interés general, el de verdad, mal estaría, pero que se prioricen las diferencias e incluso se persigan en perjuicio de las semejanzas, es rondar cierto paroxismo y flirtear con la división que tantas veces lleva al enfrentamiento social. Si bien nuestra vida actual, estío o no, va por los derroteros de la urgencia, mucho se camina por la cornisa de lo extremo y eso, con frecuencia, lleva a despeñamiento.

Ya no se trata de vencer o agotar por la vía de la razón y los argumentos, sino por el atajo del insulto y la descalificación constante (a veces, rastrera). El insulto no solo no se evita, sino que se justifica. Eso sí, buena parte, la mayoría de sus señorías no renunciaran a sus vacaciones y destinos, pero eso también, con el equipaje bien nutrido de imprecaciones y vituperios de arrojo para que la tensión no se debilite, continúe y se agudice la ruptura y protejan, ejercitándolos, algunos “argumentarios” de la estrategia partidista. Sin tregua se impide que merme el ahínco en el enfrentamiento entre instituciones, necesario esto para alimentar el fuego.

Y qué hacer ante tanto trueno: la mayoría de la gente vive ajena, una parte intentando vivir y otra sobrevivir. La indiferencia es buena alforja mientras dure, y parece que va a ser largo, este empedrado. También el casi imposible “bienpensar” que toda esta algarabía es consecuencia del choque por mejorar la dependencia, mantener las pensiones, ayudar en la conciliación familiar, facilitar viviendas o reducir el muro de los alquileres o para no perjudicar la sanidad o la educación públicas en beneficio del negocio, entre otros imprescindibles. Si así fuera, habría merecido la pena que el verano, el estío, no sea lo que fue.

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