En Moguer, remanso, fuego de soles,
un día tal de veintitrés de diciembre,
sonando campanas de medianoche,
cuando la espiga y la jara se han ido,
y duermen los cantos de ruiseñores,
viene a nacer Juan ramón Jiménez,
en un silencio de nocturnos campos
y quedos ojos de mirada verde.
Su hogar en Ribera, junto a Las Flores,
-¡casa tan querida en la villa blanca!-
cobijo del jardín de sus amores,
su patio de paredes encaladas;
jugando con las brisas en el aire,
ponía: azules, amarillos, malvas,
en el escenario de un cielo cuajo,
de albos luceros y lunas de plata.
Sensible cantos de bellos paisajes,
mogareño inmortal de poética alma;
en Mazagón, marinero de orillas,
soñador de tempranas levedades;
tú, viajero de largos horizontes,
llenaste de sal, de auroras y mares,
corazones de tu tierra y otros sitios,
meciendo la tristeza en soledades.
Un surgir desataado de volcanes,
te desterró al éxodo, al exilio,
cubriendo tu tiempo de mundos nuevos:
Washington, Cuba, Miami, Puerto Rico;
entu conjunción: despedida y gloria,
aromas de vino y trigo limpio,
laureles, Nobel, adiós a Zenobia;
después, tu huída de amor hacia el Olimpo.
Pintaste, con luz de arcoiris los puentes;
rimas, sombras, estíos, poemas abiertos,
el trote de Platero entre nubes;
tu voz de poeta, de ecos en revuelos,
dejó idilios prendidos en las rejas,
y dulces besos en portales viejos;
cual pájaros líricos, tus palabras
desbordan de poesía los universos.
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