La historia de Joaquín Puigdemont Padrosa, tío abuelo del expresidente catalán Carles Puigdemont, ha permanecido en el olvido durante décadas. Sin embargo, gracias al empeño de investigadores locales, la figura de este joven practicante de sanidad militar que sirvió en Melilla entre 1922 y 1924 ha resurgido, revelando una vida dedicada al servicio y la humanidad en tiempos convulsos para España.
Todo comenzó de forma fortuita, mientras un colaborador habitual de medios locales, José Marqués, caminaba por una galería de nichos del cementerio de Melilla. Allí, un nombre grabado en mármol le llamó la atención: Juan Surroca Padrosa, soldado del Batallón Expedicionario Asia 55, fallecido el 7 de octubre de 1922. Su tumba, sobria y cuidada, contrastaba con muchas otras, despertando la curiosidad del investigador, que decidió indagar más sobre el joven caído.
Al seguir el hilo del apellido Surroca, llegó a una farmacia de Badalona, regentada desde generaciones por descendientes de la familia. Una llamada telefónica le puso en contacto con un anciano de 95 años, Juan Surroca y Correa, quien confirmó que Juan, el soldado enterrado en Melilla, era sobrino de su abuelo, y que durante su estancia en Marruecos había coincidido con su primo hermano: Joaquín Puigdemont Padrosa.
Ambos, Juan y Joaquín, nacieron en Girona —Juan en 1899 y Joaquín en 1900— y aunque llegaron por caminos distintos al Rif, el destino los unió en la ciudad norteafricana. Juan, enrolado en el Asia 55, desembarcó en Melilla en octubre de 1921 con un contingente de más de mil soldados, muchos de ellos pertenecientes a la llamada “milicia de cuota”, movilizada tras el desastre de Annual. Joaquín, en cambio, llegó meses después como voluntario, siendo asignado a la sanidad militar.
Fue en el hospital donde sus caminos se cruzaron. Ambos contrajeron fiebre tifoidea, una enfermedad común entonces debido a las malas condiciones higiénicas y al consumo de agua en mal estado. Juan no sobrevivió; falleció a los pocos días. Joaquín, en cambio, logró sanar y permaneció en la ciudad hasta finales de 1924.
Según relató Ana Puigdemont, hermana de Carles Puigdemont, su tío abuelo desarrolló una labor humanitaria encomiable en Melilla, atendiendo a los heridos y enfermos, muchos de los cuales padecían la misma fiebre tifoidea. Su compromiso fue tal que no solo curaba, sino que enterraba personalmente a los fallecidos fuera de los campamentos. Esta dedicación le valió la Cruz de Beneficencia, condecoración que recibió el 5 de junio de 1926 en Barcelona, en el cuartel del Cuarto Regimiento de Sanidad Militar al que pertenecía.
Una anécdota especialmente conmovedora revela la dimensión personal de esta historia: antes de regresar a su tierra, Joaquín se fotografió frente al nicho de su primo Juan en el cementerio de Melilla, en una imagen que algunos familiares aún conservan, aunque no se ha hecho pública. La instantánea, tomada en diciembre de 1924, simboliza la despedida entre dos jóvenes que compartieron sangre, destino y enfermedad en una guerra silenciada por el tiempo.
Joaquín regresó a Amer, el pueblo natal de los Puigdemont, a finales de 1924, tal como recoge una breve nota de prensa del Diari de Girona. Allí se estableció tras su licenciamiento y, años más tarde, tras la Guerra Civil, ejerció como barbero hasta su muerte, en 1972. Aunque algunos testimonios lo relacionan con figuras como el general Sanjurjo, su rol más documentado es el de asistente en la sanidad militar, donde dejó una huella imborrable.
La conexión con Carles Puigdemont no es menor: Joaquín era hermano del abuelo paterno del político catalán. La propia Ana Puigdemont confirmó la relación familiar, añadiendo que su tío fue recordado con afecto y respeto en la familia por su entrega en Melilla.
Esta historia, reconstruida a partir de archivos, llamadas telefónicas, investigaciones en cementerios y registros militares, ilumina una faceta desconocida del árbol genealógico de Puigdemont, pero también pone en valor el papel de miles de jóvenes anónimos que sirvieron en el norte de África durante el Protectorado Español. Muchos murieron, otros sobrevivieron y volvieron con cicatrices físicas y emocionales.
La historia de Juan Surroca y Joaquín Puigdemont no solo es un retazo de la historia familiar de un expresidente, sino también un retrato íntimo de un tiempo de guerra, enfermedades, sacrificio y humanidad.
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