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El Humillado vuelve a las calles de Melilla

La Cofradía Castrense realizó su estación de penitencia este Martes Santo acompañada de cientos de melillenses l El desagravio a cargo de Carlos Muñoz Salazar, tesorero de la hermandad, emocionó al público, que respondió con un largo aplauso

Por Carmen González
31/03/2026 23:30 CEST
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Escucha, que te lo cuento como me lo contaron a mí. Como se cuentan las cosas importantes. Sin prisas y mirando a los ojos.

Martes Santo en Melilla. El sol cae despacio sobre la Parroquia Castrense de la Inmaculada Concepción creando un atardecer digno de este día. Y dentro, ya se sabe lo que va a pasar. Fuera todo un pueblo esperando. Nadie se va. Nadie quiere perdérselo.

Esta es la casa de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Humillado y María Santísima de la Piedad.
Una hermandad joven en el calendario melillense. Nació en 1989, cuando unos hombres de uniforme decidieron que la fe también se forma con disciplina, con silencio y con constancia. Y desde entonces aquí sigue.

Se abre la puerta. Y el aire cambia. No hace ruido el Señor al salir. Pero el corazón de los fieles sí.

A las 20:30 horas aparece Nuestro Padre Jesús Humillado. Lo llevan 52 hombres. Hombro con hombro. Casi respirando al unísono. Como si fuese un solo cuerpo bajo el peso del trono.

La imagen, obra de José María Jiménez Guerrero y Diego Fernández Rodríguez, habla sin hablar.
Sentado. Coronado de espinas. La caña en las manos. La clámide granate (prenda de vestir ligera, hecha de lana) cayendo sobre el dolor. Y uno lo mira y no hace falta que nadie explique nada.

Suena la Banda de Música Ciudad de Melilla. El Himno Nacional rompe el silencio. El trono gira. Y en ese giro hay algo que emociona sin saber por qué. Como si el Señor se despidiera de su casa. Como si mirara atrás una última vez.

Ahí están ellos. La Guardia Civil que desde 2017 los acompaña. Los militares. El vicario episcopal Eduardo Resa. El páter David Sevilla. Y el presidente de la ciudad autónoma. No llaman la atención, pero están. Acompañando. Y eso también forma parte del cortejo.

Cinco minutos después silencio otra vez. El desagravio. Un momento corto pero que pesa más que muchos discursos. Se reza, se escucha.

Y entonces la calle. El Humillado ya no está solo en el templo ahora camina entre la gente. Los portadores visten con capa negra y fajín rojo. Algunos penitentes con capa y fajín azul esperando a que llegue su turno el Viernes Santo con la Piedad.

Y el pueblo mira. Miradas que siguen el trono como quien acompaña algo que siente suyo.

La procesión avanza. Cruza Duque de Almodóvar y se abre paso hacia la Plaza de España. En cada esquina alguien se detiene a contemplar al Señor. A las 21:15 horas llega a la Avenida Juan Carlos I, carrera oficial, y espera en tribuna.

Y allí, el vicario Resa habla. Pocas palabras, las justas. Habla de las burlas, de la humillación y de ese momento en el que el Señor fue despojado de todo menos de su entrega.

El trono sigue. No se detiene. Cada 'levantá' es un esfuerzo que los que miran no sienten. Cada paso es una promesa cumplida que Nuestro Padre Jesús Humillado les ha otorgado.

Y la música vuelve a envolverlo todo. Acompañando. Marchas como 'Nuestro Padre Jesús' o 'La Saeta' suenan.

La cofradía sigue avanzando. Es joven, sí. Pero tiene algo que no se aprende rápido: identidad.

Y también apertura. Porque no se queda en lo militar. Se abre a quien quiera acercarse con verdad. Por eso cada año crece. Por eso se siente más viva que nunca.

La noche cae del todo cuando el cortejo emprende el regreso. El Señor vuelve a su templo pasando por Avenida Castelar, López Moreno, Menéndez Pelayo, Ejercito Español hasta retornar de nuevo a Plaza España y hacer el mismo recorrido que al inicio. El ritmo se hace más íntimo. Más recogido.

Ya se intuye el final. Y llega. Sobre las 23:30 horas, el Humillado vuelve a su casa. La puerta se abre otra vez. Y el Señor entra.

No hay aplausos desmedidos. No hacen falta. Hay emoción. De que aunque ha costado por la falta de portadores Nuestro Padre Jesús Humillado ha podido volver a recorrer un año más las calles de Melilla.

Algunos porteadores bajan el trono con los ojos húmedos. Otros respiran hondo. Todos saben que lo han dado todo.

Y es que hay que mirar bien para darse cuenta. No te quedes solo con lo que ves. Esto no va de tronos. Va de lo que llevamos dentro cuando los miramos.

Porque el Humillado no solo pasa por la calle. Pasa por las personas y deja huella.

Así termina el Martes Santo en Melilla. Sin prisa. Como las cosas que se cuentan despacio y no se olvidan nunca.

Desagravio de Carlos Muñoz

En su intervención recordó palabras del Evangelio. “Entregaste tu vida por nosotros enfrentaste el dolor más indescriptible y cargaste con nuestros pecados. Lo hiciste no por obligación, sino por un amor infinito y una misericordia sin límites. Sin embargo, debemos admitir que a menudo te fallamos en corresponder a ese amor que nos das”.

A partir de ahí, su discurso se centró en una reflexión personal y colectiva sobre el arrepentimiento. “Hoy nos mostramos con humildad con un profundo arrepentimiento”.

A su vez hizo varias peticiones directas a Cristo. “Perdónanos, Señor, por nuestras debilidades, porque escogemos la comodidad a cargar con la cruz que nos corresponde. Perdónanos por no dar aquel beso, aquel abrazo que ya, aunque queramos, no podemos dar”.

Finalmente, Muñoz reafirmó la esperanza. “Te pedimos fortaleza para saber imitarte”, elevando un desagravio que no se queda en palabras, sino que aspira a transformarse en vida.

 

Etiquetas: Noticias de Melilla

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