Si cruzas la avenida principal de Melilla y subes por las escaleras de Ataque Seco, casi sin darte cuenta estás en el Barrio del Carmen. O al menos lo que queda de él. Porque, aunque su nombre se pierda en los mapas y en la memoria de muchos, este barrio histórico está ahí, a un paso del centro, escondido entre calles estrechas y escaleras que solo los vecinos se atreven a subir.
El Carmen nació en 1893, pegado al corazón de la ciudad autónoma, en las laderas de Ataque Seco, dentro del "Triángulo de Oro". Nace desordenado, no hubo planificación, ni proyecto previo de urbanización, al contrario de los barrios que le siguen. Primero fueron las cuevas, después las chabolas, y poco a poco se fueron levantando casas que hoy parecen resistir milagrosamente al paso del tiempo. Las calles eran un laberinto improvisado, cada rincón tenía su historia y la vida se colaba por todas partes. Los vecinos se conocían, los niños jugaban en los patios y en los callejones, y cada comercio era un punto de encuentro.
Durante décadas, El Carmen fue un barrio vivo. La calle Castelar, que divide el barrio y conecta con el centro, bullía de movimiento. Panaderías, sastrerías, ultramarinos y talleres artesanos hacían que siempre hubiera alguien por la calle. Cada vecino sabía quién vivía dónde y qué hacía su familia.
Con los años, todo empezó a cambiar. El comercio se fue marchando. Los jóvenes dejaron el barrio en busca de trabajo o vivienda más cómoda. Los centros comerciales y las grandes avenidas desviaron el público hacia otros lugares, y la vida en las calles empezó a apagarse. Hoy, muchas casas están cerradas, con puertas y ventanas tabicadas, y en varias calles las ruinas parecen devorar el barrio. Las grietas en las fachadas, algunas causadas por los terremotos, otras por el abandono, parecen estremecedoras, como si el tiempo quisiera recordar a todos que nada es para siempre.
La vida cotidiana también cambió. Antes, los vecinos sacaban las sillas a la puerta y charlaban durante horas. Hoy, se esconden tras las persianas. “Esto ya no es lo que era. Antes nos sentábamos todos afuera y era una maravilla”, recuerda María, vecina que lleva más de cuarenta años viviendo en el barrio. La seguridad sigue siendo buena, salvo "algún borracho" que de vez en cuando rompe la tranquilidad, pero el ambiente de comunidad se ha diluido.
El comercio, como la vida en las calles, ha ido desapareciendo. En la calle Castelar se cuentan los negocios abiertos con una mano. La cafetería Estrella Dorada resiste, al igual que la Asociación Hijos de Melilla, una papelería, una academia y una floristería. El resto son ventanas cerradas, carteles de “Se alquila” y locales vacíos que muestran el abandono de un barrio que antaño era centro de actividad y ahora parece un decorado fantasma de su propio pasado.
El estado físico del barrio tampoco ayuda. Los contenedores de basura están casi siempre llenos, desbordados. La suciedad se acumula entre los baches, las aceras rotas y los restos de obras. Los gatos callejeros campan a sus anchas, usando algunos agujeros como arenero, y los olores se mezclan con la basura y la arena. “Las aceras están destrozadas, los pasos de cebra casi desaparecieron y en algunos tramos tienes que bajarte a la carretera”, comenta Javier, que vive en el barrio desde hace más de veinte años. “Con los camiones que suben a la incineradora o al vertedero, ir en moto o incluso caminando es un peligro”, añade.
Rosa, otra vecina, pone el dedo en la llaga. Los gatos, las cucarachas, la comida y los desperdicios se acumulan y nadie hace nada. “Se debería fumigar más y limpiar con frecuencia. Y los contenedores da asco acercarse a ellos”, dice. Inma, que suele visitar a su familia, también se queja. Aparcar es casi imposible y la gente, en parte por los supermercados y el centro comercial, prefiere ir a otros barrios, dejando a El Carmen aún más vacío.
El tráfico es otro problema. Coches y camiones pasan a toda velocidad, y los vecinos llevan años pidiendo badenes o regulación. Las obras no ayudan. Cuando se levantan vallas amarillas, los peatones deben bajar a la calzada porque no queda espacio para transitar, y con carritos o sillas de ruedas, cruzar la calle se convierte en una odisea.
Aun así, quienes viven aquí no se rinden. El Carmen sigue siendo un barrio seguro, tranquilo y con historia. Los vecinos mantienen viva la memoria del lugar, recuerdan las fiestas, los juegos en los patios, las conversaciones en las puertas abiertas. Muchos siguen apostando por él, soñando con calles limpias, aceras arregladas, mejor tráfico y un comercio que vuelva a atraer gente. “Si alguien pone un poco de atención, este barrio podría recuperar su vida”, dice Mohamed.
El Carmen es un pequeño milagro urbano que sobrevive al abandono. A sus pies, el Monte María Cristina, que recibe a todos los que suben al cementerio o bajan hacia el centro. Sus calles estrechas y escaleras empinadas esconden historia y memoria, pero también grietas y baches que recuerdan que nada se mantiene sin cuidado. Este barrio nació de la necesidad, creció con comunidad y ahora resiste gracias a sus vecinos.
Porque al final, lo que define a este barrio no son las grietas, los baches o los locales cerrados. Lo que lo mantiene vivo es su gente. Como tantos otros barrios de Melilla.







