Las playas de Melilla son más que arena y agua: son páginas de un libro de historia que se escribe cada día con cada ola que llega a la orilla. Son el lugar donde Europa moja sus pies en África sin dejar de ser Europa, donde el Mediterráneo demuestra una vez más que él estaba aquí antes que las fronteras y que estará aquí cuando estas ya no sean más que un recuerdo.
Recorrer el litoral melillense es como pasar las páginas de un libro escrito en sal y espuma. El paseo marítimo conecta todas las playas en una caminata que no es solo un ejercicio físico, sino un viaje temporal donde cada tramo cuenta una historia diferente. La ruta costera completa es un rosario de nombres que suenan a épica: Torre Norte, Torres Quinto Centenario, Plaza Consejo de Europa, playa San Lorenzo, río Oro, los Cárabos, playa del Hipódromo y playa de la Hípica.
Cada nombre es una estación en este ferrocarril de la memoria que bordea el Mediterráneo con la paciencia infinita de quien sabe que el mar, al final, siempre tiene la última palabra.
La Ensenada de los Galápagos, conocida cariñosamente como "La Joya", es un secreto de doscientos metros de longitud y treinta de anchura que se esconde entre acantilados como una carta de amor que el mar escribió a la tierra. Aquí, el Mediterráneo no llega mansamente: se presenta con la fuerza de quien conoce la importancia de las primeras impresiones.
Es imposible estar aquí sin sentir que uno forma parte de algo más grande que sí mismo. Los acantilados abrazan el agua con esa protección ancestral que solo conocen los lugares que han visto pasar barcos, pescadores, soldados y turistas durante siglos, todos con la misma expresión de asombro en los ojos.
La playa del Hipódromo guarda una historia curiosa de resistencia y rendición. Hasta 1927 estuvo ocupada por barracas que desafiaban al tiempo y a los temporales con la terquedad de quien no tiene otro lugar donde ir. Pero entre noviembre de 1926 y febrero de 1927, la naturaleza y la sensatez se aliaron para derribarlas, conscientes de que la fuerza del mar siempre encuentra su camino.
Hoy, donde antes se alzaban esas construcciones precarias, se extiende una playa que parece haber estado ahí desde siempre, como si las barracas hubieran sido solo un sueño melancólico del siglo XX.
Aguadú lleva bien su sobrenombre de "La Más Recóndita". Es la zona más salvaje y natural del litoral melillense, ese lugar al que hay que llegar con ganas, donde los cortados reúnen cada día a un buen número de ciudadanos que buscan algo que no se encuentra en las guías turísticas: baños salvajes desde sus rocas, lanzarse al mar con ese cosquilleo en el estómago que solo da lo auténtico.
Desde aquí se pueden contemplar las 'Lágrimas de San Lorenzo' —esa lluvia de meteoros que cada agosto convierte el cielo en espectáculo— desde los Pinares de Rostrogordo o Horcas Coloradas, un regalo astronómico que nos recuerda que la naturaleza también sabe escribir poesía en las estrellas.
La playa de los Cárabos tiene la particularidad de llevar un nombre que es, en sí mismo, un documento histórico. Los cárabos eran pequeñas embarcaciones pesqueras rifeñas que trasladaban víveres y objetos para venderlos, conectando las dos orillas del Mediterráneo con la constancia de quien entiende que el comercio es, en el fondo, un diálogo entre culturas.
Es una de las pocas playas del mundo cuyo nombre documenta directamente las relaciones comerciales interculturales centenarias. Cada vez que alguien pronuncia "los Cárabos" está invocando, sin saberlo, siglos de intercambio entre España y el Rif marroquí, convirtiendo el acto de nombrar en un acto de memoria.
Y llegamos al lugar más extraordinario de todos: la playa de la Alcazaba, literalmente a los pies de la fortaleza histórica más importante de Melilla. Aquí sucede algo que no ocurre en ningún otro lugar del mundo: es el único arenal donde puedes bañarte literalmente bajo una Alcazaba que ha sido española durante más de quinientos años.
Imaginen la paradoja histórica: una fortaleza de origen islámico, reconstruida y mantenida por España, contemplando bañistas que chapotean en aguas africanas en territorio europeo. Es como si la historia hubiera decidido hacer un guiño irónico a sí misma.
Desde la arena puedes ver directamente las murallas construidas entre los siglos XVI y XVIII, esas piedras que han visto pasar imperios, soldados, comerciantes y turistas. Bañarse aquí es hacerlo bajo siglos de historia militar, donde cada ola que llega a tus pies ha besado antes las costas de tres continentes.
La playa de la Alcazaba ostenta un récord que ningún otro lugar del mundo puede presumir: es probablemente el único sitio donde los bañistas pueden contemplar simultáneamente una alcazaba de origen islámico, fortificaciones españolas renacentistas, el mar Mediterráneo y la costa africana, todo esto en territorio europeo ubicado en África.
Es un lugar geográfica e históricamente irrepetible, donde la lógica se rinde ante la evidencia de que hay sitios en el mundo que existen para recordarnos que las fronteras son, al final, líneas que dibujamos en los mapas pero que la realidad se empeña en difuminar.
Batallas domésticas
Pero seamos sinceros, por mucha épica histórica que envuelva estas playas, al final lo que realmente importa son esas pequeñas batallas domésticas que se libran cada verano en la arena. El niño con los ojos llenos de arena que llora como si le hubieran arrebatado un reino, y en cierto modo así es, porque su castillo de arena era efectivamente eso: un imperio de cinco minutos que una ola traidora acaba de conquistar sin declaración de guerra previa.
"¡Papá, que mi hermana me ha quitado la pala!" -el grito de guerra que resuena en todas las playas del mundo pero que aquí, en Melilla, suena con acento andaluz y sabor a Historia con mayúsculas. Porque mientras los críos se pelean por una pala de plástico roja, a sus espaldas se alza una alcazaba que ha visto peleas bastante más serias.
Y luego está ese primer chapuzón del día, ese momento religioso en que te metes al agua para aliviarte del “calorín” después de haber tenido que descargar todos los bártulos familiares en la arena como si fueras un sherpa del Mediterráneo. Ese instante, en que el agua te abraza y por un segundo entiendes por qué los antiguos inventaron dioses para el mar.
Los salabares sin peces que los niños manejan con la esperanza ciega de Darwin, los snipes deslizándose como mensajeros del futuro, las tablas de windsurf decorando el horizonte como pinceles que alguien olvidó limpiar después de pintar el paisaje. Y ahí están los padres que embadurnando o envolviendo a sus hijos en una capa gruesa de crema, unte al pan tostado.
Las tardes de bingo con el helado derritiéndose en la mano -comprado en ese carrillo del “paseo”-y la única preocupación del mundo: que no se derrita antes de que canten el número de la suerte. Porque al final, esto es lo que ofrecen estas playas: ese gamberrismo andaluz disfrazado de momento histórico, esa capacidad de convertir una tarde cualquiera en el mejor día de tu vida, aunque tengas arena hasta en sitios donde no sabías que podía llegar.
Esta es la verdadera magia de las playas melillenses: que permiten que coexistan los imperios de quinientos años con los de cinco minutos, y que ambos sean igual de importantes para quien los vive.
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