El pasado 7 de junio, Pilar, una mujer de 50 años, fue asesinada presuntamente por su pareja en Marbella. Tres días después, la Delegación del Gobierno en Melilla guardó un minuto de silencio en su memoria. Un gesto solemne y cargado de simbolismo que, más allá de la imagen institucional, exige una reflexión profunda y urgente sobre la persistencia de la violencia de género en nuestra sociedad.
Con Pilar, son ya 13 las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que va de 2025. Trece vidas truncadas. Trece historias silenciadas. Nueve menores de edad han quedado huérfanos por estos crímenes solo este año. Desde que se empezaron a recopilar datos en 2003, 1.307 mujeres han sido asesinadas por violencia de género en España. Y desde 2013, 64 menores han sido asesinados como víctimas colaterales de esta misma violencia.
Frente a estas cifras, la delegada del Gobierno, Sabrina Moh, recordó algo esencial: "la violencia machista no es una suma de casos aislados, sino una violencia estructural que nace de la desigualdad, del sexismo, del desequilibrio de poder entre hombres y mujeres. Una violencia que vulnera derechos fundamentales: la vida, la libertad, la integridad física y moral, la igualdad, la dignidad".
Pero no basta con reconocer esta realidad. La delegada también puso el foco en una de las amenazas más insidiosas de nuestro tiempo: el negacionismo. Ese discurso que minimiza, cuestiona o directamente niega la existencia de la violencia de género. En un contexto donde algunos sectores buscan desdibujar el término y equipararlo con otras formas de violencia, es imprescindible reivindicar el compromiso institucional y ciudadano con una narrativa clara y contundente: la violencia machista existe, y mata.
Tal y como asegura no fue solo una muestra de dolor, sino también un llamamiento. Un recordatorio de que la lucha contra esta lacra no es una tarea de un solo día ni de un solo organismo. Requiere unidad, firmeza, compromiso colectivo. Requiere políticas públicas con recursos. Educación en igualdad. Protección real y efectiva a las víctimas. Justicia rápida y con perspectiva de género. Y sobre todo, un rechazo social nítido y sin matices.
Porque cada vez que una mujer es asesinada, fallamos como sociedad. Porque mientras haya quien niegue, reste importancia o justifique esta violencia, será necesario alzar la voz. Y porque el silencio institucional solo puede tener sentido si se transforma en acción decidida y permanente.
Hoy, Pilar ya no está. Pero su nombre se suma a una larga lista que no debería existir. Que no puede seguir creciendo. Que exige memoria, justicia y compromiso.
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