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Del Pasadena a la UNED: 30 años de las Jornadas sobre Jazz de Melilla

Una noche en el Pasadena, Higinio y Kiriko tocaron y el jazz empezó a echar raíces en Melilla. Treinta años después, junto a Chamo Díaz, recuerdan cómo aquella chispa acabó convirtiéndose en unas jornadas ya imprescindibles

por Alejandra Gutiérrez
14/02/2026 14:43 CET
Del Pasadena a la UNED: 30 años de las Jornadas sobre Jazz de Melilla

Concierto de las Jornadas sobre Jazz hace una década. -Archivo-


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En Melilla, el jazz no llegó como llegan algunas modas, de golpe y con estruendo. Llegó como suelen llegar las cosas que de verdad se quedan: por amistad, por rutina, por pura necesidad de tocar. Kiriko, Higinio Reus y Chamo Díaz, que hoy sostienen las Jornadas sobre Jazz “Juan Claudio Cifuentes”, lo recuerdan con esa mezcla de orgullo sereno y memoria viva que tienen los proyectos hechos a mano. “La chispa puede saltar por casualidad; mantener el fuego durante treinta años ya es otra historia”.

Ese primer fuego tuvo un nombre propio y un escenario concreto: el pub Pasadena, en el barrio del Real. Antes de carteles, programas y ediciones con números romanos, estaba aquel local y una costumbre que terminó convirtiéndose en semilla: las jam sessions de los miércoles. Allí Higinio y Kiriko se subían a tocar, se iban sumando otros músicos, y lo que parecía una cita informal se transformó en un pequeño laboratorio donde el jazz se aprendía haciéndolo. En ese origen, los organizadores subrayan también un apoyo fundamental dentro del propio Pasadena: Javier Mateos, del pub, que respaldó aquellas noches y facilitó que la música tuviera un lugar estable donde crecer, sin prisas y con continuidad. No había solemnidad: había instrumentos, complicidad y una sensación compartida de que esa música —por minoritaria que pareciera— podía encontrar su hueco en la ciudad si alguien se empeñaba en abrirlo.

En ese contexto aparece un nombre que los organizadores consideran decisivo: Ángel Castro. Lo describen como alguien con instinto cultural, de los que reconocen una oportunidad cuando la ven y no se conforman con mirarla pasar. Ángel trabajaba entonces en la UNED, en un equipo muy concreto que ellos sitúan con precisión: Ramón Gabilán como director del centro y Pepe Mejía como secretario, con el propio Ángel al frente de la coordinación de actividades. Pero lo que subrayan no es el organigrama, sino la idea: la UNED era, en aquellos años, un motor cultural capaz de sostener proyectos que en otro sitio se habrían quedado en buenas intenciones.

El salto del Pasadena a unas jornadas parecía enorme, pero en su conversación se cuenta como se cuentan las decisiones inevitables: alguien dice “esto merece más” y tú, en el fondo, ya lo estabas pensando. Ángel se cruza con aquella escena naciente y les propone convertir esa energía dispersa en algo con continuidad, con proyección y con vocación de ciudad. Y en ese punto, cuando la idea empieza a caminar, llega una decisión que marcaría el rumbo desde el principio: buscar un referente que conectara Melilla con el jazz que se escuchaba y se contaba en el resto del país.

Ahí entra Juan Claudio Cifuentes. Para Kiriko, Higinio y Chamo, Cifuentes no es un nombre para vestir un título: es parte del origen, una figura a la que llaman “padre espiritual” de las jornadas. Y ese vínculo, además, no nació por casualidad: Kiriko y Higinio tocaban en Madrid y se movían por la península, especialmente por Andalucía, con un grupo que iba ganando recorrido. Esa ida y vuelta les abrió puertas y contactos. Kiriko explica que estaba estudiando en Madrid en aquella etapa, y que esa conexión con la ciudad les permitió conocer a Cifuentes, hablar con él y tender un puente real entre Melilla y el circuito jazzístico nacional.

Cifuentes, recuerdan, no se quedó en un consejo genérico: recomendó un nombre concreto para aquel primer paso. Fue él quien sugirió a Pedro Iturralde para la primera edición. La idea inicial era celebrar las jornadas en noviembre de 1995, pero una lesión de Iturralde obligó a aplazarlo a febrero de 1996. Y esa anécdota, aparentemente pequeña, terminó fijando calendario y memoria: por eso, tres décadas después, el “cumplimos 30” no es sólo una cifra, sino la consecuencia de aquel giro inesperado que acabó dando forma a una tradición.

De ese primer concierto conservan una imagen nítida: el salón lleno, la sensación de que el público estaba ahí —incluso un público que quizá no esperaban— y un gesto que lo cambió todo. Al terminar la actuación, Ramón Gabilán se acercó con una frase que suena a bendición y a reto: “Ya puede ir preparando la segunda jornada”. Ahí, dicen, la chispa dejó de ser chispa. Empezó el fuego. Porque una cosa es probar suerte una vez, y otra muy distinta es aceptar el compromiso de volver, año tras año, con la misma seriedad con la que se hace cualquier proyecto que quiera durar.

Y si algo repiten Kiriko, Higinio y Chamo es precisamente eso: el mérito no está en haber empezado, sino en haber continuado. Mantener durante décadas una cita cultural exige una combinación que no se improvisa: trabajo sostenido, paciencia, ilusión renovada y una red de apoyos sin la que el banco se cae. En su relato, esas patas aparecen claras: apoyo institucional, apoyo mediático y respuesta del público. Sin esa alineación, insisten, no hay romanticismo que aguante treinta años.

Por un lado, recuerdan etapas en las que el respaldo institucional fue determinante. Hablan de años en los que la Viceconsejería de Turismo sostuvo el proyecto, con el nombre de Javier Mateo como figura clave en ese impulso, y de cómo Cultura recogió el testigo para que las jornadas siguieran adelante. Lo cuentan sin dramatismo, con la naturalidad de quien ha aprendido que la cultura también se defiende con estructura: “Músicos hay, pero para que esto continúe en el tiempo el apoyo institucional es imprescindible”, resumen, subrayando que la continuidad no se construye sólo con ganas.

La segunda pata, dicen, fue la prensa. No como simple eco, sino como un altavoz que ayuda a que la ciudad se reconozca en lo que ocurre. Lo recuerdan con una escena concreta: después de varios días de conciertos y noches largas de trabajo, abren el periódico en el aeropuerto un sábado por la mañana y se encuentran un reportaje amplio, con fotografías, con presencia destacada. Más allá del medio, lo que les quedó fue el efecto: aquello ya no era sólo “un evento”; tenía presencia en Melilla, estaba en la conversación, se estaba convirtiendo en algo que la ciudad miraba como propio.

Y luego está el público, el factor más difícil de prever y, al mismo tiempo, el más decisivo. Los organizadores hablan de una evolución: de una primera respuesta que les sorprendió a un público que fue creciendo y diversificándose con los años. A veces —reconocen— es difícil saber qué viene antes: si el público empuja y entonces llegan los apoyos, o si los apoyos permiten que el público se anime. Pero sí tienen claro que, cuando el proyecto se vive como algo abierto y accesible, la gente “coge el guante” y vuelve.

En esa idea de apertura aparece de nuevo la huella de Ángel Castro. Según recuerdan, Ángel insistía en que las Jornadas no podían ser endogámicas ni encerrarse en un único formato. No quería un evento “para unos pocos” ni una cita encerrada en una sala. Quería ciudad. De ahí que el proyecto fuera ampliando su manera de entender el jazz: no sólo como concierto, sino como experiencia cultural completa, con didáctica, masterclass, jam sessions y esa voluntad permanente de acercar la música a quienes aún no sabían que podían disfrutarla.

En esa filosofía hay una referencia que repiten con cariño porque define, tal vez, el sueño de Ángel: el “Johnny” de Madrid, el Colegio Mayor Universitario San Juan Evangelista, un lugar mítico donde durante años se celebraron conciertos de jazz y se construyó una cultura de escucha muy particular. No era un simple colegio mayor; era un punto de encuentro, casi una escuela sentimental, donde el jazz se vivía como comunidad —escuchar de cerca, aprender, conversar, sentir que cada noche podía ser distinta—. Ángel quería algo así en Melilla, salvando las distancias, un “pequeño Johnny” nacido desde la universidad, con espíritu universitario y vocación abierta, donde el jazz no se impusiera como algo elitista, sino que se compartiera como una experiencia cercana. Por eso también defendía con tanto empeño el concepto de “jornadas” frente al de “festival”: no era semántica, era una manera de hacerlo. Un proyecto con vocación de encuentro, no sólo de exhibición.

Y, junto a esa idea de accesibilidad, hay otra clave que los organizadores reivindican como seña de identidad: el equilibrio entre lo mainstream y lo vanguardista. En su conversación dejan claro que traer nombres reconocibles era importante —ayuda a “abrir la puerta”, a atraer a un público amplio, a dar visibilidad—, pero que nunca quisieron quedarse únicamente en lo previsible. Siempre existió, dicen, la necesidad de buscar también el jazz que va por delante: músicos exploradores, propuestas que arriesgan, que rompen moldes, que obligan a escuchar de otra manera. En esa mezcla —tradición y riesgo— ven parte del ADN del proyecto: si el jazz es una música viva, cambiante e inconformista, las Jornadas no podían limitarse a repetir fórmulas. Tenían que abrirse a la tradición… y también a la sorpresa.

La historia de las Jornadas también tiene una pata silenciosa y hermosa: la de la imagen. Su vínculo con la Escuela de Arte nació de una solución práctica que terminó convirtiéndose en tradición. Joaquín Pérez, músico y profesor de fotografía, no podía vivir las jornadas como músico cuando tenía clase, así que decidió llevar a su alumnado a los conciertos para hacer allí sus prácticas. De esas fotos nació la idea de una exposición, y con el tiempo se consolidó “Mirando al Jazz”, una muestra que hoy cumple 20 años y que, para ellos, demuestra hasta qué punto el proyecto ha sabido tejer redes culturales más allá del escenario.

Cuando Kiriko, Higinio y Chamo repasan estas tres décadas, no lo hacen desde la grandilocuencia. Hablan de un proyecto humilde, de presupuestos ajustados, de buscar soluciones cuando no hay dónde alquilar lo necesario, de apoyarse en amigos, de sumar voluntades. Y reivindican esa forma de hacer como parte del secreto: hay cultura que se levanta a base de talonario, y hay cultura que se sostiene a base de corazón, trabajo y constancia. Ellos se reconocen en lo segundo.

Quizá por eso, cuando se les pregunta por el aniversario, por el “30”, no se quedan en la cifra. Se quedan en la imagen inicial: el Pasadena, las jams, la música como excusa para reunirse; el encuentro con Ángel Castro y la intuición de que aquello podía ser algo más; el puente con Madrid, el nombre de Cifuentes convirtiéndose en guía y en familia; y el primer gran salto con Iturralde, que abrió la puerta a todo lo demás. Al final, lo resumen con una frase que suena a método y a promesa: el secreto está en afrontar cada edición como si fuera la primera. Volver a encender la chispa, sabiendo que lo difícil —y lo hermoso— no fue que el jazz sonara una noche en el Pasadena, sino que siguiera sonando treinta años después.

Tags: Chamo DíazHiginio ReusJornadas sobre JazzKirikoUNED Melilla

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